—¿Llego en un mal momento? —preguntó con una sonrisa ladina, después que Steven hubiese dejado la habitación a grandes zancadas.
Se veía un tanto apenada, pero su sonrisa parecía ser sincera.
—Perdona por lo que tuviste que ver —respondí intentando darle mi mejor sonrisa, demostrarle lo bien que me sentía al saber que ya la tenía cerca.
—No vi nada, no te preocupes —dijo cordialmente, encogiéndose de hombros—. De todas formas, no eres tú el que tiene que disculparse por el empujón.
Subí ambas cejas. Eso me había tomado por sorpresa. Y no había sido una buena.
—Oh, ¿te empujó? A veces es un imbécil —acepté molesto.
Ella me miró un tanto sorprendida.
—¿Puedo preguntar qué sucedió?
A cada segundo me sentía más tranquilo. Su voz… algo había en ella que me hacía sentir mejor, aunque me estuviese preguntando sobre mis problemas con Steven, su voz me relajaba.
—Lo mismo de siempre, pequeña —respondí sencillamente, sin poder evitar dejar a la vista mi frustración.
—Bien, ¿entonces lo olvidamos y empezamos a trabajar? —preguntó animadamente, con una sonrisa casi infantil. Me causó ternura y reí. Ella me miró confundida al yo menear la cabeza.
—Hoy saldremos —respondí sonriendo abiertamente—. Ayer me dijiste que no, pero hoy no te lo permitiré.
—Pero, Chris, yo…
—No aceptaré un no por respuesta —interrumpí rápidamente, enarcando una ceja—. Cancelé a Steven por ti, no me dejes así, preciosa.
Era tan manipulador algunas veces.
Audrey me miró sorprendida un par de segundos para después sonreír dulcemente.
—Está bien, si lo dices así es imposible decir que no —aceptó entusiasmadamente.
—Bien, vamos —dije ofreciéndole mi brazo, el que recibió dulcemente. Había algo radiante en su sonrisa el día de hoy. Probablemente Liz se encontraba mejor.
—¿Dónde iremos? —preguntó mientras bajábamos las escaleras, con una curiosidad casi infantil.
—La verdad, no tengo idea —mentí riendo. No quería que imaginara lo que había planeado, tenía que ser una sorpresa—. Mi misión era que aceptaras venir conmigo, ahora tenemos que pensar dónde iremos.
Pareció comenzar a divagar mirando hacia el frente, con la mirada perdida en algún lugar de su mente.
—Pequeña, ¿escuchas? —pregunté ladeando una sonrisa. Ella me miró distraída—. ¿Te parece si vamos al teatro?
Ella movió la cabeza, pero su mirada estaba ausente.
Reí cortamente.
—¿Y bien? —insistí—. ¿Te parece si vamos al teatro?
Me miró sonriendo un tanto apenada y aceptó levemente con la cabeza.
—Sí, me parece genial —respondió un tanto sonrosada. Se veía tan adorable así.
El camino se me hizo extremadamente corto conversando con ella. Me gustaba cómo se expresaba, la forma en que su rostro acompañaba lo que sus labios soltaban y cómo lanzaba frases sin sentido cuando no lograba articular una palabra o cuando no sabía cómo seguir la frase. También me encantaba de sobremanera cuando se distraía con cualquier cosa y olvidaba completamente qué era lo que estaba diciendo. Era muy dulce. Otra cosa que amaba de ella, era su capacidad de escuchar, cómo brillaban sus ojos cuando oía algo que le llamaba la atención o cómo simplemente preguntaba cosas que no sabía.
Un sentimiento extraño me invadió cuando pensé que quizás algún chico podía caer encantado por esas mismas cosas que a mí me fascinaba estar con ella. Celos de amigos, ¿no?
Tuve el impulso de preguntarle por Liz, pero tuve miedo de estropear su ánimo. El día anterior había roto mi corazón el verla llorando, no quería que su mirada brillante se opacara. Quizás en otro momento.
Al llegar a la boletería, hicimos la fila y revisé mi billetera rápidamente. La miré de soslayo y enarqué una ceja al ver que ella hacía algo similar.
—¿Qué haces, pequeña? —pregunté—. Yo te invité, yo pago.
—Oh, no, no dejaré que pagues tú —respondió tercamente, juntando sus cejas y meneando suavemente su cabeza.
Aquí íbamos de nuevo.
—Por favor, Audrey —dije seriamente—. Déjame hacerte este regalo. Déjame ser el caballero que soy.
—Pero, Chris, las entradas están caras —protestó de inmediato. ¿Cómo podía verse tan dulce inclusive discutiendo?—. Por lo menos déjame pagar la mía.
—No —respondí rápidamente, sonriendo triunfante—. Imposible. Y no insistas.
Ella meneó su cabeza con frustración mientras pagaba las entradas. Dejé mi mano en su espalda mientras entrábamos a la obra y ella simplemente caminó hacia nuestros asientos. Se veía un tanto molesta, pero en cuanto comenzó la primera canción, su expresión cambió drásticamente. Sonreí automáticamente al ver esa mirada llena de encanto.
Intenté concentrarme en la obra, pero no podía evitar desviar la mirada hacia ella para observar sus expresiones, sus muecas. De vez en cuando me devolvía la mirada y rápidamente volvía a posar la mirada sobre el escenario. Si me preguntaban de qué trataba la obra, probablemente iba a ser un fiasco respondiendo.
Las luces, el ambiente, ella. Todo me parecía perfecto. Sentí la necesidad de correr al salón en busca de mi cámara o de mis pinturas para poder retratarla con esa sonrisa curvada sin descanso, con las luces haciendo sutiles sombras en su rostro, resaltando de una manera fenomenal sus facciones.
Sin darme cuenta cuándo ni cómo, la obra terminó. Lo supe cuando Audrey se levantó y una explosión de aplausos llenó el teatro. Me levanté junto a ella segundos después y aplaudí mirándole. Después de todo, mi verdadera atracción estuvo a mi lado durante toda la obra.