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1849 Palabras
Visiones Mientras Riku sostenía a Constance entre sus brazos, sintiendo cómo su respiración finalmente se estabilizaba cerró los ojos para entrar en meditación. Necesitaba calmarse y volver a centrarse para cumplir su misión y sacar a la guía de ahí. Poco a poco relajó su cuerpo y mente, una sensación que él conocía bien para lograr el estado que quería. Pero, a diferencia de la calma y serenidad, todo a su alrededor se desvaneció y lo siguiente que vio no fue la habitación en el que se encontraban, sino una oscuridad abrumadora. El frío se apoderó de su piel, un frío que no venía del exterior, sino que parecía emanar de una profunda tristeza y soledad. Pudo ver a Constance, ahora una niña pequeña. Riku observaba un pasado que ella había guardado con tanto recelo. Tenía alrededor de seis años, su cuerpo frágil y sucio, temblando de miedo y frío. Estaba encerrada en una caja de madera, pequeña y claustrofóbica. La tapa apenas permitía entrar un hilo de luz. Podía escuchar los sonidos apagados del mundo exterior, las risas crueles de los otros niños, el silencio de los adultos que no intervenían. Estaba castigada por algo que no entendía completamente, pero que en su corazón sabía que había sido lo correcto. Había defendido a otra niña, una niña más débil, del maltrato de los más grandes. La paga por su valentía había sido esta caja, un espacio tan estrecho que apenas podía moverse. El frío le calaba los huesos, las uñas lastimadas por tratar de levantar la tapa de madera sin éxito. El aire viciado dentro de la caja se hacía cada vez más pesado, y sentía como si no pudiera respirar. El sonido de su propia respiración rápida y temblorosa resonaba en sus oídos. El dolor en su pequeño cuerpo, el miedo en su corazón… era casi insoportable. Y la peor parte no era la oscuridad, ni el encierro, sino el silencio. Nadie iba a sacarla. Nadie iba a salvarla. Estaba sola. Riku sintió su propio corazón romperse al experimentar cada uno de los golpes emocionales y físicos que esa pequeña niña había soportado. Las imágenes cambiaron y vio el orfanato en el que Constance había crecido. Un lugar frío, lúgubre y descuidado, donde los niños eran tratados como poco más que un estorbo. Los dormitorios eran estrechos, con literas oxidadas y mantas raídas que no brindaban protección contra el frío nocturno. El techo goteaba cuando llovía y las ventanas apenas mantenían el viento fuera. Las paredes estaban cubiertas de moho y el olor a humedad y abandono impregnaba todo el lugar. ¿La nación del amor, conocida por su refinamiento y adoración a la belleza tenía lugares como esos? Parecían casi congelados en el tiempo, siglos atrás. Constance caminaba sola, siempre sola. Los otros niños la evitaban, quizás porque sabían que ella siempre defendería a los más débiles, lo que la convertía en un objetivo. Sus compañeros la miraban con recelo, e incluso los adultos parecían haber decidido que era más fácil ignorarla que tratar de entenderla. Pasaba las noches abrazada a sí misma, buscando una calidez que nunca llegaba, escondida bajo una manta que apenas cubría su cuerpo. Las lágrimas, silenciosas, eran su única compañía. El orfanato no era un refugio; era una prisión para los que habían sido olvidados por el mundo. Allí no había amor, no había compasión. Solo sobrevivencia. Y Constance había aprendido desde una edad temprana a endurecer su corazón para no romperse del todo. Riku observaba con creciente horror, sintiendo en carne propia el dolor emocional de su compañera, cada día de soledad y frío que había soportado. Muy parecido a su propia infancia en su aldea donde sufrió los abusos de su padre y el rechazo de los aldeanos cuando sus habilidades despertaron. Nunca lo había sabido. No se detallaba en su legajo cuando se le entregó para la misión. Nunca había imaginado que Constance, siempre tan fuerte y controlada, había crecido en un ambiente tan cruel. Cada visión era como un golpe directo a su corazón, y no podía apartar la mirada. Su mente estaba conectada a la de ella, recorriendo cada rincón oscuro de su pasado, experimentando el abandono, la desesperanza. Quería gritar, sacar a esa niña de la caja, abrazarla y prometerle que todo estaría bien. Pero era solo un espectador, impotente ante lo que ya había ocurrido. Sentía la desesperación de esa pequeña Constance, su deseo de ser vista, de ser amada, de ser protegida. Pero nadie vino. Nadie vino jamás. Las imágenes comenzaron a desvanecerse y Riku volvió al presente, jadeando por el esfuerzo emocional. Estaba de nuevo en la habitación, con Constance aún dormida en sus brazos, con la respiración tranquila. Pero él no podía calmarse. El conocimiento de todo lo que había visto lo asfixiaba. Miró a la guía, a esa mujer fuerte y valiente y sintió que todo dentro de él se desgarraba. No sabía cómo había logrado sobrevivir a tanta crueldad, cómo había mantenido su humanidad intacta a pesar del abandono. Su corazón se llenó de una mezcla de amor y tristeza tan intensa que apenas podía soportarlo. Cuando Riku pensó que había salido del trance, una nueva oleada lo golpeó, mucho más violenta que antes. La visión del pasado de Constance se desvaneció y en su lugar fue arrastrado hacia un futuro oscuro, sombrío. Su entorno cambió abruptamente. La habitación desapareció y en su lugar, se encontró en un campo de batalla, rodeado por el olor a muerte y desesperación. Cuerpos yacían esparcidos a lo largo del suelo, tanto de soldados Norms como de metahumanos. El aire estaba cargado de humo, polvo y el penetrante hedor metálico de la sangre derramada. El caos era absoluto, pero lo que más le impactó fueron las figuras que vio frente a él. Allí estaban Seth, Noah, Zack, Jasper, John, todos sus amigos, todos los que habían luchado a su lado innumerables veces. Pero esta vez no eran los poderosos guerreros que conocía. Estaban de rodillas, atados con extraños sistemas de sujeción que brillaban con una luz antinatural. Esas sujeciones parecían anular por completo sus habilidades, los mantenían prisioneros, impotentes. Ninguno podía moverse. Ninguno podía defenderse. Y cuando giró para ver a su espalda, hacia lo que ellos observaban en total tensión, de pie, vio Norms vestidos como soldados de elite. Eran los verdugos, pero no de los metahumanos. No, eso habría sido una muerte rápida, tal vez incluso misericordiosa. En lugar de eso, estaban obligando a los metahumanos a presenciar la ejecución de sus esposos, sus compañeros vinculados, aquellos con los que compartían un lazo que iba más allá de lo físico. Riku sintió el horror en sus venas cuando los gritos desgarradores comenzaron. Los compañeros de sus amigos fueron arrastrados uno por uno, mientras los captores encapuchados blandían sus armas, preparados para la ejecución. Cada muerte, cada disparo, cada golpe, resonaba como un martillo en el vínculo psíquico de sus amigos. El dolor que sentían era insoportable, mucho más fuerte que cualquier herida física. La pérdida de un compañero vinculado era una agonía que consumía el alma. Vio caer a Rin, a Ezra, a Victoria y a cada compañero, provocando sólo sufrimiento desgarrador. Los gritos de sus amigos llenaron el aire. Seth intentaba inútilmente romper sus ataduras, la rabia y el dolor visibles en su rostro mientras veía a sus amigos caer muertos a sus pies. Noah, siempre fuerte y sereno, gritaba con una furia y desesperación que Riku nunca había escuchado antes, su voz quebrándose a medida que el vínculo con su esposa se rompía. Jasper y John parecían petrificados, sus rostros desfigurados por el horror mientras sus compañeros eran asesinados uno tras otro. Zack, quien siempre había sido un pilar de fuerza para los demás, se desplomó en el suelo gritando, incapaz de soportar la tormenta emocional que lo estaba destrozando desde dentro. El dolor psíquico los desgarraba, los estaba destruyendo. Los lazos que los mantenían unidos con sus compañeros eran cortados de la manera más cruel posible y los gritos que venían de sus almas resonaban en el aire como ecos de muerte. Entonces, Riku vio a Anthea, la G3 y líder de la comunidad meta humana, al frente, luchando desesperadamente por mantener una barrera que los protegiera. Sus manos estaban extendidas, sudor y lágrimas cubrían su rostro mientras canalizaba lo que quedaba de su energía en un último intento por salvar a los suyos. Pero el esfuerzo la estaba consumiendo. Sus fuerzas menguaban y el precio que estaba pagando era evidente. De repente, uno de los hombres encapuchados se acercó a Su quien abrazaba con todas sus fuerzas a una niña pequeña, de apenas dos años. El grito que salió de Anthea cuando ese hombre los mató resonó en todo el campo de batalla, como un relámpago que partía el cielo. La barrera que había mantenido con tanto esfuerzo se desmoronó en ese instante, quebrada por el dolor desgarrador que la envolvía. Su mente, su espíritu, no pudo resistir. Y Seth, su compañero, atravesado por el dolor compartido hizo estallar sus habilidades. Ese fue el detonante. El terror se desató. Uno por uno, los metahumanos comenzaron a perder el control. Sus poderes, aquellos que normalmente eran una extensión de su ser, se desbordaron en una explosión de caos. Riku pudo sentir la onda expansiva de la energía descontrolada de Anthea y los otros, que resonaba a través del campo de batalla. La rabia y el dolor de ver morir a sus compañeros no los dejó otra opción más que ceder a sus habilidades. Y cuando un meta humano pierde el control, el resultado es devastador, sobre todo con el poder de los que estaban reunidos en el lugar. La energía psíquica se extendió como un tsunami, arrasando con todo a su paso. Los captores encapuchados, los soldados humanos, fueron barridos por la furia incontrolable de los metahumanos, pero no había consuelo en eso. La devastación no se detenía. No podía detenerse. La ira alimentada por la desesperación, el dolor de perder a sus compañeros, llevó a que sus habilidades se amplificaran hasta el punto en que ni siquiera ellos mismos podían controlarlas. La tierra tembló, el cielo se oscureció y en cuestión de minutos, el campo de batalla se transformó en una catástrofe apocalíptica. Las explosiones, el fuego, las ráfagas de energía psíquica y los poderes desbocados cubrieron el mundo, destruyendo todo a su paso. Humanos y metahumanos, todos fueron arrasados. Riku lo vio todo, sintió todo. La devastación del mundo. El fin de todo. Y luego, la visión se desvaneció, dejándolo solo en un espacio blanco, temblando cubierto de sudor cuando una silueta a lo lejos se acercó a él hasta que fue visible. Era Anthea. - Anthea. - jadeó, levantándose, pero la joven le hizo un gesto para que se detuviera. - No tengo mucho tiempo. Esto consume mucha de mi energía... - le dijo - Sólo quería explicar... - Pero... - comenzó a decir el esper. - Lo que acabas de ver es el futuro...- sentenció la joven Y el mundo de Riku se desplomó.
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