Capitulo VII “Feria”

1631 Palabras
Luego de vestirme me quedé encerrada en la habitación, ya ni siquiera estaba segura de querer ir a algún lado, sentía que el ambiente iba a estar tenso, que no iba a divertirme, sentía náuseas, quizás estaba enferma o el corset estaba muy apretado. Miraba mi reflejo y se me hacía extraño verme allí, luego de unos minutos comenzaba a sentir como mi propia imagen se deformaba, ojos, nariz y boca ya no eran iguales, se modificaban y ajustaban a su antojo, yo solo era un transporte para esos ingratos. -Disculpe, señorita Colette. Su padre la solicita en el salón de juegos – dijo una de las muchachas que trabajaba en el castillo del otro lado de la puerta luego de tocar. -Muchas gracias, en un momento me dirigiré hacia su encuentro – contesté sonando bastante calmada, pero mi cabeza era un lío. ¿Para qué quería mi padre hablar conmigo? ¿Acaso iba a ser la segunda discusión de la noche? Cada paso que daba me hacía sentir más enferma, más sofocada, pero debía ser elegante aunque hubiese perdido un brazo, aunque hubiese perdido la vida, incluso en el más allá, mi alma triste debía mantener la compostura, debía demostrar que era digna. -Buenas noches, padre. Me han dicho que necesitabas mi presencia – mis palabras fueron directas al entrar, no tenía muchos ánimos para andar dando rodeos. -Buenas noches, Colette. Te han informado bien – respondió él sereno, se me olvidó por un momento que estaba hablando con el rey del rodeo. -¿Para qué me necesitáis? – pregunté firmemente. -¿No puedo solo querer hablar con mi hija? La única de mis hijas, mi último y sagrado retoño, con sus cabellos blancos escondidos bajo la tinta y esos pinchos sutiles aplastados por la manteca – el tono de su voz no me gustaba para nada, papá no era un hombre sentimental, mucho menos conmigo, algo debía traerse entre manos. -Será para mí un honor cumplir tu deseo, si lo que deseáis es solo hablar conmigo estoy a su completa disposición – me acerqué a uno de los muebles y me senté lentamente, esto me pasa por haber elegido uno de los vestidos más incómodos para esta noche. -Eres muy inteligente, podría decirse que no existe otra chica en el pueblo tan amable y hermosa, eres valiente, eres fuerte – comenzó a alabar mi padre sin razón alguna. -Agradezco mucho tus palabras, sin embargo creo no ser merecedora de tantos halagos, no podemos restar crédito a las muchachas del reino, con sus peinados perfectos y sus rostros de porcelana. -Solo hay una cosa en la que ellas son superiores a ti, mi pequeña Colette – tenía miedo a preguntar, pero él no iba a superarme, no iba a intimidarme, si ese era su cometido entonces iba a fracasar rotundamente. -¿Sería usted tan amable de decirme cuál es ese ámbito en el que ellas han podido superarme? - indagué fingiendo estar calmada, no me molestaba ser inferior a otras personas, yo sabía lo que era y con eso me bastaba, mi esencia era irrepetible, única. -Ellas si son mujeres – contestó papá dejándome perpleja. -¿A qué te refieres con eso? -Todas y cada una de las muchachas del reino se han preparado para ser buenas esposas, para preparar platillos exquisitos, cuidar a sus hijos, contratar buena servidumbre, verse siempre impecables. Tú en cambio has perdido el tiempo aprendiendo a blandir una espada, ahora sales en la noche en medio de una guerra y pierdes los modales luchando contra hombres grotescos, ya no eres una dama. -Lamento informarle que su perspectiva es errónea, no necesito ser una buena esposa para ser mujer, no necesito ser madre para ser mujer, no me siento en la necesidad de tener que reafirmar mi género cumpliendo al pie de la letra con un estereotipo. Me encantaría decir que usted ya no es un caballero, pero la verdad es que ya ni siquiera tiene hombría – su mano se acercó rápidamente a mí, proporcionándome una fuerte cachetada que se sintió como si mi mundo se hubiese sacudido. -Además de todo eres una insolente – vociferó papá estando de pie frente a mí. -Que lástima que usted no sea mejor que eso – Repliqué de manera instantánea sin parpadear, sin temblar, sin arrepentimiento. -Vas a casarte con el príncipe Damián, te guste o no, si no lo haces entonces voy a tomar cartas en el asunto, ya me cansé de los juegos Colette, yo soy el rey y las cosas van a hacerse a mi voluntad, cuando y como yo lo diga – sus gritos desesperados me causan más gracia que miedo, sin embargo quería llorar, tenía una tormenta atrapada en mi interior que anhelaba hacerse sentir. -Las cosas se harán cómo tú digas, padre. Pero solo mientras portes la corona. Subí de nuevo a mí habitación, el lugar se convirtió en mi recinto de lágrimas, sus manos habían herido la piel que juró proteger, ya no existía persona en este mundo en la que pudiese confiar. Los caballos sonaron minutos después, el príncipe Damián había llegado en sus carruajes. Volví a mirarme al espejo, mis rostro deformado, con ojos, nariz y boca independientes, estaba hundido en una desesperante tristeza. Me acomodé el vestido, coloqué un poco de maquillaje en mis rostro, inmediatamente bajé a su encuentro, aunque la mera idea de verlo me causaba ira, me llenaba de odio, me provocaba deseos de vomitar en su rostro. -Buenas noches, príncipe Damián – dije al estar frente a él, su mirada se encontraba pérdida, perdida en mí completamente. -Buenas noches, princesa Colette. No han visto mis ojos una criatura más perfecta en este mundo – comentó él haciendo una reverencia. No pensaba responder a ella, no tenía deseos de demostrar debilidad ante él. Subimos a los carruajes, el ambiente era bastante tenso, para mi suerte Carmela, mi institutriz, iría en el mismo carruaje que yo y Damián, no sabía si todo esto había sido planeado o si tan solo era una broma cruel del destino. -¿Te encuentras bien? – preguntó Damián a mitad del camino, yo solo me había encargado de mirar por la ventana durante el viaje. -¿Por qué no lo estaría? – pregunté devuelta, pude notar como una sonrisa se dibujó en sus finos labios. -Tienes un golpe en tu mejilla – respondió él un poco apenado, acercando su mano hacía mí, pero el mero contacto, tan ligero como fuese me causó un sobre salto. -Está usted equivocado, me he caído esta mañana en mis prácticas de esgrima, no es nada de qué preocuparse – contesté inmediatamente, sin prestarle mucho atención a él o a sus acciones. -Eres como un animalito del monte – comentó él mientras se reía un poco fuerte, lo miré inmediatamente, parecía un niño. -¿Ese es el tipo de cosas que dices a tus invitados? – Repliqué instantáneamente. -No, pero tú no eres cualquier invitado – sonrió un poco apenado, quizás por sus palabras, quizás por el ambiente que cambiaba un poco. -¿Qué clase de invitada soy? – pregunté dándome la libertad de ser un poco curiosa. -Una muy importante – contestó muy seguro de su respuesta. -Porque soy una princesa – dejé salir como si fuese una obviedad, como si tuviese que haberlo sabido desde antes. -Porque eres tú - esas palabras, esas simples y llanas palabras me dejaron muda, flotando, pérdida. Damián, con su cabello de color n***o, sus ojos de color azul, profundos, penetrantes, su tez blanca, su sonrisa contagiosa, acababa de hacer que mi cuerpo tuviese un ligero chispazo, una diminuta, ínfima, sutil atracción. Mis ojos se perdieron detallando al hombre que tenía en frente, ya he dicho que tienen vida propia, solo responden a su voluntad. -No quiero casarme con usted – dije repentinamente, en voz baja, como un pensamiento que escapó sigilosamente, su mirada estaba perpleja, no se movía ni un centímetro. -¿Qué ha dicho? – preguntó él un tanto desubicado. -No he dicho nada, le ruego que me disculpe y olvide cualquier cosa que haya creído escuchar. -No debes tener miedo de mí – comentó de manera abrupta, mirándome directamente a los ojos. -¿Por qué lo tendría? -No lo sé, pero en caso de que así sea le ruego que no lo tenga, siéntase usted libre de decirme lo que quiera, de expresarse libremente, de ser usted y solo usted en todo momento, olvide el mundo, olvide lo correcto, olvide a su padre. Si su deseo es rechazarme, entonces hágalo, si su deseo es amarme, le ruego que también lo haga. Pero espero que cualquiera de sus acciones solo esté dirigida por usted, sin la interferencia de nadie más. -¿De qué sirve ser yo misma si ya has hablado con mi padre? -No sé de qué estás hablando. -Habéis pedido mi mano en matrimonio a él, esperando que me obligue a casarme con usted y no hay nada en este mundo que me dé más asco en este momento que su rostro, le ruego que por favor no se haga el inocente cuando el pecado ya ha sido cometido – ataqué directamente, si él deseaba palabras sinceras entonces yo iba a dárselas -No entiendo de lo que estás hablando, nunca he hablado con el rey Thomas. Solo he ido a algunas reuniones y bailes donde él ha estado presente, pero eso es todo. Jamás la obligaría a casarse conmigo. -No tienes que mentirme. -No te estoy mintiendo, le juro por mi honor que no he hecho tal cosa. -¿Entonces no quiere casarse conmigo? – pregunté molesta, confundida, cansada de todo el asunto. -No hay nada que desee más en este mundo.
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