Resultados

1096 Palabras
Él soltó una risita coqueta, dejó los papeles y se giró entre mis brazos para quedar frente a frente. Sus ojos brillaban con esa luz traviesa que me había enamorado desde que éramos niños. —¿De aquí al tercer cielo te parece suficiente? —dijo sonriendo, y rodeando mi cintura. —Me alegra saber eso —respondí, forzando una sonrisa que esperaba pareciera genuina. —porque entonces nuestro amor podrá con todo. Con lo que venga y más. John se inclinó y me dio un beso tierno en los labios, lleno de amor y pasión. —Claro que sí, mi amor. Pero ahora mismo, solo quiero hacerte el amor... —Me dijo al oído con voz ronca. —Quién sabe si esta noche dejamos tu vientre abultado durante nueve meses. El destino es caprichoso. Sus palabras fueron como un bisturí cortándome sin anestesia. El deseo en su voz, la ilusión de verme embarazada... era demasiado. Me aparté con suavidad, evitando su mirada. —Estoy muy cansada, John. Tuve muchísimo trabajo en el hospital, una cirugía tras otra. Él me miró con comprensión, aunque no ocultó del todo su decepción. —Entonces tomemos un baño juntos, algo relajante —insistió, acariciándome el brazo. —para que te olvides del hospital. —Mejor luego —dije rápidamente, ya caminando hacia el cuarto de baño. —Necesito un momento a solas. No esperé su respuesta, entré al baño y cerré la puerta con llave. Encendí la ducha y dejé que el agua caliente cayera con fuerza. Solo entonces, bajo el ruido del agua que ocultaba mi llanto, me derrumbé. Me abracé a mí misma, llorando con un dolor que no conocía. Sentía que le estaba fallando a John, que nuestro sueño de tener una familia se estaba escapando por el desagüe. Mi cuerpo, el mismo que salvaba vidas a diario, me había traicionado en lo más íntimo. Después de muchos minutos, salí del baño envuelta en mi pijama de seda. John ya estaba acostado, esperándome con la luz de la lámpara de noche encendida. En cuanto me acosté a su lado, intentó besarme de nuevo, buscando mi piel con pasión. —En serio, John... estoy muy cansada —repetí, dándole la espalda. Él se quedó quieto un momento y soltó un suspiro hondo. —¿Desde cuándo el estar tú cansada o yo cansado ha sido una excusa para no hacer el amor, Lorena? —preguntó con un tono de extrañeza. —Siempre hemos buscado ese tiempo, nunca nos hemos negado. —No todos los días son iguales —respondí, cerrando los ojos con fuerza. —¿Estás enojada por algo? —insistió, apoyándose en su codo para mirarme. —Si es así, dímelo. No me gusta este muro que estás poniendo. Me giré apenas lo suficiente para darle un beso casto en los labios, tratando de calmarlo. —No, mi cielo, no estoy enojada. Solo es cansancio físico, nada más. Mañana estaré mejor. Le di la espalda de nuevo, apagué la luz y me quedé inmóvil, fingiendo una respiración de sueño mientras mi mente seguía gritando en el silencio de la habitación. A la mañana siguiente, desperté cuando mi despertador sonó con más fuerza que nunca. Me levanté al verme sola en la cama y me duché, me arreglé con esmero para ocultar las ojeras y bajé al comedor. Allí estaba él, como cada mañana, desayunando mientras revisaba su tableta. —Buenos días, amor —le dije, acercándome para darle un beso en la mejilla. —Buenos días, mi cielo —respondió él, volviendo a ser el John cariñoso de siempre. Me senté y me serví un vaso de jugo de naranja. El ambiente parecía haber vuelto a la normalidad, pero yo sabía que era una calma frágil. —Se me ocurrió algo para esta noche —dijo John, dejando la tableta a un lado. —Una salida romántica. Podemos ir al teatro, luego a cenar y a caminar un poco. Hace mucho que no lo hacemos porque ambos hemos tenido demasiado trabajo. —Me parece bien —respondí, sintiendo un alivio momentáneo. —Salgo hoy a las cinco de la tarde del hospital. —Perfecto. Yo también salgo temprano hoy —dijo él, sonriendo. —Será una velada muy hermosa. —Así será mi amor —afirmé. Desayunamos en una armonía aparente y luego nos fuimos juntos al hospital. Al llegar al estacionamiento de médicos, nos despedimos con un beso. —Tengo una cirugía de ortopedia que durará varias horas —me explicó él mientras se ajustaba su bata. —así que no podré ir a verte a tu consultorio. Nos vemos en casa para arreglarnos. —Está bien, cualquier cosa nos vemos allá. Suerte en la cirugía mi amor. —Que tengas un hermoso día mi cielo— Me dijo con un beso en los labios. Caminé hacia mi consultorio con el corazón encogido. Al entrar, Fátima, mi secretaria y mejor amiga desde la facultad, ya estaba allí organizando las carpetas. —Buenos días, Fátima —dije con un tono seco, sentándome en mi silla sin siquiera quitarme el abrigo. Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró fijamente. Fátima me conocía demasiado bien. —Buenos días, Lorena... ¿Qué te pasa? Tienes la cara de alguien que acaba de ver un fantasma. Suspiré, dejando caer mi cabeza entre las manos. —Los resultados de la prueba de fertilidad llegaron ayer, Fátima. Soy infértil. No sé cómo decírselo a John. Él muere por tener hijos, es su mayor ilusión... pero para mí, embarazarme será casi imposible. Tendría que someterme a tratamientos agotadores o inseminación artificial, y ni siquiera eso garantiza que funcione o que pueda llevar un embarazo a término. Fátima se acercó y puso una mano reconfortante en mi hombro. —Lamento mucho oír eso, Lore. De verdad. Pero tú y John se han amado desde que eran niños. Tienen un año de casados, un matrimonio sólido. Él te ama a ti, por encima de cualquier otra cosa, así que entenderá esto. —No quiero que esto sea el quiebre de mi matrimonio, Fátima —confesé con la voz quebrada. —Lo amo con toda mi vida. Mi corazón lo eligió a él hace mucho tiempo y no me imagino un futuro donde no estemos juntos. Tengo miedo de que, al no poder darle los hijos que sueña, miedo a que me mire de otra forma. —Entonces háblale con la verdad —insistió ella. —No guardes esto. Explícale lo que está pasando antes de que el silencio cree una distancia insalvable.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR