Michele se encontraba en su oficina, la mañana del lunes revisando documentos importantes que habían llegado esa misma mañana. Su atención estaba fija en los papeles, pero el sonido familiar de los tacones de Kath al caminar por el pasillo desvió su mirada hacia la puerta antes de que ella entrara. Su expresión cambió, y una ligera sonrisa se dibujó en su rostro al verla, como si todo el peso de los asuntos pendientes hubiera desaparecido por un momento. —Buenos días —dijo ella sonriente, con ese tono de voz que siempre lograba desarmarlo, su sonrisa parecía iluminar todo a su alrededor. —Buenos días —respondió Michele con voz grave, dejando los documentos a un lado para enfocarse en ella. Pero aquella sonrisa se desvaneció en cuanto notó que Kath llevaba en su mano la jaula de oro de R

