PVO Emilian.
10 años atrás
—Un vestido, pero que sea adecuado, Roger; adviértele de eso. —Le indico a mi chófer—. Solo espero que Christine sepa entender y no compre uno pronunciado que muestre de más.
«Aún es muy joven y despistada», pienso, pero también es apropiada, ya que es estudiante de medicina. No una mujer revoltosa y de solo presencia como lo es su hermana.
A Sofía Carson la conocí en una de las tantas fiestas que frecuentamos hace algunos años. Al principio pensé que solo sería una noche de sexo y ya, pero no, ella sabía cómo saciar mi apetito s****l y su comportamiento sumiso terminó por convencerme.
Los años siguientes siempre le advertí que solo sería para divertirnos, para pasarla bien, y que ella era eso que necesitaba para quitarme el estrés de un mal día. A ella le encantó la idea. No había un nombre para lo nuestro, así que la relación prosiguió hasta que llegó la advertencia de mis padres; el abuelo había enfermado repentinamente y, al parecer, le quedaba poco tiempo de vida.
Sentar cabeza, formalizar y casarse con una mujer de respetable familia; Sofía encajaba perfecto para el juego.
Porque eso significaban esas palabras para mí: un juego.
¡¿Amar yo?! ¿Aferrarme a una sola mujer? Era el heredero de los prestigiosos Kingston, y no le pertenecía a nadie, menos a una mujer como ella.
Cuando le expliqué mi situación a Sofía, ella estaba encantada, ilusionada; podría jurar que hasta ya visualizaba las riquezas que le daría ser la señora Kingston. Pero, por supuesto, eso no estaba en mis planes. En mi juego, eso solo sería por un tiempo, hasta que el abuelo muriera y después, la disolución total. A Sofía no le agradó eso último, pero con una buena compensación y la promesa de seguir siendo amantes, aceptó el trato.
Pronto sería la boda; pero antes teníamos el compromiso para anunciar que los Carson y los Kingston se unirían en matrimonio.
Hasta que la conocí a ella, y todo cambió.
A Christine Carson.
Aún recuerdo el día que llegué a la casa de los Carson para recoger a Sofía y llevarla a la casa de planificación de bodas que ella había elegido —obligado por mi madre, por supuesto—; pero la muy ansiosa ya se había ido sin mí.
Decidí quedarme un rato, aprovechando que la sirvienta me avisó que no había nadie en la casa, lo cual era perfecto para mí en ese momento.
Compromiso, boda, esposa; ya estaba harto y llegando a un límite en el que el único medio de salir de esto era mandarlo todo al diablo.
Flashback
—¿Desea que le traiga algo de tomar, señor Kingston?
—No, gracias; solo deseo un poco de descanso, aire libre por todo esto del matrimonio, ya sabe. En unos minutos me voy, así que ignore mi presencia.
La sirvienta, de edad, asintió con una sonrisa y se fue. Me recosté en uno de los cómodos sofás con vista a la piscina y me relajé. Con el aire fresco, sin ruido, y algunos pajaritos cantando… ¿desde cuándo no tenía esta paz?
—Cuando no están las brujas, el aire que respiro es de paz.
Mmm, ¿quién dijo eso?
Giro la cabeza hacia la piscina y la imagen de una dama inmaculada aparece frente a mí. Quizás sea una sirvienta, está al borde de la piscina envuelta en una toalla, con lentes y un horrible moño en la cabeza.
—¡Carajo! ¡Está fría!
¿Y qué esperaba?
—Pero no importa; necesito nadar y probar mi teoría, y de paso relajarme un poco, aprovechando que las brujas no vuelven hasta la noche.
¿Las brujas? Supongo que se refiere a Sofía y a su madre; y la verdad, a veces también me lo parecen.
La dama, aún ignorando mi presencia, se retiró la toalla que cubría su cuerpo. Por un momento creí que vería una chica con ropa corta o un traje de baño anticuado, esa ropa que la gente usa hoy para ocultar defectos; pero no pude resistir cuando me mostró el cuerpo más perfecto que recuerdo.
Una piel luminosa, pecas que asomaban en su espalda, curvas que resaltaban a la vista y un trasero tan redondo, firme y abultado que me quedé embobado por unos segundos, antes de que la desconocida se lanzara a la piscina.
—Vaya, fría pero refrescante.
Pero aún mejor fue verla sin sus anteojos, con el cabello mojado pegado a la espalda. La imagen perfecta de una inocente que aprovecha la ausencia de sus jefes para disfrutar de la piscina.
Durante unos minutos me quedé ahí, disfrutando de la vista y de las risas de la mujer que me provocó una erección sin aviso, algo que solo supe controlar con mis manos; eso no me había pasado nunca. Ni siquiera con Sofía cuando se desnuda y mueve su cuerpo sensualmente. No, esta chica era la primera, y ahora no iba a parar hasta saber cómo sería saborear esa exótica piel.
De un momento a otro comencé a imaginarla desnuda; qué tan satisfactoria sería en la cama, que por la pureza de su rostro no debía pasar de los veinte.
Cerré los ojos y la imaginé en mis pensamientos más sucios: una desconocida, una simple sirvienta que había desatado un intenso deseo oscuro que solo se apagaría cuando la tuviera gimiendo mi nombre en mi cama.
—¡A-ayuda! ¡Ayuda!
Los gritos de la dama me sacaron de mis pensamientos. Cuando me levanté para buscarla, no la vi por ningún lado; hasta que noté un extraño burbujeo dentro de la piscina.
—Rayos, está todavía adentro —pensé de inmediato—. Sin quitarme la ropa, me lancé al agua. Ahí, cayendo lentamente más profundo, la encontré; la tomé entre mis brazos y la saqué fuera. Para mi mala suerte, ella estaba desmayada.
Recordé los primeros auxilios y, de inmediato, le di respiración boca a boca: no una vez, sino hasta tres. Entre esos intentos no pude evitar sentir la suavidad de su piel, la carnosidad de sus labios y esos pezones erectos que sobresalian de la tela delgada que la cubría.
—Sí, tengo que probarla —murmuré.
De pronto tosió con fuerza y el llamado de otra sirvienta me obligó a apartarme.
Pero solo sería por poco tiempo, más tarde descubrí que se llamaba Christine y no era sirvienta, sino la hija bastarda de Eloy Carson, lo que complicó todo. Mi cuerpo pedía a gritos probarla, al menos una vez, y lo intentaría; lo lograría de alguna manera. Más tarde el destino me daría una oportunidad, pero también me mostraría una realidad que me haría odiarla, algo que aún tengo muy presente, todavía.
Fin del flashback
—Señor Kingston, disculpe que lo moleste. —Mi secretaria entra y me entrega la lista de deberes del día.
Hace una semana había regresado de un viaje de negocios, donde por casualidad también había ido a parar Sofía.
Convencerla para que desistiera de casarse conmigo no fue difícil. Casarse conmigo tenía sus ventajas, así como obligaciones para con mi familia. Así surgió la idea de un heredero. Ella, por supuesto, se asustó ante lo que implicaba esa palabra y sus responsabilidades.
¿Sofía siendo madre?
No, eso no iba con ella. Sofía cuidaba de su cuerpo como si fuera un templo y también le gustaba criticar a las mujeres de la sociedad que eran madres. Era el pretexto perfecto, pero había que buscar un reemplazo —uno que tenía en mente desde que la vi en esa piscina.
Christine Carson, ella sería mi esposa, mi mujer, y a quien haría sufrir poco a poco. Aún no sabía cómo, pero ya se me ocurriría algo.
Agradecí a mi secretaria y me dediqué a trabajar lo que restaba de la tarde, hasta que la llamada de Sofía me enfureció.
—¡¿Qué dijiste?!
—¿Qué? ¿Qué tiene de malo, amor? —pasé una mano por la cabeza y respiré hondo—. Dijiste que podría ir a tu casa a vivir. No quiero enfrentar ahora a mis padres y escuchar el pliegue de reclamos que me harán amorcito; quizás mañana.
—Sofía, te advertí claramente que estoy casado, que debo cuidar mi reputación ahora más que nunca. ¿Y a ti se te ocurre ir a vivir a la casa donde también vive mi esposa?
Sonó rudo, pero estaba tan molesto que poco me importó.
—Oye, no me hables así, Emilian. Parecieras que estás molesto y te importara la desabrida de mi hermanita. —Su ironía me colmó—. Además, ha pasado un mes y quizás ya no esté en tu casa.
—Sofía…
—Descuida, solo dejaré unas compras que hice y saldré de la casa. Son compras que te gustarán, cielo. Nos vemos. —Me colgó. ¡La desgraciada me colgó!
A pesar de haberle advertido que nuestro romance debía mantenerse en estricto privado, lejos de los ojos de Christine y del mundo para proteger mi reputación, ella hizo lo que le vino en gana.
—Gloria, cancela todos mis pendientes del día. —Ordené y salí de la empresa con dirección a mi casa. Solo esperaba que Christine siguiera en la universidad y no se cruzara con Sofía, pero me equivoqué.
Al llegar, encontré a una Sofía destrozada, llorando, con el cabello despeinado, bolsas rotas y una mejilla roja.
Christine le había pegado, y debo admitir que eso me enfureció —no por Sofía, sino por la mirada que me dedicaba Christine. Era de odio, de recelo-ya debía saber que solo fue utilizada-y se suponía que ella no debía verme así, no después de varias semanas separados.
—Hablaremos cuando vuelva. —advertí molesto, pero sus palabras me detuvieron. Por un segundo lo pensé; pero ella no me daba órdenes, las órdenes las daba yo.
Con ese pensamiento, llevé a Sofía a una de mis propiedades, un lujoso y amplio apartamento que tenía todo lo que ella quería, y que la calmaría del desaire que había sufrido por desobediente.
—No puedo creer que esa desabrida me haya golpeado. ¡Dios, mi rostro! —gritó Sofía apenas se vió al espejo y con unos hielos que encontró en el frigobar logró calmarse—. Esto no se puede quedar así, Emilian; debes hacer algo.
Lo que me faltaba.
—Yo te lo advertí, Sofi, que no vinieras a mi casa; pero a tí te valió mierda mis advertencias. —Hace un puchero que cree me va a conquistar con eso.
—Pero tú dijiste que viviría ahí, que sería tu mujer; ella solo es un reemplazo por ser mi media hermana, Emilian.
—Te lo dije. —gruño, resistiendo las ganas de gritar—Pero no que fuera apenas regresaramos de viaje, Sofía. ¿Acaso no puedes pensar un poco?
—¿Qué? Pero…
—Ella ahora es mi esposa ante la sociedad, y ambos debemos tener cuidado de no ser descubiertos del porque fue un cambio de novia a última hora. ¡¿Acaso no lo has entendido?!.-Solloza pero la ignoro.-Ya mucho he oído de rumores de «La novia de último momento»; no quiero que ahora se diga que llevé a mi exprometida a vivir con mi esposa. ¿Quieres que ensucie mi apellido y que todo se vaya al carajo?
Sofía baja la cabeza y solloza. Dios, dame paciencia.
—Emilian, yo te amo. Soy tu mujer y merezco algo de ti.
—Ya te dije que me dieras tiempo, Sofía. Dentro de poco nos divorciaremos, pero es demasiado pronto; además, no te he dejado sin nada: tienes una tarjeta ilimitada para tus compras y este lugar te va perfecto. ¿Alguna otra queja?
Ella pasea con el hielo aún en la mejilla. El apartamento tiene una amplia sala, gimnasio, cine y piscina privada. No puede quejarse.
—Lo siento, mi amor, pero me hierve la sangre de que ella goce de los beneficios de ser tu esposa, cuando esa mujer debería ser yo. —Se acerca y envuelve sus brazos detrás de mi cuello.
—Eso ya lo hablamos, Sofía, y tú estuviste de acuerdo.
—Lo sé, pero…
Aparté sus manos, renuente a que me besara y empezara a insistir con tener sexo. Ya había tenido bastante de ella en ese viaje.
—Tienes razón, amor. Creo que estoy pensando demasiado. Tú no mirarías a esa desabrida por nada del mundo; no es de tu gusto. —Pero qué equivocada estás, pensé.
Miré mi reloj, había pasado ya un tiempo prudente para que ella se calmara y pudiéramos hablar al fin para poner algunas condiciones a este matrimonio.
—¿Te vas? ¿No vas a pasar la noche conmigo, Emilian?
—Lo siento, pero dejé cosas pendientes en el trabajo y es por tu culpa, Sofía. —repliqué en tono molesto—. Espero que te comportes a la altura de ahora en adelante, o tendré que tomar otras medidas, y no te van a gustar.
Antes de que pudiera protestar o decir alguna tontería más, salí del edificio y me dirigí a la casa que había comprado exclusivamente para mi falso matrimonio.
—Leonor, llama a la señora y dile que la espero en mi despacho. —Ordené apenas llegué a casa.
—Lo siento, señor, pero la señorita Christine salió.
—¿Cómo que salió? ¿A dónde?
—Bueno, no sé exactamente. Solo dijo que iría a una fiesta con sus amigas de la universidad por el fin de sus exámenes.
¿Fiesta, con amigos?
¡Me lleva el diablo!
Molesto, subí a su habitación buscando alguna pista entre sus objetos, cuadernos o apuntes, pero nada, no tenía ni puta idea de dónde podría estar.
Amigos, fiesta, excesos, sé lo que sigue. Ella es joven, hermosa y ahora que sabe que solo fue un reemplazo, temo que haga algo por despecho con algún hombre que puede excitarse con solo verla, y la idea me estaba matando en vida. Espera, ella no suele arreglarse, odia la ropa corta y atrevida. ¿Pero y si salió cambiada?
—No, no, tú vas a ser mía, Christine. No tienes derecho de mostrarle a otros lo que es mío; ¡nadie tiene más derecho sobre ti que yo!
Enfurecido salí en su búsqueda y, aunque me llevara toda la noche, no descansaría hasta encontrarla y hacerle entender por las malas que se había casado con un hombre celoso, un diablo posesivo que arrasaría la ciudad entera para encontrarla.