4| Deseo

1672 Palabras
4 | Deseo Observando desde el balcón cómo Michele se alejaba escoltado por los hombres que lo acompañaban, Kath soltó un suspiro. Ese primer encuentro entre ambos había sido intenso. Llevó los dedos hasta su mandíbula, recordando la forma posesiva en la que Michele había tocado su rostro y la cercanía de su cuerpo con el de ella. —¿Te quedarás aquí el resto de la noche? —preguntó su madre. Kath negó y caminó hacia el interior del salón de fiestas, luego de dar un último vistazo desde el balcón. La noche se había tornado más oscura y varios de los invitados comenzaban a retirarse, mientras otros charlaban animadamente antes de despedirse. Observó las mesas con los restos de la celebración: platos vacíos que alguna vez estuvieron llenos de exquisitos bocadillos, copas medio vacías y servilletas arrugadas. El suelo estaba cubierto de confeti y el personal del salón comenzaba a limpiar para devolverle al lugar su estado original. Kath esbozó una pequeña sonrisa. Después de todo, aquella noche no había sido del todo desagradable. Ahora conocía un poco más al hombre con quien compartiría su vida y no sabía muy bien qué pensar de él. El abuelo de Katherine se despidió, al igual que su esposa Amanda y su hijo Lucian. Se retiraron con mayor tranquilidad, pues, sorpresivamente, Michele se había comportado a la altura de la celebración: había llevado costosos obsequios a su prometida y se había mostrado como todo un caballero. Michael James también sintió algo de alivio. Siempre creyó que, estando con un Brown —por irónico que pareciera—, su hija estaría en las mejores manos, aunque Michele fuera un villano. Al llegar a la mansión James, Kath subió a su habitación. Se retiró las prendas que llevaba puestas y se colocó un camisón de seda para dormir. Se observó en el espejo, cansada por el exhaustivo día, y notó la joya adornando su cuello, la misma que Michele le había colocado. Tocó la delgada cadena de oro e inclinó la cabeza hacia un lado para apreciarla mejor. Se veía elegante y costosa; el rubí que colgaba de ella tenía forma de corazón, pequeño y hermoso. Sin duda, aquel hombre tenía buen gusto. Buscó el broche para retirarla, pero para su sorpresa no logró abrirlo. El pequeño rectángulo parecía más una cerradura que un cierre común. Luego de varios intentos inútiles por quitarla, Kath se dio por vencida y decidió dejarla puesta. Caminó hasta su cama y se recostó, dejando que el cansancio la venciera mientras dormía durante toda la noche. Los días transcurrieron con naturalidad. Kath no recibió una nueva llamada de su prometido durante ese tiempo, pero era consciente de que él enviaría a uno de sus hombres a buscarla, y así ocurrió la mañana del sábado. Kath terminó su desayuno en la habitación y luego observó desde la ventana la camioneta negra, de cristales polarizados, aparcada en el enorme patio de la mansión James. Su corazón se agitó un poco, pero mantuvo la compostura y comenzó a vestirse. Con un vestido de mangas cortas color durazno y unos tacones altos, salió hasta la camioneta, donde la aguardaba un hombre corpulento, de piel bronceada y gafas oscuras. No tenía aspecto de chofer; más bien parecía un capo intimidante. —Mi nombre es Antonio. La llevaré con el señor Brown —saludó con seriedad. Katherine respondió del mismo modo. Ninguno cruzó palabra durante el trayecto. Kath observó por la ventanilla trasera mientras el vehículo la conducía hasta una boutique de alta costura. Enderezó la espalda cuando la camioneta se detuvo frente al lugar. Afuera había otra igual, aunque, a diferencia de la suya, estaba custodiada por un automóvil adicional. Kath acomodó su cabello y alisó la falda del vestido, que no alcanzaba a cubrirle las rodillas, y observó cómo de aquella camioneta descendía Michele. Vestía de n***o, con esa mirada imponente que parecía dominar el entorno. Michele ajustó las solapas de su traje. No dijo nada, pero recorrió a Kath con la mirada. Luego esbozó una leve sonrisa al percatarse del collar que le había obsequiado, aún adornando su cuello. Sabía perfectamente que no podría quitárselo. —Me gusta el rojo —comentó, haciendo alusión al color de los labios de Kath. Inclinó el rostro cerca de su oído y le indicó que ingresaran a la tienda. Kath pasó saliva. Aunque aún no tenía sentimientos por él, resultaba difícil no reaccionar ante su cercanía. Frunció el ceño y caminó hacia el interior de la boutique, percatándose de inmediato de que no había nadie más que ellos y el personal del lugar. Michele la había cerrado exclusivamente para ella. —Elige el que más te guste —dijo con tono autosuficiente. De inmediato, las empleadas comenzaron a tomar distintos vestidos para mostrárselos a la prometida del mafioso. —No comprendo para qué haces todo esto. Pudiste elegir el que más te gustara y enviarlo a mi domicilio —soltó Kath, señalando los vestidos a su alrededor. Michele la observó sin expresión. Si se hubiera tratado de cualquier otra persona, no habría pasado por alto ese tono altanero. Sin embargo, lo dejó pasar. Tomó asiento en un sofá de cuero marrón y aceptó la copa de champagne que le extendió una de las empleadas. —Tu padre pidió que nos conozcamos antes de la boda y, dado que ese evento se llevará a cabo en tres meses, no hay mucho tiempo para ello. Elige un vestido —espetó, dando un trago a su bebida. Su mirada era amenazante. El hombre no parecía disponer de demasiada paciencia. Kath exhaló, apretó la mandíbula y caminó por la tienda, escogiendo algunos vestidos al azar mientras sentía en la espalda la mirada de Michele siguiendo cada uno de sus pasos. Finalmente eligió uno n***o, con un escote sutil y una tela fina que realzaba su figura. —¿Qué te parece este? —preguntó, intentando romper el silencio incómodo que comenzaba a instalarse. Michele observó la tela y le indicó que se lo probara; era difícil opinar sin verlo sobre su cuerpo. Kath rodó los ojos y se dirigió al vestidor. Se quitó lentamente el vestido durazno y el corpiño, conservando los tacones rojos. Se observó frente al espejo. El vestido era hermoso. El escote dejaba al descubierto la línea que se dibujaba entre sus senos; era revelador, pero elegante. —¿Y bien? —preguntó al salir del probador y colocarse frente a él. Los ojos verdes de Michele recorrieron su figura con detenimiento. Kath percibió de inmediato aquella mirada lasciva, lo que hizo que los vellos de su nuca se erizaran. Michele entreabrió los labios, desvió la vista hacia su escote y carraspeó. —Es nuestro compromiso, no un velorio. Elige uno que no sea n***o —ordenó, cambiando el gesto lascivo por uno severo. —¿En serio? Yo creo que es como mi ingreso a prisión, debería elegir uno naranja —replicó con una sonrisa irónica—. Si pensaras en lo que te dije, ambos podríamos ahorrarnos un momento como este. Michele se puso de pie y se acercó a ella. —¿Aún crees que puedes hacerme cambiar de opinión? —preguntó, visiblemente molesto. —Yo no deseo casarme, y creo que tú tampoco. Dime qué quieres a cambio de romper este compromiso —espetó Kath, antes de fruncir el ceño y regresar al probador. Kath pensó que Michele pudo haberle dicho que no quería verla de n***o antes de que se pusiera el vestido. Para ella, aquel color era perfecto; lo sentía más como un velorio, el suyo, por supuesto. También pensó que podía enfadarlo e ir vestida de n***o, pero eso no cambiaría su destino. El hombre parecía empeñado en cumplir con lo que había dictado su padre. Michele era un hombre difícil de leer, alguien que no rendía cuentas a nadie y que, pese a parecer tan forzado como ella a ese compromiso, por momentos transmitía todo lo contrario. Katherine observó una vez más su reflejo en el espejo del probador, sin poder creer que estaba en esa tienda, con ese tipo nefasto al que apenas conocía, eligiendo su atuendo para la prisión que sería su vida. Cuando comenzó a bajar los tirantes delgados del vestido para quitárselo, distinguió en el espejo un reflejo además del suyo. Era Michele, de pie detrás de ella. Sus miradas se encontraron a través del espejo. Los ojos color esmeralda la recorrían con lujuria. Kath pudo molestarse, reclamarle que no debía estar allí, pero no podía negar que aquella mirada la encendía. «¿Se puede detestar y desear a alguien al mismo tiempo?», se preguntó, porque eso era exactamente lo que sentía: deseo, el mismo que veía reflejado en la mirada penetrante de Michele. —¿Qué se supone que haces? —preguntó Kath después de tragar saliva, aún desconcertada al notar las heridas en su mano. Los nudillos de Michele seguían visiblemente lastimados. Ella aún no sabía qué había ocurrido el día de su cumpleaños; él nunca respondió. —Conociendo a mi prometida, tal como lo pidió su padre —respondió, ladeando una sonrisa. Michele se acercó a Kath, permaneciendo a su espalda, y con lentitud comenzó a recorrer su brazo derecho con un roce apenas perceptible de sus dedos. Desde esa posición pudo notar cómo sus pezones se erizaban. Entonces colocó la mano sobre el abdomen de Kath y la pegó con brusquedad a su cuerpo. Una brisa fría recorrió la espina dorsal de Kath al sentir la dureza de su erección contra su espalda. Intentó apartarse, pero Michele la giró de inmediato y la presionó contra uno de los muros del probador. Ambos se sostuvieron la mirada. La cercanía era tal que compartían el mismo aire, uno que comenzaba a sofocar el reducido espacio. Michele inclinó el rostro hasta quedar frente a ella, su mano aferró con fuerza su cintura y, cuando sus labios estaban a punto de besarla, el sonoro impacto en su mejilla lo detuvo. Kath acababa de golpearlo.
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