—Fue espectacular —dijo ella con una sonrisa brillante y dulce al salir del teatro.
—Durante toda la obra te vi muy concentrada —dije sonriendo ante su expresión—. Tuve la tentación de levantarme, ir a buscar mis pinceles y retratarte. Tu expresión de fascinación combinado con las luces de la obra y el fondo del teatro hubieran hecho una obra preciosa.
—¿Nunca dejas de inspirarte? —preguntó después de desviar momentáneamente la mirada, un tanto nerviosa.
—Es que, Audrey, eres una persona fascinante —sinceré curvando mis labios hacia arriba—. No necesitas decir nada, tus expresiones, tus ojos, siempre lo dicen todo. Tuve suerte de encontrar una modelo como tú. Todo fluye en ti naturalmente, nada se ve forzado. Es por eso que las pinturas reciben tantos elogios. Además, claro, de tu belleza.
—Exageras, Chris —respondió con una pequeña risa, moviendo sus hombros.
Junté mis cejas, insatisfecho.
—No tengo por qué mentir —aclaré.
Me quedó mirando fijamente, como analizándome. Subí mis cejas y respondí su mirada sin problema.
—Entonces… gracias —dijo finalmente, con timidez. Miró hacia el frente al verme sonreír y posó nuevamente su mirada en mí cuando comencé a hablarle.
—Eres como una niña pequeña.
—Es por ti —respondió quedamente. La miré sorprendido. No por lo que había dicho, sino por lo que eso había provocado en mí—. Cuando hablas, tus palabras destilan sabiduría e inteligencia. Es fascinante escucharte habar. Y, al hacerlo, me siento como una niña escuchando a su padre.
—Eso es muy halagador —logré decir, sin poder esconder la sonrisa que automáticamente se me formó al escucharla hablar—. Muchas gracias.
Caminamos en silencio. Intentaba pensar en algo que decirle. Sentía que tenía demasiado que decir, pero no sabía cómo empezar, ni mucho menos sabía qué era lo que quería decir.
Guardé las manos en mis bolsillos y miré mis pies poniéndose uno delante del otro.
Mi celular comenzó a vibrar de pronto y miré la pantalla un tanto preocupado. Esbocé mi mejor cara, para que mi voz concordara con mi expresión. Era un maldito cínico.
—Hola, amor —respondí sonriendo.
—Amor —dijo irónico—. Eres tan… hipócrita algunas veces.
Mi máscara se descompuso. ¿Era realmente necesario insultarme?
—Vamos, Steven, no seas así.
—¿Así cómo? ¿Estoy obligado a hacerme el comprensivo cuando tú no lo intentas siquiera?
—No —respondí secamente.
—Estoy esperándote —dijo enfadado—. Así que llega pronto. Tienes máximo una hora.
—¿Qué? Por favor, ¿es una broma?
—¿Te parece que estoy bromeando? Una hora, Chris.
—Estás exagerando.
—Piensa lo que quieras.
—Pero, amor, ¿por qué…?
—No me digas amor, Chris. Estoy enfadado y lo sabes.
—Okay, está bien.
—Te demoras más de una hora y…
—Sí, nos vemos en casa —corté rápidamente—. Adiós.
Sentí la mirada curiosa de Audrey sobre mí, por lo que volteé a mirarla sin poder ocultar mi frustración. Sus ojos me cuestionaban, confundidos.
—Supongo que ya sabes lo que pasa —dije cansado. Ella no dijo nada—. Steven y sus celos. De verdad no sé por qué es así conmigo, nunca he hecho nada. Siempre le he sido fiel.
—Es que Chris, creo que muchas personas morirían por alguien como tú —dijo de vuelta. Algo extraño me recorrió. Imposible de describir.
—¿Y qué hay de ti? ¿Morirías por alguien como yo? —pregunté seriamente, sin siquiera pensar en lo que hacía. Simplemente había querido preguntarlo.
Sus mejillas se sonrosaron y miró hacia otro lado. Quizás no había sido una buena idea preguntarlo, pero quería saberlo.
—No diré nada —respondió avergonzada.
—Puedes decirlo si quieres —insistí. Necesitaba saber por qué había reaccionado así.
—Hum, sería interesante estar con alguien como tú —respondió sin mirarme a los ojos, bastante cohibida, mirando fijamente el piso.
Reí ante su ternura y tomé su mano delicadamente. Escucharla siempre me hacía sonreír.
—Te equivocas, pequeña, yo no soy nada especial, no hay nada cercano a “alguien como yo” —dije mirándola, sin poder despegar mis ojos de los suyos. Se veía tan bonita con las mejillas rosadas—. No me veas como alguien insuperable, porque no lo soy. Soy como cualquiera, con defectos y virtudes.
—Si tú lo dices… —susurró al aire, notoriamente incómoda, así que opté por dejar hasta ahí el tema.
Fui a dejarla a su departamento y había un chico esperándola. Lo miré de mala manera, sin poder evitarlo. ¿Y si él era uno de esos chicos que había caído bajo los encantos de Audrey? Demonios, ¿qué estaba pensando? ¿Por qué tendría que importarme?
—Chris, él es Brad, mi mejor amigo —dijo ella dulcemente después de abrazarlo con euforia. Él extendió su mano amigablemente hacia mí y me sonrió.
—Chris, un gusto —dije recibiendo el apretón, devolviéndole el gesto.
—Lo mismo digo —respondió abrazando por el hombro a mi pequeña.
Me despedí rápidamente y me dirigí a casa pensando en mil cosas a la vez. ¿Por qué me había puesto celoso? ¿Por qué me había tranquilizado saber que él era Brad? ¿Me había relajado saber que él era el chico que, según Audrey, estaba enamorado de Liz? ¿Me importaba saber que él no era… una amenaza para mí? ¿Y por qué amenaza?
Pasé por afuera del teatro y una idea vino rápidamente a mi cabeza. Sonreí con astucia al ver a una de las actrices y me dirigí hacia ella pensando cómo conseguir que me prestara ese hermoso vestido que había usado durante la obra.
Audrey se vería más que perfecta enfundada en ese traje. Con tan sólo pensarlo sonreí felinamente, dándome ese pensamiento el impulso inicial para acercarme a la inocente muchacha.