PROLOGO
El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios, tiñendo el cielo de un anaranjado cálido que poco a poco se desvanecía en sombras. El campus universitario, normalmente vibrante y lleno de vida, se iba quedando en silencio, como si incluso las paredes susurraran secretos que solo el viento se atrevía a llevarse. A esa hora, todo parecía ralentizarse, como si el mundo entrara en una tregua momentánea con el caos cotidiano. Para algunos, el atardecer era un simple cambio de luz; para otros, era un recordatorio de la calma antes de la tormenta.
En algún rincón del campus, bajo la luz tenue de un farol, una figura solitaria caminaba despacio, dejando que sus pasos resonaran en el pavimento. Cada paso contaba una historia; una historia que no era fácil de descifrar, que se ocultaba tras miradas furtivas y palabras no dichas. Pero en ese silencio, en esa soledad elegida, había más fortaleza de la que muchos podían imaginar.
No muy lejos de allí, un grupo de estudiantes reía a carcajadas, ajenos a todo lo que no fuera su propio círculo. Entre ellos, un joven parecía participar de la alegría, aunque sus pensamientos estaban muy lejos de ese momento. Lo que los demás no sabían era que detrás de cada sonrisa suya, había una batalla interna que él mismo no terminaba de comprender. Y mientras intentaba encajar en un mundo que lo celebraba por razones que no sentía merecer, su mirada seguía, inconscientemente, una dirección diferente.
Había algo en el aire ese día, algo casi imperceptible, que anunciaba el cambio. Un cambio que ni las personas más intuitivas podían prever, pero que estaba allí, latente, esperando el momento adecuado para revelarse. Dos almas, aparentemente opuestas, cada una con sus propias luchas, estaban a punto de cruzarse de una manera que transformaría sus vidas para siempre. No sería un encuentro inmediato ni fácil, sino una serie de momentos, pequeños gestos y decisiones que, poco a poco, tejerían un lazo imposible de romper.
Porque el destino, siempre implacable, no entiende de circunstancias, ni de pasados oscuros, ni de corazones rotos. Solo entiende de encuentros que están destinados a suceder. Y cuando esos encuentros finalmente ocurren, traen consigo la tormenta y la calma, la duda y la certeza, el miedo y el amor. En ese cruce de emociones, los corazones son puestos a prueba, no por lo que ya saben, sino por lo que están a punto de descubrir el uno del otro y, más aún, de ellos mismos.
Habrá desafíos, promesas rotas, momentos de risa y lágrimas. Habrá amor, de ese que llega como un vendaval, sin avisar, desordenando todo a su paso. Y cuando ambos finalmente comprendan lo que el destino ha dispuesto para ellos, sabrán que, aunque la vida pueda ser cruel y la incertidumbre constante, hay algo que nunca podrán negar: la fuerza de un corazón que ha sido probado en las llamas de la adversidad.
Un corazón más fuerte no es aquel que ha sido protegido, sino aquel que ha aprendido a latir en medio del dolor, que ha encontrado su ritmo en la tormenta y que, a pesar de todo, sigue buscando el amor como su única salvación.