El sol de media tarde se colaba entre las cortinas pesadas de la habitación. Vladimir estaba sentado en la silla de ruedas, frente a la ventana abierta. Tenía un vaso de whisky en la mano, el hielo derritiéndose con lentitud. Sus ojos ámbar, todavía intensos a pesar de la debilidad física, se mantenían fijos en el exterior. Afuera, Amari entrenaba a Anabella. La muchacha daba golpes contundentes cada vez más firmes, bajo las órdenes severas del moreno. El sudor brillaba en su frente, y la tensión de los movimientos dibujaba un contraste con la calma oscura de Vladimir al observarlos. No decía nada. Solo bebía en silencio, con la mandíbula apretada. La puerta se abrió despacio. Arabella entró con una bandeja entre las manos. El olor de la sopa llenó el cuarto. Sus pasos eran firmes, aunqu

