Madrid, 22:16 h. La noche había caído sobre la ciudad como un suspiro elegante. Las luces amarillas de las farolas encendían las calles adoquinadas del centro, y la brisa veraniega corría suave, perfumada de jazmín, tapas, y terrazas llenas de vida. Iván estaba esperando frente al hotel. Vestía una camisa azul marino arremangada, pantalones de lino beige y mocasines sin calcetines. Cuando vio a Camila salir, contuvo el aliento. —Wow… —dijo sin disimular—. Si Madrid tenía suerte con su arquitectura, ahora tiene suerte con tu presencia. Camila sonrió, bajando los ojos. —Muy poético, señor Rojas. —Me crié entre diplomáticos, médicos y escritores frustrados —bromeó, abriéndole la puerta del coche—. Algo se pega. El paseo comenzó en el Barrio de las Letras, donde caminaron entre callejue

