PVO Christine
10 años atrás.
Tenía el corazón acelerado y estuve a punto de decirle al taxista que regresara por donde vino, pero recordar que fui el conejillo de indias y la burla de esos desvergonzados me dió el valor para continuar. Además, no estaba haciendo nada malo. Era una fiesta a la que cualquier chica de mi edad iría, olvidando el detalle de que estoy casada con uno de los hombres más poderosos e influyentes de la sociedad y debía guardar las apariencias.
Emilian Kingston, eh. Él y Sofía eran tal para cual. Ambos mentirosos, falsos y aprovechadores. Ambos realmente se merecen.
—Si él prefirió irse con su amante, ¿yo por qué no puedo elegir ir a una fiesta con mis amigas?
Salí del taxi con la seguridad de que no estaba haciendo nada malo. Me acerqué al guardia que, al detenerme frente a él, me dedicó una mirada bastante sucia y asquerosa, la cual tuve que disimular para no lanzarle todos los insultos que se cruzaban por la cabeza.
El lugar era ruidoso, un poco oscuro y con un olor a alcohol y cigarro que me desagradó, supongo que la falta de costumbre estaba golpeando mi cabeza.
—¡Kelly! —llamé levantando la mano al reconocerla en medio de un box con las demás chicas—. Hola, disculpen la demora.
—¿Chris? ¡¿Eres tú?!
—Sí, ¿por qué? ¿Me veo tan mal? —Todas mis compañeras no dejaban verme y decirme lo bien que me había caído el cambio. Sin lentes, con el cabello revoloteando y un maquillaje resaltante, y ni decir de mi atuendo, sin duda era otra mujer.
—Después me tienes que pasar el número de tu cirujano, Chris, ese cuerpo tuyo no puede ser que lo hayas tenido siempre.
—Siempre lo tuve, Kelly —susurré mientras comenzaba otra ronda de bebidas—. Es solo que no me gusta destacar mucho. Vamos a ser doctoras, no modelos.
Kelly se echó a reír y yo, entusiasta por la emoción de mi primera fiesta, sin los ojos de los Carson encima y con el odio y resentimiento que le tenía a mi guapo y falso esposo, saqué su tarjeta negra de edición ilimitada.
Era su esposa y tenía derecho de gastar, ¿No?
—¡Chicas! ¡Esta noche invito yo! —Los gritos y silbidos fueron increíbles—. ¡Y que los hombres se vayan al diablo!
De nuevo, y por primera vez en mi vida, dejé de ser la sumisa e inhibida Christine Carson. Así como él tenía su amante para su diversión, yo… ¿por qué no?
Kelly, junto a otra compañera, salimos a bailar al centro de la pista y, por primera vez también, descubrí que me gustaba bailar y ser admirada por las personas, sobre todo por el sexo masculino, que desde que entré al bar no dejaban de mirarme embobados. Eso Kelly me lo repitió varias veces.
—Disculpen, ¿están solas, chicas? —Una voz suave, casi de bebé, se escuchó. Eran estudiantes de la facultad de Economía, que al igual que nosotras habían venido a celebrar el fin de exámenes.
—Estamos solas, muy solitas —soltó Kelly con esa sonrisa socarrona y alegre que había causado el alcohol.
—Entonces, ¿nos dejan invitarles las bebidas?
Una de las miradas, la del más guapo del grupo, se posó sobre mí. No dejaba de mirarme con una sonrisa lujuriosa mientras bailaba. No estaba borracha, pero mi juventud y hormonas alborotadas solo querían llamar la atención.
—¿Bailamos? —por fin se animó el que me gustaba. No es que fuera como Emilian, no se comparaba para nada con mi esposo, pero hoy solo quería olvidarlo y distraerme del engaño en el que había caído.
—Encantada.
El baile y la química con el galante joven fueron instantáneos. Ambos compartíamos gustos parecidos: éramos “pobres” y nos gustaba estudiar, para no depender de nadie.
—Eres increíble y hermosa, Christine.
Solté una risita por su halago y seguí moviendo mis caderas con sensualidad.
—No, hablo en serio, no te había notado. ¿Vienes con tus compañeras de Medicina siempre por aquí?
—Es mi primera vez. —Y quizás la última, cuando se entere mi esposo de que estaba manchando la reputación de su familia viniendo a un bar de baja categoría.
—Entonces, espero verte pronto, pequeña Chris. Este lugar es relajante, te hace olvidar tus problemas y el estrés de los estudios.
—Sí, ya lo siento. —Reí sin detenerme de bailar con estas botas altas, con la falda que cada vez se me subía más y con el top que dejaba a la vista mi cintura. Me había quitado el blazer; el calor que despedía mi cuerpo era incesante.
«Bendito alcohol» Pensé divertida.
Era tanta mi emoción que trastabillé en el resbaladizo piso donde alguien había dejado caer su copa, pero las manos fuertes de mi acompañante me sostuvieron como un príncipe galante. Yo debajo, él mirándome desde arriba. Su rostro muy cerca y sus ojos que no dejaban de mirar mis labios. Si no se apartaba, esto podía terminar en un beso y, por muy extraño que parezca, el rostro de Emilian fue el que apareció en mi cabeza.
¿Por qué? ¿Por qué él?
Mi acompañante se fue acercando poco a poco, yo cerré los ojos ante el inminente beso que nos daríamos, pero el ensordecedor ruido de un disparo, vidrios cayendo y gritos por todos lados nos apartó enseguida.
Las luces se mantuvieron encendidas, menos mal, pero nadie entendía lo que estaba pasando.
¿Una extorsión?
¿Una pelea de borrachos?
Pero nada estaba más alejado de la realidad. Ante mis ojos se mostró el diablo causante del disparo. Ahí, en medio de toda la gente corriendo.
No, no. ¡¿Por qué está aquí él?!
Era Emilian. Estaba agitado, ansioso, con el arma en alto, buscándome con la mirada, hasta que nuestros ojos se encontraron y sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones y deseaba que esto fuese una pesadilla.
Esos no eran sus ojos, ¿o sí?
—Viene hacia aquí, ¡ese apuesto loco viene hacia aquí! —gritó Kelly con una expresión entre excitada y ansiosa.
Yo lentamente retrocedí, asustada, casi temblando por la forma tan oscura en que me miraba mientras se acercaba.
—Así que aquí estás —susurró, pero logré oírlo al casi vaciarse la gente del bar.
—E-Emilian, yo… —Antes de que pudiera reaccionar, mi esposo tomó mi muñeca apretándola con una fuerza que me hizo gemir de dolor.
—¡Oye, déjala! —intentó defenderme mi compañero, pero eso solo enfureció a Emilian, que lo apuntó con el arma al rostro. Yo me quedé muda, impávida ante su salvaje comportamiento.
—¿Con qué derecho? —gruñó—. ¡¿Con qué puto derecho la tocas?!
Su grito fue tal que me erizó la piel y sentí que dispararía. Si él hacía eso, su reputación, su trabajo, todo, pero todo se iría al diablo.
“Es mi culpa”, susurró mi conciencia.
—Basta, Emilian, vámonos ya, por favor —supliqué, pero sus ojos oscuros y su agitación entrecortada y furiosa deseaban disparar—. Todo es mi culpa, mi culpa. No debí irme sin avisarte.
Sé que no tenía culpa. Él se había ido con su amante, y yo solo quería distraerme. Además, también estaba dolida por cómo me había utilizado.
—¡Emilian! —mi voz pareció llegar a él, pues bajó lentamente el arma, o eso pareció, cuando inexplicablemente, uno de sus puños dió directo al rostro de mi compañero de baile.
—¡Vuelves a acercarte a ella y te vuelo la cabeza maldito infeliz!
Ante esa advertencia brutal, y con el miedo rebosante de los demás, Emilian me sacó a la fuerza, casi a rastras sin importarle que todos lo vieran, y con ayuda de sus guardias me metió a su auto como un costal de papas.
Quise gritarle, decirle lo animal que era, pero el miedo me hizo callar. Emilian era el conductor y yo su copiloto; sus guardias solo mantuvieron su seguridad, o quizás fueron quienes lo ayudaron a encontrarme.
—Baja —gruñó con severidad apenas llegamos, mientras él lo hacía por su lado, yo me quedé estática. Abrió la puerta y su mirada penetrante fue suficiente para obedecerle.
—Emilian, ya basta de este show, ya no estamos en el bar.
Caminé por mi cuenta, a paso rápido, para evitar que me alcanzara y armara otro alboroto, pero no tenía idea de que había despertado al diablo, al demonio, y hacer que volviera a su infierno sería casi imposible.
—¿A dónde crees que vas? —su mano presionó mi brazo; me detuve por el dolor.
—Suéltame, ¿qué te pasa?
—Saliste —gruñó acercándose a mí—. Y yo te ordené que esperaras, pero a tí se te dió la gana de dejarme tirado.
Solté una carcajada sin importarme que me estaba quemando su toque.
—¿Y qué querías? ¿Que te esperara otro mes más mientras tú te ibas con tu amante a otra luna de miel?
—Fue una casualidad.
Volví a reírme.
—Claro, así como también fue una casualidad lo que ella dijo, que me usaron como su perfecto reemplazo.
Emilian estaba a punto de estallar. En verdad no entendía para nada a este hombre. ¡¿Por qué se molesta y me hace este escándalo?!
—Lo eres, lo supiste desde un principio, no entiendo por qué te arde.
—¡No! ¡Y si lo sabía! tú y ella son la pareja perfecta. Calculadores y mentirosos.—mi sarcasmo fue increíble—. Y no, no me duele, pero me jode que me utilices y a mí no me dejes hacer nada, Emilian. Es mi vida, ¡mía! Yo soy joven y quiero divertirme, tú viejo y… Sofía es perfecta para ti. —No sé por qué desvié la mirada en ese último comentario.
—No, chiquita, tu vida ya no es tuya. Eres mi esposa y sí, hay cosas que te estoy permitiendo porque a mí se me da la gana. ¿Y viejo? ¡Ja!
Su agarre fue más fuerte, me jaló, me hizo subir la escalera a pesar de que le pedí que me soltara.
Creo que le jodió que le dijera viejo.
—¿Emilian, qué vas a hacer? —pregunté con miedo al ver que no íbamos a su despacho, sino a su habitación.
—A enseñarte lo que este viejo puede hacerte esposita.
—¿Q-qué?
Apenas cruzamos el umbral de la puerta, Emilian me empujó contra la cama de forma brusca. Intenté levantarme y correr, pero su porte y la manera en que lanzaba su corbata, se desajustaba los botones y me mostraba su bien marcado pecho me detuvieron. La vista era espléndida, al menos del cuello para abajo, pero al volver a ver esos ojos y cómo me cubría con su cuerpo, me devolvieron a la realidad.
—¿Q-qué haces, Emilian? ¡No! —grité antes de cerrar los ojos y sentir sus labios en mi cuello. Un extraño estremecimiento recorrió mi cuerpo y quise gritar, pero lo que salió de mí fue un gemido placentero que no pude evitar—. E-Emi…
Antes de que pudiera empujarlo y llenarlo de insultos por lo que había hecho, sus labios se hundieron en los míos y los trató a su antojo. Grotesco, suave, un roce casi erótico y después, una mordida que me estremeció. No entendía el comportamiento de Emilian, pero menos me entendía yo porque me dejaba besar de esta manera tan posesiva.
—Eres mi esposa, no puedes salir vestida así y provocar a otros hombres. No puedes, Christine.
“Esposa”. Esa palabra retumbaba en mi cabeza como un eco ensordecedor, pero me hizo abrir los ojos. Yo debía ser su esposa perfecta, una que debía ir acorde con sus estúpidas reglas sociales. Y esto… solo era un castigo por haberlo desobedecido.
—Emilian, por favor, detente, detente —supliqué, pero él no parecía escuchar, menos entender lo que mis pequeñas manos intentaban hacer, que era apartarlo.
Y otro gemido escapó de mi boca al sentir sus dedos rozar mi entrada. Maldije por tener una falda.
—¿Querías divertirte? Yo te voy a dar diversión.
—N-no, por favor —volví a suplicar, pero mi voz más parecía dar un pase a continuar. Lo que sea que estaba haciendo ahí abajo no me dejaba pensar con claridad. Me gustaba, no lo voy a negar, pero a la vez tenía temor de a dónde conduciría después.
—¿Te gusta? Sé que sí, Christine. —Volví a gemir, no solo por el cosquilleo que se formaba ahí abajo, sino por la intensidad con que me miraba.
¿Porque lo hace?¿Porque me trata así? ¡¿Que mal le he hecho?!
Era mi primera vez, mi primer beso, mi primer orgasmo, y este hombre que poco o nada conocía me lo había robado.
—Te odio —solté, acompañado de una lágrima que caía lentamente por mi mejilla y que él miraba con una expresión de agobio y frustración.
Temía que siguiera, que me forzara a tener sexo con él, pero como si sintiera mi miedo, Emilian maldijo y se apartó de mí. Caminó hacia la puerta, se detuvo y, antes de que me diera cuenta, había salido azotándola con una furia que me hizo temblar.
Esa noche conocí el lado oscuro y retorcido de Emilian. Era un mujeriego que solo disfrutaba del sexo. Yo solo era un objeto de reemplazo, una cosa que debía estar a su lado y mostrarse feliz frente a la sociedad. Por primera vez lo entendí, pero había algo de dolor en mi pecho por mis palabras y también, por primera vez, entendí que debería volver a ser la sumisa niña que vivía con los Carson. Si hacía enojar a Emilian, no creo que tuviera tanta suerte como ahora.
—Pero solo será hasta que seas independiente, Chris. Solo sigue, no lo hagas enojar, y pronto te librarás de él.
Susurré mientras me hacía un ovillo en su cama y sollozaba, pero mi futuro sería un poco diferente.
Un sentimiento nuevo, y un embarazo inesperado, torcieron un poco las cosas, a su favor.