El dolor explotó en Tasya como un martillo que no sabía cuando cesar. Primero fue una punzada baja, después un fuego que le recorrió la espalda y se instaló en el vientre. El sudor frío le perló la frente; la camisa se le pegó a la piel. Notó el corazón subiéndole a la garganta, latiendo acelerado, como si quisiera escapar por la boca. Intentó respirar por la nariz y sostener el aire, que el mundo no se moviera, que nadie la viera así: vulnerable, herida. Algo caliente corrió por su pierna. Un calor húmedo, inesperado y despiadado. Rompió fuente. El ruido fue sordo, casi íntimo en ese hueco de metal. La humedad se extendió, empapando el suelo y tiñendo de rojo la alfombra. Tasya dejó escapar un gemido ahogado, las manos aferradas al borde de la mesa, las rodillas flaqueando. Quiso levanta

