—Hola, Steven, volví —anuncié cerrando la puerta. Él asomó su cabeza por la puerta de la cocina y volvió a entrar, sin decir palabra alguna. Me dirigí hacia él, juntando las cejas. Me apoyé en uno de los muebles y lo miré mientras me daba la espalda, obviamente a propósito—. ¿Qué pasa, amor?
—“Déjame ordenar un poco aquí. Yo te alcanzo” —citó enfadado, sin siquiera mirarme—. Vi lo poco que tenías que ordenar, Chris. No era necesario decir esa excusa estúpida para demorarte en venir.
Suspiré.
Esa era una de las grandes desventajas de vivir en el mismo edificio donde también trabajaba: tenía los tiempos tristemente controlados. “No te demoras más de cinco minutos subiendo por el ascensor”, “¿por qué llegas a esta hora?”, “las sesiones no duran tanto. Y yo que esperaba poder salir contigo…”. Siempre era lo mismo. No tenía tiempo para respirar. Según Steven, saliendo de las sesiones, debía correr a sus brazos. No sabía si eso era algo sano para alguno de los dos. ¿Y qué pasaba con la independencia, con mi propia vida? ¿Dónde quedaba?
—Me quedé revisando unas fotografías, eso es todo —murmuré mirando su espalda. Sus hombros bajaron un poco—. Aunque… creo que se me quitó el apetito, Steven. Iré a dormir.
Salí de la cocina cansinamente. Fui al baño y lavé mi cara. Miré mi reflejo en el espejo y apoyé mis manos en el lavabo, bajando la cabeza. ¿Desde cuándo me sentía tan sofocado y presionado? Era como si me tuviesen en una jaula con la puerta abierta, pero mi cuello estuviese atado, inmovilizándome. Era como si cada vez que intentaba salir a respirar, a traer mi libertad de vuelta, aquella cuerda apretara mi garganta, nublando mi mente y asfixiándome, dejándome siempre en el mismo lugar, sin escapatoria.
Me aterraba encontrarme pensando que aquella soga era Steven. Me aterraba y confundía aún más encontrarme pensando que aquella libertad ansiada y anhelada, era ella.
Suspiré, volví a mojar mi cara y tomé una toalla. Me miré una última vez frente al espejo y salí, sin esperar ser asaltado por un par de labios sedientos y dos brazos firmes que me retenían contra una pared.
—Perdóname, Chris —siseó entre besos apasionados—. Soy un imbécil.
—Cállate —ordené cerrando la puerta del dormitorio a nuestras espaldas. Steven sonrió contra mis labios y, como siempre, solucionamos nuestros problemas entre las sábanas, donde ya no teníamos que mantener conversación alguna.
Parecía ser ese el único momento en el que realmente nos entendíamos y sintonizábamos.
El reloj de escritorio marcaba las tres de la mañana en punto. Y aún no podía conciliar el sueño.
Miré para el lado, encontrándome con la bronceada espalda de Steven al descubierto, iluminada tenuemente por la luna, dándole un tono grisáceo.
Me levanté y tomé mis pantalones. Metí ambas piernas en ellos y me dirigí al ventanal. Observé cómo un par de luces se mantenían encendidas, dejando entrever algunas sombras moviéndose tras las cortinas. Miré brevemente a Steven, esperando que siguiese dormido. Y así era.
Salí sigilosamente de la habitación y, sin ponerme nada además de lo que ya traía, me dirigí al salón. Una chica entró al ascensor y me miró de arriba a abajo, descaradamente, con una sonrisa que pretendía ser provocativa, dejando entrever algo parecido a la aceptación.
Levanté las cejas y moví levemente mi cabeza en forma de saludo. Ella mordió sus labios y llegué a sentir pena.
Bajé en el piso tres y ella me siguió a pesar de haber marcado el piso uno. Tomó uno de mis brazos y se acercó a mí en lo que pude notar era un intento de seducirme.
—¿Puedo ayudarte a no estar tan solo esta noche? —ronroneó enarcando una delgada ceja y sonriendo con labios falsamente carnosos. Después de haber visto tantas mujeres en mi vida, podía fácilmente reconocer la belleza artificial.
Reí.
—No, gracias —respondí tomando una de sus muñecas suavemente, corriéndola hacia atrás lo más cortésmente posible. Le di la espalda mientras ella me observaba atónita. Abrí la puerta del salón y tomé aire. No sabía qué hacía aquí, pero lo necesitaba.
Me acerqué al cuadro que seguía donde mismo y lo observé con melancolía, palpando cada pincelada lentamente. Quería estar con ella ahora. Quería abrazarla, darle calor y secar sus lágrimas. La imagen hacía que todo aquello que en un principio me había inspirado, ahora me rompiera el corazón.
Apreté la mandíbula y fui a buscar pinceles, un nuevo bastidor y mi paleta. Dejé una toalla colgando del borde de mi pantalón y acerqué un mueble para colocarlo todo.
Se me hizo un puño en el pecho cuando vi sobre el mueble una fotografía suelta de ella sonriendo con alegría. Me dolía saber que probablemente, en este preciso momento, ella debía de estar triste, llorando desconsolada o necesitando un abrazo que yo ansiaba poder otorgarle, pero que estaba lejos de poder hacerlo.
Comencé a mover violentamente mis brazos y muñecas contra la tela. Apretaba impotentemente el pincel en la pintura. El óleo saltaba con ira, manchando mi rostro y mi tórax, pero no me importaba. Me sentía furioso y frustrado. ¡Steven me separaba de ella cada vez que quería, manipulándome como a un títere! Me empujaba hacia él y no me dejaba avanzar. Encadenaba mis muñecas y me dañaba al intentar liberarlas.
Me detuve en seco y observé el resultado de mi ira contra mí mismo. Porque, sí, yo era el que cedía ante la presión de Steven, dejando mi vida, mi tiempo y mis decisiones a disposición de él. Y lo estaba culpando por algo que era completamente mi culpa.
Mis dedos comenzaron a moverse lentamente, con suavidad, contra mi furia ya liberada. No sabía a qué quería llegar, pero aquí estaba, intentando plasmar mis sentimientos sobre la inocente y neutral tela.
—Audrey, ¿qué me has hecho? —pregunté al aire, sentándome derrotado en el sofá, afirmando mi cabeza con ambas manos.
El reloj marcaba las cinco y media de la mañana. Me di una ducha intentando sacar todo rastro de pintura y me quedé en pie. Ya no podía dormir, se me había espantando el sueño. Tomé una camisa, un par de pantalones, ropa interior y zapatos. Comencé a vestirme en la sala de estar y, mientras terminaba de abotonar mi camisa, visualicé a un Steven somnoliento salir a mi encuentro.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —preguntó con la voz ronca, refregándose los ojos con pereza, para después bostezar y estirarse.
—No podía dormir —respondí abrochando el último botón y corriéndome el cabello de la cara. Él se acercó a mí y arregló el cuello de mi camisa.
—Me gusta cómo se te ve el n***o —murmuró sonriendo.
—Gracias —respondí, devolviéndole el gesto.
—Estaba pensando que podríamos salir hoy —sugirió dejando sus manos en el doblez de mis brazos, mientras yo tomaba suavemente sus caderas.
—No puedo, Steven —musité, esperando su típica reacción explosiva y la avalancha de preguntas que se centrarían en insinuar lo mucho que odiaba a Audrey y en demostrar lo seguro que estaba de que lo engañaba con ella.
Lo de siempre.