Entre palabras no dichas
Valeria caminaba junto a Adrián, manteniendo una distancia prudente mientras se dirigían a un rincón apartado del campus. Aunque aceptó hablar con él, su mente no dejaba de pensar en Clara, en cómo estaría después de este encuentro. Adrián podía ser peligroso, no por malicia, sino por la confusión de sus propios sentimientos. Y Valeria lo sabía muy bien.
—Habla —dijo Valeria, cruzando los brazos con actitud defensiva, mientras se detenían bajo un árbol lejos de la cafetería.
Adrián la miró con el ceño fruncido, nervioso, como si estuviera buscando las palabras adecuadas pero sin encontrarlas.
—Mira, Valeria, yo… —comenzó, vacilante—. Yo no quiero hacerle daño a Clara. No fue mi intención… jamás pensé que las cosas llegarían hasta este punto.
Valeria soltó una risa amarga.
—¿Ah, no? Porque desde donde yo estoy, pareciera que lo has hecho de maravilla. Primero aceptas una apuesta idiota, luego la ignoras como si no valiera nada. ¿Y ahora vienes a disculparte? No me digas que te sientes culpable porque te ves demasiado tranquilo para eso.
Adrián bajó la cabeza, avergonzado. Sabía que Valeria tenía razón, pero algo dentro de él le impedía simplemente disculparse y dejar todo atrás. Las emociones que lo habían consumido durante años estaban ahora más presentes que nunca, y ver a Clara sonriendo con Valeria mientras él se consumía en sus propias decisiones, lo volvía loco.
—No es tan simple —murmuró, levantando la vista para enfrentar la mirada dura de Valeria—. No puedo… no puedo controlarlo.
—¿Controlar qué? —lo retó Valeria—. ¿El dolor que le has causado? Porque te aseguro que Clara tampoco puede controlarlo.
Adrián apretó los puños, frustrado, sintiendo cómo la rabia y la confusión se mezclaban en su interior. Sabía que lo que Valeria le decía era cierto, pero había algo más, algo que lo atormentaba cada vez que veía a Clara, algo que ni siquiera había admitido ante sí mismo.
—¡La amo, Valeria! —soltó de repente, casi sin darse cuenta de lo que había dicho.
El silencio que siguió fue abrumador. Valeria lo miró, sorprendida, pero rápidamente cambió su expresión a una mezcla de escepticismo y desconfianza.
—¿La amas? —repitió lentamente, como si no pudiera creer lo que había oído—. ¿Y por qué debería creer eso ahora? Después de todo lo que has hecho, ¿esperas que solo porque digas esas palabras mágicas, todo esté bien?
Adrián tragó saliva. No había esperado decirlo en voz alta, y mucho menos ante Valeria. Sabía que esas palabras no cambiarían nada, pero al menos eran la verdad. Lo había sabido desde que eran niños, pero el miedo, la culpa y la presión de sus amigos lo habían llevado por el camino equivocado.
—No espero que me creas, Valeria —admitió con un suspiro—. Solo… solo quiero que entiendas que no puedo seguir así. No puedo seguir ignorándola, y tampoco puedo seguir viviendo con esta culpa.
Valeria lo observó en silencio por unos segundos, como si estuviera evaluando cada palabra que salía de su boca. Finalmente, cruzó los brazos nuevamente, pero esta vez su mirada no era tan hostil.
—Mira, Adrián, Clara ha sufrido mucho, más de lo que te imaginas. Y aunque digas que la amas, eso no cambia lo que hiciste. No cambia la apuesta. No cambia el hecho de que has sido cobarde todo este tiempo.
Adrián asintió, sabiendo que no había nada que pudiera decir para defenderse de eso. Sabía que había sido un cobarde. Sabía que había arruinado algo hermoso, algo que había estado allí desde siempre entre él y Clara.
—Lo sé —admitió en voz baja—. Pero quiero arreglarlo. No sé cómo, pero haré lo que sea para demostrarle que lo que siento es real.
Valeria lo miró con cautela, pero había algo en su mirada que indicaba que, por primera vez, estaba considerando la posibilidad de que Adrián estuviera diciendo la verdad.
—Si de verdad la amas, Adrián —dijo con voz firme—, más te vale no volver a lastimarla. Porque si lo haces, te juro que no tendré piedad contigo.
Adrián asintió, reconociendo la amenaza en sus palabras, pero también el reto que implicaban. Sabía que no sería fácil, que tendría que demostrarle tanto a Valeria como a Clara que había cambiado, que estaba dispuesto a pelear por lo que siempre había querido.
—No la lastimaré, te lo prometo —dijo con determinación.
Valeria lo miró por unos segundos más, luego asintió brevemente.
—Más te vale, Adrián —repitió antes de girar sobre sus talones y regresar hacia donde estaba Clara.
Cuando Valeria regresó, Clara la miró con curiosidad, notando la tensión en su rostro.
—¿Todo bien? —preguntó, preocupada.
Valeria le sonrió de manera tranquilizadora, aunque en su interior estaba preocupada por lo que había escuchado. No podía contarle a Clara lo que Adrián le había dicho, no todavía. Sabía que su amiga aún estaba demasiado herida para escuchar las palabras "lo siento", y mucho menos "te amo" de alguien que la había ignorado tanto tiempo.
—Todo bien, Clarita —mintió Valeria, dándole un abrazo—. Vamos a casa, ¿sí?
Clara asintió, dejando que su amiga la guiara, sin notar la mirada preocupada que Valeria mantenía fija en el suelo.
Mientras caminaban hacia la salida del campus, una sensación de incertidumbre llenaba el aire. Las palabras de Adrián resonaban en la cabeza de Valeria, y aunque sabía que él intentaría acercarse de nuevo, no podía permitir que lo hiciera sin estar segura de que sus intenciones eran verdaderas.
No importaba cuántas veces Adrián dijera que la amaba; lo que importaba era lo que estaba dispuesto a hacer para demostrarlo.