Capítulo 7

1203 Palabras
Ella me quedó mirando sorprendida y le sonreí rápidamente. Enarqué una ceja y ella mordió su labio inferior, haciendo que sonriera aún más. Sería fácil. Sabía lo que provocaba en la gente, sobre todo en las chicas. Una sonrisa, un pequeño acercamiento y caían. —Hola, preciosa —murmuré alejando un mechón de su rostro. Ella abrió sus ojos verdosos con sorpresa y entreabrió su boca, sólo dejando escapar aire—. Hoy te vi en el escenario, ¿sabes? Te veías… deslumbrante. —Gracias —murmuró sonrojada. Sonreí. Ese pequeño gesto me hizo recordar a Audrey y, no sé por qué, pero me encontré deseando tenerla a ella entre mis brazos en este preciso momento. Me acerqué lentamente a su cuello y sentí un pequeño temblor de su parte. Rocé mis labios contra su piel y ella respiró entrecortado. Era el momento indicado. —Me preguntaba si, quizás, podrías facilitarme tu estupendo traje, el que, por cierto, te hacía lucir como una perfecta diosa —susurré cerca de su oído. Ella tragó saliva y la miré enérgicamente. Sus grandes ojos verdes lucían aturdidos. —Sí, claro —dijo en un hilo de voz, asintiendo lentamente con la cabeza. Se alejó lentamente—. Sólo… sólo espera un momento. —Gracias, dulzura —ronroneé, obteniendo la reacción esperada. Ella entró rápidamente y yo me apoyé en la pared, sonriendo satisfecho. Había sido más fácil de lo que había creído. Miré fijamente hacia el cielo. Sentía la garganta seca y los labios palpitantes. Pero no tenía nada que ver con aquella muchacha ingenua, ni cerca. Quería a Audrey ahora. Tomarla y besarla. Morder su cuello y acariciar sus curvas. Apreté mi mandíbula. La deseaba. Ahora lo entendía todo. Anhelaba besarla, recorrerla, sentirla. Pero lo peor se me venía como una avalancha destructiva, siendo esa pregunta suficiente para desorientarme. ¿Sólo la deseaba? La puerta sonó a mi lado y esbocé mi mejor sonrisa. Ella se me acercó tímidamente y alargó el colgador hacia mí. Doblé la funda en mi brazo y besé la comisura de sus labios. —Vendré mañana o en un par de días —susurré a pocos centímetros de ella—. ¿A nombre de quién debo dejarlo, preciosa? —S-Samantha —tartamudeó. Reí cortamente. Miré sus labios y luego sus ojos, fingiendo querer besarla. Ella tragó saliva. —Un gusto, Samantha —susurré a su oído—. Nos vemos. Besé nuevamente la comisura de sus labios, con lentitud, y me despedí de ella guiñándole un ojo. Ella sonrió y miró al piso. Caminé hacia una esquina y esperé que cambiara la luz para poder cruzar. Miré la hora y me tensé. Mierda. Acababa de pasar una hora. Apuré el paso en cuanto la luz me dio la preferencia. Comencé a correr como loco, sabiendo que ni corriendo llegaría en menos de media hora. Esperé un taxi, pero todos los que pasaban frente a mí iban ocupados. Comencé a correr aún más desenfrenadamente. Vi un taxi desocuparse en una esquina próxima y ocupé todas mis fuerzas en llegar. —¡Hey, espere! —grité cuando el auto comenzaba a marchar. Moví mis brazos intentando captar su atención y sonreí al lograrlo. Me subí rápidamente al auto y le di las indicaciones necesarias. Recuperé lentamente el aliento y me fui pensando durante el corto trayecto. Miré la hora. Llegaba veinte minutos tarde. No podía enfadarse por eso, ¿verdad? Subí al salón antes de ir junto a Steven y dejé el traje colgado. Apagué y cerré todo rápidamente para subir a mi departamento. Abrí la cerradura y me encontré con Steven mirando la televisión. —Steven —llamé suavemente. No hubo respuesta. Cerré la puerta y dejé las llaves encima de la mesa. Me acerqué a él. —Steven —volví a llamar. Él resopló. —¿Qué, Chris? Procesé rápidamente la situación y supe lo que debía hacer. Lo mismo que él hacía siempre, esta vez lo haría yo. Cada vez que peleábamos, él se refugiaba en el sexo para pedirme disculpas. Ahora era mi turno. —Vamos, Steven, no seas así —dije arrodillándome a su lado. Él entornó los ojos, apagó la televisión y se puso de pie. Sonreí. Me puse rápidamente de pie y tomé una de sus manos, atrayéndolo hacia mí. —¿Qué crees que estás haciendo? —cuestionó molesto. Preferí no decir nada, temiendo que mi voz no acompañara mi actuación. Lo acorralé contra la pared y me balanceé lentamente contra él. Steven gruñó y me acercó hacia él con brusquedad. Besé lentamente su cuello y succioné lentamente su piel, mordiéndolo, saboreándolo. Llevaba años junto a Steven y sabía perfectamente que su mayor debilidad eran sus alteradas hormonas. Nuevamente me desperté en la madrugada. Me removí cautelosamente, intentando no despertar a Steven. Me dirigí lentamente al balcón en la sala de estar y saqué mi celular. No era tan tarde, quizás estaba despierta. Apreté la mandíbula. Quizás ella y Brad estaban despiertos. O, quizás, estaban durmiendo juntos. Sin pensar si quiera en una excusa, apreté su nombre en la lista de contactos y esperé a que contestara. Mi corazón latía rápido. —¿Diga? —dijo una voz somnolienta. Pero no era sólo eso. Sonaba gastada, ronca… sensual. —Disculpa, pequeña, ¿te desperté? —pregunté, intentando dejar atrás esos pensamientos. —Sí, Chris, lo hiciste —respondió con una melodiosa risa. Bostezó—. Pero no te preocupes, ¿qué pasa? —Uhm, quería confirmar que venías mañana —mentí pasando una mano por mi cabello—. Es que tengo un nuevo proyecto y con todo el tema de Liz, pensé que quizás no podrías venir y… —Ahí estaré, Chris —interrumpió dulcemente—. Ahora, por favor, déjame dormir, me estoy muriendo. Reí cortamente y el ventanal cerrándose me sobresaltó. Vi la espalda de Steven alejarse entre las cortinas y suspiré suavemente. —Bien, Audrey, nos vemos mañana —dije, sin saber qué más decir para retenerla—. Buenas noches, pequeña. Dulces sueños. —Digo lo mismo, Chris —murmuró suavemente. —Adiós —dije, esperando que ella dijera algo más. Pero no lo hizo. Bajé la cabeza, suspiré y me dirigí hacia la habitación. Steven estaba acostado, pero algo me decía que estaba despierto. —¿Steven? —susurré preocupado. —Cerré el ventanal para poder dormir —dijo molesto—. Ahora que has terminado de hablar con tu amiguita, déjame dormir. Sin ganas de pelear más y sintiéndome culpable, me recosté y abracé a Steven por la espalda. Besé su hombro. —Te quiero, Steven —murmuré—. Lo siento. No dijo nada, pero se quedó quieto entre mis brazos. Quizás Steven no era el mejor novio, pero me quería y si las cosas fueran al revés, seguramente yo estaría igual de inseguro. No quería dañarlo, pero lo hacía una y otra vez. Sabía que detrás de sus celos, estaba escondida la culpa de haberme engañado tiempo atrás y la inseguridad que le provocaba saber que pasaba más tiempo con mi modelo que con él. Steven sentía que me perdía y yo sentía que nuestra relación comenzaba a perder sentido. Todo estaba cabeza abajo.
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