El divorcio

1097 Palabras
Me detuve y la miré a los ojos. En ese momento, una claridad fría y dolorosa se instaló en mi pecho. Había tomado una decisión, una que me desgarraba el alma pero que, en mi mente distorsionada por el dolor, era el único acto de amor puro que me quedaba. —No voy a discutir más —dije, con una calma que me asustó. —He tomado una decisión. Lo mejor es que nos divorciemos. Fátima se puso de pie de un salto, con los ojos abiertos de par en par. —¿Qué? ¡Lorena, te has vuelto loca! —exclamó, acercándose a mí. —No puedes estar hablando en serio. No puedes tirar todo por la borda por un diagnóstico médico. ¡Le vas a romper el corazón! Eso es mil veces peor que no poder tener hijos. —Es lo mejor para él —repetí, como un mantra. —Si nos divorciamos ahora, él todavía es joven. Puede encontrar a alguien más, a alguien que esté sana, a alguien que pueda darle la familia que él merece. Yo soy un camino cortado, Fátima. No voy a arrastrarlo conmigo a mi propia oscuridad. No esperé a que ella respondiera. Ignoré sus súplicas, sus gritos de que regresara, y salí de su casa. Tomé el primer taxi que vi y le di mi dirección. Durante los quince minutos de camino, no lloré. Estaba en una especie de trance, una anestesia emocional que me permitía ejecutar el plan que mi mente había trazado. Al llegar a casa, entré y me dirigí directamente a nuestra habitación con el corazón queriéndose salir por mi boca. —¿John? —llamé, con la voz temblorosa. —¿John? No hubo respuesta. La cama estaba perfectamente hecha, él no había estado ahí. Salí de la habitación y caminé hacia el despacho. Al empujar la puerta, lo vi. Estaba sentado detrás de su escritorio de roble. Ni siquiera levantó la vista cuando entré; seguía mirando su celular con una expresión de profunda decepción y cansancio. —Necesito hablar contigo —dije, quedándome cerca de la puerta. John finalmente me miró, pero no había rastro del hombre cariñoso que me había besado en la ducha horas antes. Se levantó de la silla con lentitud, me pasó por el lado sin detenerse y se dirigió hacia la puerta. —Mejor otro día, Lorena —dijo con un tono frío. — Hoy estoy muy cansado de discutir contigo. No tengo energía para más gritos ni más evasivas. Dio unos pasos hacia el pasillo, dándome la espalda. Sentí que el pánico y la determinación luchaban en mi interior. Sabía que si lo dejaba irse a dormir así, nunca tendría el valor de hacerlo. —Divorciémonos —solté sin más. John se detuvo en seco. Se giró lentamente, mirándome como si no reconociera a la mujer que tenía delante. —¿Qué... qué estás diciendo? —preguntó, con una voz de asombro. —Lo que has oído —respondí, apretando los puños para no desmoronarme. —Ya no quiero estar más contigo. Esto no funciona. Ya no soy feliz y tú tampoco lo eres, aunque te empeñes en negarlo. Por eso quiero el divorcio. John caminó hacia mí, reduciendo la distancia, buscando rastro de mentira en mis ojos. —Eso no es cierto, Lorena —dijo, tratando de tomar mis manos. —Estás asustada por algo, estás pasando por un mal momento, pero no digas eso. Tú me amas tanto como yo a ti. —¡No es cierto! —le grité, retrocediendo para evitar su agarre de manos. —Ya no te amo, John. Es mejor que te vayas de la casa cuanto antes. Mañana mismo buscaré un abogado. Vi cómo algo se rompía en su mirada. La comprensión de que yo hablaba en serio, o al menos de que estaba decidida a empujarlo fuera de mi vida, transformó su dolor en un enojo amargo. —Está bien —dijo, con una voz que me cortó el alma. —Estoy cansado, Lorena. Estoy harto de tus cambios de humor, de tu frialdad, de tener que adivinar qué es lo que te pasa mientras tú te escondes detrás de una pared de hielo. Si lo que quieres es esto, si lo que quieres es tirarlo todo a la basura... entonces que así sea. Divorciémonos. No dije nada, no podía. Sentía que si abría la boca, la verdad saldría y revelaría mi miedo y la razón por que me alejaba. Me di la vuelta y subí las escaleras corriendo, encerrándome en la habitación. Segundos después, escuché que la puerta se abrió. John entró en el cuarto sin mirarme. Abrió el armario con un movimiento violento y sacó una maleta grande. Comenzó a echar ropa, libros, cualquier cosa que tuviera a mano, sin ningún orden. Sus movimientos eran bruscos, llenos de una ira que nunca le había visto. —Si de verdad quieres esto, Lorena, esto será así —dijo, sin dejar de empacar. —No voy a quedarme donde no me quieren. No voy a rogar por un amor que tú has decidido matar unilateralmente. —Es lo mejor —logré decir, sentada en el borde de la cama, viendo cómo el hombre de mi vida estaba a punto de marcharse. John cerró la maleta de un golpe y se giró hacia mí. Tenía el rostro desencajado, rojo de indignación y tristeza. —Siempre crees que tus decisiones son las mejores, ¿verdad, doctora Klerc? Siempre tan precisa, siempre tan dueña de la verdad —dijo con sarcasmo. —Pero estoy harto. Estoy cansado de tener que ir detrás de ti, de rogarte migajas de atención, de intentar entender por qué me odias cada vez que intento hablar de nuestro futuro. Así que me voy. Y te lo advierto: cuando tengas los papeles del divorcio listos, llévamelos tú misma al consultorio. No quiero volver a pisar esta casa. Tomó su maleta y salió de la habitación sin mirar atrás. Escuché sus pasos bajando las escaleras, también el sonido de sus llaves dejándolas sobre la mesa de la entrada y, finalmente, el estruendo de la puerta principal cerrándose. Me desplomé en el suelo de madera fría, justo al lado de la cama que ahora estaba vacía. Lo había alejado de mí. Le había devuelto su libertad a cambio de mi propia destrucción, y el dolor era una herida abierta que ninguna cirugía en el mundo podría cerrar. —Perdóname amor mío, solo quiero que obtengas lo que quieres— Dije gritando pero sabía que ya él no podía escucharme.
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