El despacho de Alberto estaba sumido en una penumbra solemne, apenas iluminado por la lámpara de escritorio que dejaba en sombras el rostro del patriarca. Sus pasos retumbaban en el suelo de mármol mientras caminaba de un lado a otro, los ojos oscuros centelleando de indignación. Frente a él estaban Camila, Isabella y Nicolás, en completo silencio. La tensión podía palparse, como si el aire estuviese cargado de electricidad. —¿Alguien puede explicarme qué demonios acaba de pasar en mi casa? —bramó Alberto, parándose frente a ellos—. ¡¿Creen que esto es una telenovela?! Isabella recostó su espalda contra el sillón, cruzándose de brazos. Su maquillaje estaba ligeramente corrido, y sus labios, aún rojos del vino, se torcieron en una sonrisa irónica. —No exageres, papá. Solo fue una pequeñ

