Capítulo 2

1066 Palabras
—¿Chris? ¿Puedo pasar? —se escuchó segundos antes que la puerta se abriera y entrara Steven. Solté a Audrey, aunque no quería hacerlo y le sonreí a mi novio, intentando que se viera bien, acercándome a él para abrazarlo aún cuando deseaba estar abrazándola a ella. Quería apoyarla. Eso era, ¿no? —Hola, amor —dije dándole un fugaz beso en los labios. Era como si hace mucho tiempo no sintiera necesario darle un beso apasionado o una muestra de cariño más efusiva. Como si lo hiciera todo casi por obligación o costumbre. Audrey tomó su bolso y se encaminó a la puerta con una mirada desolada que logró fácilmente romper mi corazón. Quise abrazarla y hacerla sentir mejor, susurrarle algunas palabras más de aliento, pero sabía que, si lo hacía, ella acarraría con otro problema más: los celos enfermizos de Steven. Y con lo de Liz ya era suficiente, creía yo. —Adiós, chicos —musitó rápidamente, notoriamente decaída. Sabía que estaba intentando verse fuerte, pero yo la conocía al revés y al derecho y sabía que algo en ella se estaba rompiendo—. Adiós, Steven, bueno verte. Adiós, Chris, cuídate. Ah, y gracias por todo. Abandonó la sala apresuradamente y le seguí con la mirada inclusive después que hubiera cerrado la puerta. Sentí cómo mi corazón comenzaba a sentirse triste. Quería ir con ella, quería acompañarla en su sufrimiento y darle ánimos. Quería ver a Liz y cerciorarme que estaba bien. Quería no tener que depender de Steven y su ánimo cambiante. —¿Y qué le pasó a ella? —preguntó él, acercándose al cuadro que aún estaba secándose. —Su hermana está en el hospital —respondí lejanamente. Steven me miró enarcando una ceja, con una expresión llena de sorpresa. —¿Y aún así vino a trabajar? ¿Está loca? —No, Steven, sólo fue responsable —murmuré un tanto molesto. ¿Es que no podía dejar de ser tan desagradable con ella aunque fuera por una vez? —Ah, Chris, siempre la defiendes —alegó poniendo los ojos en blanco—. Yo no le veo nada de espectacular a esa chica. Sólo sé que no me agrada. —Tengo más que claro que no te agrada —dije distraídamente, limpiando los pinceles. —Pero no te enojes, amor —murmuró él, abrazándome por la espalda. Suspiré. No tenía ganas de tenerlo cerca. —No estoy enojado —repliqué cansinamente. —Sí lo estás —contradijo en un suspiro. Apoyó su cabeza en mi hombro—. ¿Por qué no vamos a casa? Podemos cocinar algo, ver unas películas. —Está bien —acepté sin mucho ánimo—. Déjame ordenar un poco aquí. Yo te alcanzo. Steven se fue sin decir mucho más. No había mucho que ordenar, así que me quedé un momento observando la calle a través del ventanal. Suspiré de nuevo. Las cosas estaban cada vez más distintas y lejanas entre Steven y yo. Quizás era mi culpa, quizás de él, quizás de ambos. Lo que sabía era que los dos lo notábamos y no sabíamos cómo remediarlo. Aunque, en realidad, no sabía si quería remediarlo. Pasaban y pasaban autos tan rápido como los pensamientos cruzaban por mi mente. Me volteé y me quedé ensimismado en el retrato. Tragué saliva y dejé que mi mente divagara libre. ¿Y si todo era distinto por ella? ¿Y si esta fascinación por ella era algo más? Fui a la sala de revelados y vi todas las fotos de ella que tenía colgadas a través de toda la estancia. Me apoyé en un mueble, crucé mis brazos y suspiré mirando el piso. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tomándole fotos distraída, a escondidas? Esto estaba yendo demasiado lejos. Tomé una de las fotos y sonreí automáticamente. Estaba tomando helado, de esa forma tan especial en que lo hacía. Tenía una mirada tan inocente e infantil que sobresalía con esa sonrisa tan dulce que le hacía lucir adorable. Dejé de sonreír. Esto estaba mal. No, no mal, pero sí fuera de lugar. ¿Y Steven? ¿Y mi relación? Estaba lanzando todo a la basura. No. De hecho, no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo, sólo sabía que no era lo correcto. Cerré la sala de revelados con llave al igual que la de entrada. Tomé un poco de aire y me intenté engañar a mí mismo al tratar de subir mi ánimo. Miré la pantalla de mi celular y pensé que quizás sería una buena idea llamar a mi pequeña antes de ir con Steven. Para saber cómo estaba Liz, claro. Busqué su nombre en la agenda y esperé con una sonrisa a escuchar su voz. —¿Sí? —respondió secamente, haciendo que mis labios dejaran de curvarse hacia arriba. —Hola, pequeña, estaba preocupado —logré decir. Oír su voz siempre me hacía sentir mejor, pero… ahora era distinto. Se oía demasiado lejana y no me gustaba la sensación que eso me provocaba. —Oh, no te preocupes, está todo mucho mejor —respondió ella suavemente, un tanto más cálida. ¿Estaba fingiendo? ¿Era bipolar?—. Me encontré con un amigo camino al hospital y me ayudó mucho. —Discúlpame —murmuré ensombrecido —. Debí haberte acompañado, yo… lo siento, de verdad. Steven es demasiado celoso y yo… —No te preocupes, Chris —cortó rápidamente, haciendo que mi sangre se volviese un gélido y pesado cubo de hielo. Era obvio que no quería hablar conmigo, sí, ¿pero por qué?—. Estoy bien. —Te oyes extraña —dijo confundido, intentando apaciguar el frío—. ¿Estás enfadada conmigo? —¡Dios, Chris, no! —exclamó en un susurro. Se oía realmente irritada. —Está bien, Audrey —dijo intentando sonar tranquilo, siendo que estaba hirviendo de rabia y decepción—. Supongo que no fue buena idea llamarte, nos vemos mañana en el salón. Irás, ¿verdad? —Sí —respondió sonando un tanto extrañada. —Está bien, adiós, cuídate —dije finalmente, cortando rápidamente la llamada. Resoplé frustrado y comencé a caminar hacia mi departamento. Estaba seguro que a Steven no le iba a gustar mi ánimo, pero qué me importaba a mí. Que se lo aguante. Estaba seguro que si Audrey no había logrado calmarme, menos lo haría él.
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