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Bisturí para el corazón de mi Esposo

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Descripción

Lorena es una cirujana obstetricia de pulso firme, hasta que el destino pone el corazón de su propio matrimonio sobre la mesa de operaciones.En la noche de su segundo aniversario, una emergencia médica la obliga a abandonar su cena romántica para salvar una vida en el quirófano. Lorena triunfa, pero al salir, la sangre se le hiela: su esposo, John, está en el pasillo sosteniendo al recién nacido. La felicitación que escucha destruye su mundo en un segundo: —"¡Felicidades, John, ya eres padre!"—.Lorena no solo ha salvado a la mujer que estuvo con su esposo, sino al hijo que él le ocultó. ¿Es ese bebé una sentencia de muerte para su amor, o podrá Lorena usar su precisión quirúrgica para perdonar la consecuencia de un error que nació cuando ambos creían estar perdidos?

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Una sorpresa…
Lorena estaba emocionada por celebrar su segundo aniversario. Había preparado una mesa con flores, velas, vino y una cajita de regalos que contenía una sorpresa. Había estado esperando durante una hora pero su amor de infancia y ahora esposo, no llegaba. Lorena caminaba de un lado hacia otro, hasta que su móvil sonó. Al mirar la pantalla, no dudó en tomar la llamada, era del hospital. —Voy en seguida— Dijo antes de colgar. Lorena apagó todas las velas, y sin llenarlo se fue a toda prisa a ejercer su profesión. Al llegar al hospital, Lorena se acerca para que le digan que estaba sucediendo. —Doctora Klerc, una paciente está a punto de dar a luz, pero el parto se ha complicado y la necesitan— Dijo una enfermera. Sin decir palabras, Lorena se pone su bata, y va directo al quirófano. Inmediatamente, comienza a tomar el mando de la situación y a controlarla. Después de una hora, finalmente había traído al mundo a otro bebés de tantos. —Dr. Klerc, es usted la mejor doctora. Lorena le sonríe mientras se lava las manos. —Gracias por el piropo, pero hoy es mi aniversario y debo irme ya. Mi esposo debe estar esperándome. Lorena salió sin decir más con la esperanza de que su esposo estuviera en casa. Pero al caminar por algunos pasillos, se llevó la peor sorpresa de su vida. John Mixter estaba con un bebé en brazos, mientras algunas personas lo rodeaban. Ella se acerca en silencio y solo piensa que es el hijo de un amigo o una simple coincidencia. —Ya eres padre John— Dijo uno de los presentes. Lorena se quedó atónita, no podía creer lo que había escuchado, de hecho, se negaba a creerlo, ese hombre que estaba de espaldas podría ser otro. De repente, una enfermera se acerca a Lorena, solo para decirle que la paciente que acaba de atender se siente mal y fue llevada al quirófano otra vez. Lorena que sonrió dentro de si, pensó que no podría ser el hombre que ama, así que se giró y volvió al quirófano. Una hora después, las puertas del quirófano se abrieron, y ya no había dudas… ahí estaba él, caminado de un lado hacia el otro. —¿Los familiares de la señora Ferrer?— Preguntó ella confundida. Lorena vio como John se acercó casi corriendo, y finalmente la vio a ella, sorpresivamente la mujer que había salvado la vida de su hijo, era su esposa. —¿Cómo está mi hija?— Preguntó la madre de la señorita Ferrer. Lorena que tenía un nudo en la garganta, se obligó a sonreír. —Por suerte, ella está bien. Vayan a la habitación 505, en la cuarta planta. Todos los que están ahí salieron corriendo a tomar el ascensor, excepto él, John Mixter. Lorena se acerca en silencio y sin dudarlo le da una bofetada que resuena en todo ese espacio. —¿Cómo pudiste hacerme esto?— Le pregunta ella tratando de guardar la calma. John casi sin palabras, intenta acercarse pero ella se aleja. —Perdóname, esto no quiere decir que no te ame. Flashback. Un año atrás. El pasillo del hospital me pareció más largo de lo habitual, caminaba con mi bata blanca, el uniforme que normalmente me daba seguridad, pero que hoy sentía como una armadura pesada y asfixiante. Me detuve frente a la puerta del consultorio del doctor Méndez, mi colega y amigo de años. Respiré hondo, tratando de recuperar la calma profesional que aplicaba con mis propios pacientes, pero el aire se me quedaba atascado en la garganta. Entré sin llamar, el doctor Méndez estaba sentado tras su escritorio, con un sobre de manila frente a él. Al verme, su expresión se ensombreció, no necesitó decir nada; su mirada era el diagnóstico que yo ya había leído entre líneas en el sistema del laboratorio una hora antes. —Lorena... Toma asiento —comenzó él, diciendo. — los resultados arrojaron lo que temíamos. Me senté frente a él, rígida, entrelazando mis dedos sobre el regazo para que no viera cómo me temblaban las manos. —Lo sé, Méndez. Vi los resultados antes de venir —le interrumpí, con una frialdad que me dolió a mí misma. —Infertilidad. Claramente será difícil ser madre sin tratamientos, ¿no es así? Él asintió lentamente con su cabeza, deslizando los papeles hacia mí con un gesto de impotencia. —Exacto. Tú eres médico, Lorena, entiendes la fisiología detrás de esto mejor que nadie. No es imposible, pero el camino... es algo muy difícil. Los niveles hormonales y la reserva folicular indican que un embarazo natural es una apuesta perdida. Me puse de pie de inmediato, no quería compasión. No quería que me explicara lo que mi mente científica ya había procesado, aunque mi corazón se negara a aceptarlo. —Gracias por la honestidad —dije, dándole la espalda. —Tengo que irme. Salí de allí casi corriendo del hospital. Manejé a casa en un estado de trance, esquivando el tráfico mientras las palabras "difícil", "imposible" e "infertil" rebotaban en mi mente como disparos. Al llegar a nuestra casa, el refugio que John y yo habíamos construido con tanto amor, me quedé unos minutos en el auto, frente al volante. Me miré en el espejo retrovisor y me obligué a borrar el rastro de amargura de mis ojos. No podía dejar que él me viera así, no todavía. Entré en la casa en silencio, ya estaba un poco abrumada, pero mientras caminaba, miraba las fotos de nuestra boda. Solo teníamos un año de casados, un año de felicidad pura que ahora sentía amenazada por mi propio cuerpo. Subí a nuestra habitación y allí estaba él, de espaldas, revisando unos documentos sobre la cama. Me acerqué con pasos felinos y lo abracé por detrás, hundiendo mi rostro en su espalda, aspirando ese aroma a café y sándalo que tanto me calmaba. —¿Qué tanto me amas, John? —le Pregunté, apretándolo fuertemente por detrás.

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