Horas antes Arabella se quedó en la cochera, quieta, mirando cómo la camioneta se perdía por el portón. El aire frío le golpeó la cara. El polvo que levantaron las ruedas tardó en asentarse; le ardió en los ojos. Sintió el mal presentimiento como un peso en el estómago. —Adentro —dijo sin levantar la voz—. Cierren con llave. Anabella y Tasya obedecieron. Cruzaron el umbral hacia el pasillo interno, y Arabella echó el pestillo de la puerta de la cochera. Probó la manija dos veces. Asegurada. Subieron el cerrojo de hierro y el barrote. El sonido hueco del metal la tranquilizó solo un segundo. —Arriba las rejas del corredor —ordenó. Dos guardias las deslizaron y calzaron con pasadores. El eco retumbó en la galería. Pasaron cinco minutos. Primero fue un temblor leve en el suelo. Luego s

