Habían pasado semanas desde la muerte de Michele, semanas en las que a Kath le costó conciliar el sueño. En las que su pecho fue cubierto por un dolor que parecía envolver su mundo entero. Desde el día en que enterraron el ataúd de Michele, el tiempo se había vuelto denso y pesado, como si cada minuto que pasaba fuera una eternidad. Las noches eran las más difíciles; el silencio de su habitación en la mansión James parecía devorarla por completo, dejándola sola con sus pensamientos y sus lágrimas. La despedida, el funeral, la sensación de haberlo perdido todo, eran abrumadoras. Por su puesto, su embarazo la mantenía en pie, Kath se alimentaba todos días y trataba de ser fuerte por la bebé que llevaba en su interior, pero ese vacío que tenía seguí ahí, dentro de ella. Kath observaba unas n

