Sam permanecía tumbada en la cama, sintiendo el leve roce de las sábanas contra su piel. Alessandro, a su lado, se movió despacio, acomodándose sobre el codo para mirarla. En el silencio de la habitación lo único que se podía escuchar era la respiración de ambos, pero en el aire había una extraña tensión. —¿Estás despierta? —murmuró Alessandro, con una voz grave y suave, casi un susurro, mientras contemplaba el rostro de ella. Sam abrió los ojos lentamente, girando la cabeza para encontrarse con los profundos ojos azules de Alessandro, que la observaban con intensidad. No había necesidad de palabras; ambos sabían lo que ese día significaba. Alessandro partiría hacia Praga junto a los otros. —No puedo evitar preocuparme —admitió Sam en voz baja, extendiendo una mano para acariciar su mej

