capítulo 11

1055 Palabras
El Miedo a Sentir Valeria observaba a lo lejos a Clara, con la sonrisa más amplia que había visto en mucho tiempo. Desde que comenzaron la universidad, los días para su amiga habían sido una lucha constante: entre sus propios miedos, su salud, y ese muro invisible que Adrián había levantado entre ellos. Un muro que, aunque Valeria no quisiera admitirlo, lastimaba más de lo que ayudaba. La música ya no sonaba y ambas descansaban en el banco, respirando agitadas después de bailar. Clara se veía más relajada, casi como si hubiera soltado una carga invisible. Valeria, sin embargo, seguía tensa, pues había notado algo que no podía dejar pasar: Adrián las había estado observando durante todo ese tiempo. Su mirada había estado fija en Clara, llena de una mezcla de emociones que ni siquiera él mismo podría haber identificado. Decidió que ya era suficiente. —Ahora vengo —dijo Valeria, dándole un pequeño golpecito en el brazo a Clara mientras se levantaba. —¿A dónde vas? —preguntó Clara, algo desconcertada. —Voy a... enfrentar a un fantasma —respondió Valeria con una sonrisa algo amarga, intentando disimular su enojo. Sin darle tiempo a preguntar más, Valeria se dirigió con paso firme hacia los pasillos del edificio donde Adrián acababa de entrar. Tenía una misión clara: proteger a Clara, como siempre lo había hecho. Y si eso significaba enfrentar a Adrián, lo haría sin dudarlo. Lo encontró caminando solo, con la cabeza baja, como si intentara desvanecerse en sus propios pensamientos. Valeria sabía que estaba lidiando con algo grande, pero no le importaba. Lo único que le importaba era que su mejor amiga no volviera a sufrir por él. —¡Adrián! —lo llamó, su voz resonando en el pasillo vacío. Él se detuvo en seco, sabiendo que no podía evitar lo que venía. Giró lentamente, encontrándose con los ojos fieros de Valeria. La conocía demasiado bien para saber que no sería una conversación fácil. —¿Qué quieres? —preguntó con un tono que intentaba sonar despreocupado, aunque por dentro sabía que no funcionaría. Valeria no se anduvo con rodeos. No tenía tiempo para juegos ni para medias palabras. —¿Qué estás haciendo, Adrián? —soltó, cruzando los brazos—. ¿Por qué sigues haciéndole esto a Clara? Él frunció el ceño, pero no respondió de inmediato. Sabía que Valeria siempre había sido directa, pero esta vez había una intensidad distinta en su voz. Una protección férrea hacia Clara que él entendía demasiado bien. —No sé de qué hablas —murmuró, aunque ambos sabían que era una mentira. Valeria dio un paso más cerca, sin intención de dejarle escapatoria. —No me vengas con eso, Adrián. La has estado ignorando, evitándola como si no la conocieras, como si nunca hubieras sido su amigo... o algo más —la última parte de su frase colgó en el aire, cargada de significado. Él apretó la mandíbula, desviando la mirada hacia el suelo, sintiendo cómo el peso de sus propias acciones comenzaba a aplastarlo. —Es mejor así —respondió finalmente, su voz tensa—. Es mejor para todos. Valeria soltó una carcajada amarga, sacudiendo la cabeza con incredulidad. —¿Mejor para todos? ¿En serio crees eso? ¿Mejor para Clara, que ha estado lidiando con tus silencios y tus miradas frías desde que empezó la universidad? —La voz de Valeria subió un poco de tono, mientras sus manos hacían gestos de frustración—. Sabes que ella lo siente, Adrián. Sabes que ella se pregunta qué hizo mal, que piensa que la estás castigando por algo que ni siquiera entiende. Adrián levantó la mirada, y por un momento, Valeria vio en sus ojos algo que no había esperado: dolor. Pero no un dolor hacia Clara, sino hacia él mismo. Un sufrimiento profundo que estaba enredado en su pecho, en sus pensamientos, en cada decisión que había tomado en los últimos meses. —No entiendes... —murmuró él, su voz apenas un susurro. —¡Entonces explícame! —Valeria lo interrumpió, dando un paso más cerca—. Porque lo que estoy viendo es que estás destruyendo a la única persona que siempre ha estado a tu lado, que te ha querido desde niños. Y todo porque... ¿qué? ¿Tienes miedo de sentir algo? Las palabras de Valeria golpearon a Adrián como una ráfaga de viento fría. El peso de lo que sentía por Clara siempre había sido algo que cargaba en silencio, algo que intentaba mantener bajo control. Pero ahora, bajo la mirada severa de Valeria, todo aquello que había enterrado durante años empezaba a salir a la superficie. —No quiero lastimarla —dijo Adrián finalmente, su voz quebrándose. Valeria lo miró con una mezcla de compasión y rabia. —Entonces deja de hacer lo que estás haciendo —respondió, su tono más suave, pero firme—. Porque, Adrián, lo que estás haciendo ahora... eso es lo que realmente la está lastimando. Adrián se quedó en silencio, sintiendo el peso de sus palabras como un nudo apretado en su pecho. Sabía que Valeria tenía razón. Cada vez que evitaba a Clara, cada vez que fingía que no existía, no solo la lastimaba a ella, sino también a sí mismo. Valeria dio un paso atrás, sacudiendo la cabeza con frustración. —Mira, no sé lo que te pasa, pero Clara no merece esto. Si no vas a ser sincero con ella, entonces aléjate por completo. No juegues con sus sentimientos, porque aunque tú no lo veas, ella sigue ahí, esperando... esperando algo que probablemente nunca va a llegar si sigues actuando como un idiota. Sin decir más, Valeria se dio media vuelta y se alejó, dejándolo solo en medio del pasillo. Adrián se quedó inmóvil, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su pecho, como si quisiera romper las barreras que había construido a su alrededor. Las palabras de Valeria resonaban en su mente, cada una más pesada que la anterior. Sabía que no podía seguir ignorando lo que sentía, ni a Clara. Pero también sabía que admitirlo, aceptarlo... era algo que lo aterrorizaba más de lo que estaba dispuesto a confesar. Y así, entre la confusión y el dolor, Adrián se quedó solo, enfrentando una verdad que ya no podía seguir ignorando.
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