Capítulo 7

1552 Palabras
La brisa nocturna recorría la inmensa terraza trasera de la mansión Del Monte, acariciando las palmeras perfectamente alineadas junto a la piscina iluminada. El cielo despejado dejaba ver un manto de estrellas que brillaban con fuerza sobre la ciudad, y el agua reflejaba sus luces como si el universo flotara en la superficie. Isabella estaba recostada en una tumbona de mimbre blanco, vestida con un conjunto de seda azul oscuro, el cabello recogido en un moño desenfadado. Tenía una copa de vino tinto entre los dedos y los pies descalzos tocaban el borde de la tumbona. Luciana, sentada junto a ella, vestía ropa de casa, pero sin perder el porte impecable que siempre la caracterizaba. —¿Entonces? —preguntó Luciana, con una ceja levantada—. ¿Qué hay con la doctora Ríos? Isabella giró lentamente la copa entre sus dedos, observando el reflejo del vino bajo la luz tenue. —Hay algo en ella… —dijo en voz baja, como si pensarlo en voz alta hiciera que el sentimiento creciera más rápido—. No sé qué es exactamente, pero no me la puedo sacar de la cabeza. Luciana sonrió, bebiendo un sorbo. —¿Te gusta? Isabella la miró con una media sonrisa ladeada. —No lo sé. O tal vez sí. Es una mezcla extraña. Me atrae, sí, pero también me despierta algo más… una conexión rara. Como si ya la conociera de antes o como si… no sé, como si nuestros caminos ya estuvieran escritos. Luciana la observó con detenimiento. —Y tú crees que ella siente lo mismo. —Lo sé —respondió Isabella con firmeza—. Lo sentí en su mirada. En la forma en que me habló, en cómo me miró cuando le hice aquella broma con las flores. No fue solo cortesía. Fue algo más. Un silencio cómodo se instaló entre ambas mientras el sonido del agua acariciando los bordes de la piscina llenaba el ambiente. —Mañana iré al hospital —dijo de pronto Isabella, sin apartar la mirada de las estrellas—. La invitaré a salir. A tomar algo, comer, conversar… lo que sea. Luciana soltó una risa suave, aunque en sus ojos había un destello de preocupación. —¿Estás segura de que eso es buena idea? —¿Por qué no lo sería? —respondió Isabella, girándose hacia ella. Luciana suspiró. —Isabella, sabes perfectamente cómo es tu madre. Si se entera de que estás saliendo con una chica… y más aún, una chica de barrio, sin “apellido”, sin fortuna… se va a volver loca. Isabella soltó un suspiro y rodó los ojos, claramente fastidiada. —Ya soy bastante mayor para decidir con quién me acuesto o con quién comparto mi vida, Luciana. Mamá no tiene ese poder sobre mí. —Tú lo dices como si fuera así de fácil —replicó Luciana, dejando la copa sobre la mesa auxiliar—. Pero sabes muy bien de lo que es capaz Renata Del Monte cuando alguien le lleva la contraria. Tú misma has visto lo que hizo con tu prima, y con sus propios socios cuando no se alinearon con lo que ella esperaba. El nombre de su madre flotó en el aire como una sombra. Isabella bajó la mirada. Sus dedos rodeaban con más fuerza la copa ahora. —Lo sé —susurró. Luciana observó a la joven heredera en silencio. Sabía que debajo de esa armadura de seguridad y sarcasmo, había una chica que había aprendido a luchar por sus propias decisiones, pero también que seguía lidiando con los grilletes invisibles que su familia le imponía desde que nació. Isabella alzó de nuevo la copa, dio un sorbo y murmuró con una mezcla de decisión y resignación: —Pero esta vez… no pienso dejar que me controle. Luciana asintió lentamente, reconociendo esa chispa de rebeldía que tantas veces la había metido en problemas, pero que también la hacía única. —Entonces, mañana a por la doctora. —Mañana —repitió Isabella, con una sonrisa leve y los ojos brillando con determinación. Y mientras la noche avanzaba, las dos mujeres permanecieron allí, bajo el cielo estrellado, sabiendo que el día siguiente podía cambiar muchas cosas. La mañana comenzó como cualquier otra en la mansión Del Monte. Isabella se despertó temprano, antes de que el sol asomara del todo por el horizonte. Se recogió el cabello en una coleta alta, se colocó su ropa deportiva negra ajustada y salió a correr por los jardines privados de la finca, acompañada por el silencio y el ritmo firme de sus zapatillas contra el suelo. Al regresar, ya sudada pero con el cuerpo liviano, fue directo a la ducha. En poco tiempo, bajaba las escaleras hacia el comedor, donde Luciana ya la esperaba con una taza de café humeante y una mesa con frutas frescas, tostadas y zumo de naranja natural. —¿Lista para conquistar el mundo hoy también? —bromeó Luciana sin levantar la vista de su tablet. —Solo una parte del mundo —respondió Isabella con una sonrisa traviesa, sentándose frente a ella. Pasaron el día revisando documentos, llamadas de negocios y reportes de las labores sociales que Isabella había comenzado en el barrio. El nombre de Camila Ríos se cruzó por su mente varias veces, más de las que estaba dispuesta a admitir, y cuando el reloj marcó las cinco y media de la tarde, se levantó de golpe. —Voy al hospital. Luciana levantó la mirada con sorpresa. —¿Ahora? —Sí —respondió Isabella mientras ya se dirigía a su habitación—. Voy a invitarla a cenar. ⸻ Isabella se preparó con esmero, pero sin exagerar. Eligió un vestido entallado en color vino oscuro, elegante pero sobrio, que dejaba ver sus clavículas y se ceñía con delicadeza a sus curvas. El cabello lo llevaba suelto, cayendo con naturalidad sobre sus hombros, y los labios apenas pintados con un tono coral. Su perfume, sutil y embriagador, completaba el look. Salió por la puerta principal de la mansión, ignorando los comentarios de Luciana sobre que parecía ir a una gala, y tomó su auto deportivo color n***o brillante, un modelo exclusivo que rugía como un felino elegante en cuanto encendió el motor. Detrás, como era costumbre, sus escoltas Diego y Marissa la seguían discretamente en una camioneta negra. Llegó al hospital poco antes de las siete y aparcó justo frente a la entrada principal. Subió con paso firme hasta la tercera planta, donde según la información que tenía, Camila estaría saliendo de su turno. Esperó unos minutos apoyada en la pared junto al ascensor. Gente iba y venía, pero Isabella no dejaba de observar. Hasta que entonces… la vio. Camila Ríos apareció al final del pasillo, quitándose la bata blanca con una expresión de agotamiento plácido. La dobló con cuidado y la guardó en su mochila, mientras caminaba distraída, sin aún notar la presencia de Isabella. Isabella sonrió. Había algo hipnótico en esa sencillez. Su cabello recogido en un moño desordenado, los pantalones oscuros del uniforme médico, la piel ligeramente sonrojada por las horas de trabajo. Era natural, honesta, auténtica. Pero antes de que pudiera dar un paso hacia ella, una mujer rubia, alta, de rostro afilado y mirada inquisitiva, se le adelantó. Camila se detuvo al verla y la sonrisa que llevaba se desdibujó de inmediato. Isabella frunció ligeramente el ceño mientras observaba la escena con atención. No podía oír lo que decían, pero bastaba con ver el lenguaje corporal. Camila parecía incómoda, esquiva. La rubia se acercaba demasiado, hablaba demasiado cerca, tocaba su brazo. Camila, en cambio, se tensaba. Isabella sintió un extraño cosquilleo en el estómago. Finalmente, Camila se zafó con un gesto seco, y cuando levantó la vista… la vio. Sus ojos se abrieron por completo, su expresión cambió de incomodidad a asombro absoluto. Se quedó congelada por un segundo, mirando a Isabella con un brillo en los ojos que no pudo ocultar. —¿Tú? —dijo Camila mientras se acercaba, todavía impactada. —¿Esperabas a otra pelirroja con vestido de noche? —bromeó Isabella, haciendo que Camila soltara una carcajada nerviosa. —¿Qué haces aquí? —Vine a invitarte a cenar —respondió Isabella con total naturalidad—. Nada elaborado, solo tú y yo, comida rica, buena conversación… ¿Aceptas? Camila se mordió el labio, mirando su uniforme. —Me hubiese encantado que avisaras. Así me arreglaba un poco más… Isabella la miró de arriba abajo y sonrió. —Estás perfecta. Te lo digo como experta en apariencias. Camila bajó la mirada, sonrojada, y asintió. —Está bien… acepto. Salieron juntas del hospital, conversando con ligereza. Camila no se esperaba nada de lo que estaba por vivir esa noche, pero al ver el auto deportivo de Isabella, sus ojos se abrieron como platos. —¿Este es tu carro? —Este es mi juguete de los viernes —dijo Isabella con una sonrisa traviesa mientras le abría la puerta. —Madre mía —murmuró Camila al sentarse, sintiendo el lujo hasta en el tacto del asiento. Detrás, los escoltas encendieron la camioneta y comenzaron a seguirlas discretamente. Esa noche, la ciudad sería testigo del primer paso hacia algo que ni siquiera ellas comprendían del todo… pero que ya ardía con fuerza.
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