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La Reyna del infierno

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venganza
oscuro
arrogante
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Descripción

La noche en que Carolina perdió a su familia, también perdió la vida que conocía.

Lo que parecía un simple ajuste de cuentas escondía algo mucho más grande: una red de poder, silencio y violencia donde las personas desaparecen antes de descubrir la verdad.

Sola, rota y perseguida por hombres que querían verla muerta, Carolina es llevada a una instalación secreta dirigida por un hombre conocido únicamente como el Soberano. Frío, calculador y marcado por un pasado brutal, él le muestra una realidad donde sobrevivir no depende de ser buena… sino de aprender a soportar el dolor antes de que el mundo te destruya.

Entre entrenamientos extremos, armas, traiciones y secretos, Carolina comienza a cambiar. Ya no es la chica universitaria que lloraba frente a los restos de su hogar. Poco a poco se convierte en alguien más peligrosa. Más fría. Más capaz de mirar a los ojos al miedo sin retroceder.

En medio de ese nuevo mundo aparecen Isabella y Valentina, dos chicas tan rotas como ella. Juntas forman una alianza inesperada: El Cartel de las Beybys.

Carolina, “La Reyna del Infierno”.

Valentina, “La Diabla”.

Isabella, “La Demonia”.

Pero en un lugar donde nadie confía en nadie, incluso la amistad puede convertirse en una amenaza.

Mientras Carolina intenta descubrir quién ordenó la muerte de su familia, empieza a entender algo aterrador: la verdad está dividida, y el enemigo real quizá siempre estuvo más cerca de lo que imagina.

Porque en este mundo no sobreviven los inocentes.

Sobreviven los que aprenden a gobernar su propio infierno.

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La noche en que todo se rompió
Yo no sabía que ese día iba a ser el último en que mi vida se sintiera normal. No perfecta. No feliz. Pero normal. Salí de la universidad tarde. La tarde ya estaba fría y el cielo gris. Quería llegar a casa. Contarle a mi mamá que había pasado el semestre. Ver a mis hermanos pelear por el control remoto como siempre. Cosas pequeñas. Cosas que uno no valora hasta que desaparecen. La calle estaba silenciosa. Demasiado silenciosa para esa hora. No le di importancia. Solo quería llegar. Subir las escaleras de la casa. Sentir el olor a café de mi mamá. Vivíamos en un barrio popular. Casas pegadas, escaleras por todos lados, ropa tendida en los balcones. Mi mamá siempre decía que desde arriba se veía toda la ciudad. Cuando abrí la puerta, el aire cambió. Estaba frío. Pesado. Olía a humedad... y a algo metálico. Un silencio que pesa. Un silencio que te dice "corre" antes de que entiendas por qué. —¿Mamá? —llamé. Mi voz rebotó y volvió vacía. Nada. Ni el "ya voy, hija" de siempre. Ni la radio de las novelas. Entré. La sala estaba igual. Pero algo estaba mal. Una silla movida. Una taza rota en el piso. El televisor apagado demasiado temprano. Y ese olor. Metálico. Dulce. Podrido. El cuerpo lo reconoce antes que la mente. Ese olor es sangre. Mi corazón golpeó más fuerte. —¿Mamá? Temblaba tanto que la llave se me cayó dos veces. Caminé al pasillo. El piso de baldosa estaba helado bajo mis pies. Cada paso sonaba como un disparo. Primero la vi a ella. Tirada en el cuarto. Cubierta con una sábana blanca que ya no era blanca. Inmóvil. Mi mente se negó. _No puede ser. Mi mamá no se queda quieta. Mi mamá siempre está barriendo, cocinando, regañando, cantando bajito mientras dobla la ropa._ Ella era movimiento. Ella era ruido en la casa. Ella era la que se levantaba a las 5am para vender arepas en la esquina. Verla así... quieta... era como ver el mundo al revés. Di un paso. El piso crujió. Otro paso. Levanté la manta. Su cara estaba ahí. Ojos abiertos, fijos en el techo. Piel gris. Fría. Las manos que me peinaban antes de ir al colegio. Las manos que amasaban la masa a las 4 de la mañana. Ahora heladas. Inmóviles. —No... no... no... No era yo hablando. Era otra Carolina. Una que no sabía llorar todavía. El aire no me entraba a los pulmones. Corrí al otro cuarto. Empujé la puerta con el hombro. Luego al siguiente. Mis hermanos también estaban ahí. Luis, 14 años, con su camiseta de fútbol todavía puesta. La del equipo que él amaba. Siempre dormía con ella puesta. Él quería ser futbolista. Se la pasaba pateando una pelota de trapo en la cancha del barrio. "Cuando sea grande, Caro, te saco de aquí", me decía. "Te compro una casa grande sin escaleras pa' que no te canses". Siempre llegaba con las rodillas raspadas y la sonrisa más grande del mundo. Mi hermano menor. Mi defensor. Ana, 9 años, abrazando su muñeca de trapo. La que mi mamá le hizo con retazos de tela. Siempre la llevaba a todas partes. También cubiertos. También silenciosos. Demasiado silenciosos para ser niños. No lloré. No podía. Primero el cuerpo niega. Hasta que vi la pared del pasillo. Amarilla. La que mi mamá pintó hace dos meses porque "trae luz a esta casa tan fría". Escrito con algo rojo que goteaba hasta el piso. Letra grande. Fría. Burlona. “LA CUENTA ESTÁ SALDADA.” Ahí sí se me cayó el mundo. Me tiré de rodillas. Sin fuerza. Sin voz. Sin aire. La frente pegada a la baldosa fría de la casa donde crecí. No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que llegaron las luces de la policía. Azules y rojas. Pintando las paredes amarillas de mi casa. Entraron como si ya lo supieran todo. —¿Qué pasó aquí? —pregunté. Mi voz no era mía. Uno anotaba en un cuaderno. Sin mirarme. —Ajuste de cuentas. —¿Qué están diciendo? —grité, agarrándole la camisa—. ¡Esa es mi familia! ¡Mi mamá vendía arepas en la esquina desde las 5am! ¡Mi hermano quería ser futbolista! ¡Soñaba con jugar en un estadio grande! ¡Mi hermanita tenía 9 años! No respondió. Otro policía habló, seco, como rutina: —Narcotráfico. Se metieron con la gente equivocada. Las rodillas se me volvieron agua. _Mi familia no tiene nada que ver..._ Pero nadie escuchaba. Solo cintas amarillas. Flashes de cámaras. Papeles. Silencio. Me dejaron verlos una última vez. Detrás de un plástico. Mi mamá. Mis hermanos. Ya no eran ellos. Eran números. Eran evidencia. Ahí entendí que no había nada que arreglar. Ningún "perdón mami" los iba a devolver. Salí sin zapatos. Sin bolso. Sin nombre. Solo caminé bajando las escaleras de la loma. La ciudad seguía viva. La gente reía. Los buses pitaban. Como si mi mundo no se hubiera acabado hace diez minutos. Me senté en un parque. El banco de concreto estaba duro y frío. Y entendí algo terrible: Ya no tenía nada. Ni casa. Ni futuro. Ni rumbo. Solo vacío. Un hueco en el pecho. El viento me pegaba en la cara. Pero ya nada importaba. Hasta que un carro n***o se detuvo frente a mí. Sin ruido. Sin prisa. La ventana estaba oscura. Imposible de ver. Pero sentí algo desde adentro. No ayuda. No salvación. Interés. Como cuando un depredador te mide antes de atacar. La ventana bajó un poco. Vi unos ojos negros, fríos, fijos en mí. Y supe que algo dentro de mí se acababa de romper... Para siempre. Y algo peor estaba a punto de nacer.

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