La carretera se abrió durante kilómetros sin interrupción. Renato conducía. Mantenía las dos manos en el volante, la espalda recta, la vista fija. No hablaba. En el asiento del copiloto, Vladimir llevaba el móvil en la mano y miraba al frente sin pestañear. Detrás, Amarí revisaba la corredera del arma por costumbre. Terzo iba con el torso levemente inclinado hacia adelante, atento a cada movimiento en la ruta. Salieron de la autopista y tomaron la vía industrial. Llevaban más de cuarenta minutos sin una palabra. Afuera no había tráfico. Dentro solo sonaban el motor y la respiración de los hombres. —Faltan cinco —dijo Renato, sin apartar la vista. Vladimir asintió una vez. No respondió. La bodega apareció al fondo, detrás de un cerco de metal. Era uno de los lugares que Amarí había des

