La fiesta seguía brillando abajo con música clásica, copas tintineando y risas de alta sociedad. Pero Isabella, con su mano entrelazada con la de Camila, la guiaba en silencio por uno de los pasillos privados de la mansión, lejos de los focos. Camila no decía nada. Solo la seguía con una sonrisa curiosa, dejándose llevar. —¿A dónde vamos? —preguntó finalmente, al ver que subían unas escaleras. —A mostrarte algo más interesante que un grupo de políticos hablando de golf —respondió Isabella sin girarse. Cuando llegaron al segundo piso, Isabella se detuvo frente a una puerta blanca de marcos dorados, la abrió con una llave pequeña… y dejó que Camila entrara primero. La habitación de Isabella. Camila se detuvo al cruzar la puerta. El espacio era enorme, pero cálido. Tonos neutros, detal

