El cielo sobre la ciudad estaba teñido de rosa anaranjado cuando Isabella aparcó frente al edificio. Era uno de esos lugares que parecían intocables para el común de la gente: altos ventanales de vidrio reflectante, portero vestido como si trabajara en una embajada, y una entrada con mármol tan pulido que el reflejo del atardecer se deslizaba como un río de fuego. Camila salió del coche y alzó la vista. —¿Vives aquí? —No exactamente. Es uno de los apartamentos de la familia, pero lo uso yo —respondió Isabella con naturalidad mientras se acercaba al portón y saludaba al portero con un leve movimiento de cabeza. Camila sonrió con un dejo de ironía. —“Uno de los apartamentos de la familia”… claro, cómo no. Isabella rió mientras pasaban al ascensor. —No me mires así. Prometo que no voy

