INOCENCIA
—"Alex, no puedes escapar… Si se dan cuenta, será peor."
—"Tranquila, Milu. Lo peor que puede pasar es que me atrapen otra vez."
Así comienza mi historia. Tenía solo ocho años cuando mi madrastra me entregó a un hombre poderoso . Como aún era una niña, no podía cumplir sus expectativas, así que me pusieron a hacer trabajos domésticos: lavar, limpiar, ayudar en lo que fuera necesario. Pero yo sabía que, en cuanto creciera, mi destino cambiaría y sería obligada a algo peor.
Milú, era la única persona que me protegía en ese infierno de bar. Tenía tres años más que yo y prácticamente se convirtió en la hermana mayor que nunca tuve. Ella ya estaba atrapada en esta vida cuando llegué, su apariencia la había condenado. Yo, en cambio, no encajaba en los estándares que buscaban, y según el dueño del lugar, debía cambiar para "atraer más interés". Pero no pensaba esperar a que eso pasara.
Vivíamos entre maltratos, miedo y desesperación. Veíamos cómo algunas chicas desaparecían de un día para otro. Nos decían que las habían trasladado a otro sitio, pero todas sabíamos la verdad: algo terrible les había sucedido. Así funcionaba este mundo.
Para sobrellevarlo, Milú comenzó a consumir sustancias que, según ella, la ayudaban a desconectarse de la realidad. Decía que era la única forma de soportarlo. Pero yo no quería terminar como ella ni como las demás. Yo quería salir de ahí. Y estaba dispuesta a arriesgarlo todo por mi libertad.
Yo sabía, o al menos quería creer, que mi papá y mis dos hermanos me estaban buscando en algún lugar. Era la única esperanza a la que me aferraba. Sin embargo, en el fondo conocía la verdad… Mi madrastra seguramente le había dicho algo a mi padre para que no me buscara. Pero yo no iba a terminar mi vida aquí.
Tengo 14 años y hace un mes mi cuerpo comenzó a cambiar. Aun así, no encajo en los estándares que esperan aquí. Aunque muchas veces pasé hambre, sigo siendo rellenita, no tengo las curvas de las otras chicas. Pero eso no parecía importar. Escuché al dueño hablar mientras limpiaba… Decía que, tarde o temprano, alguien estaría interesado en mí y que podría hacer negocio con mi inocencia.
No iba a esperar a que eso pasara. Así que planeé mi escape. Milú se negó a venir conmigo. Dijo que era para "cuidarme la espalda", pero yo sabía la verdad… Si algo me pasaba, ella quería estar ahí para ayudarme.
Ser parte del personal de limpieza tenía sus ventajas: podía moverme por todo el lugar sin levantar sospechas. Sabía exactamente cómo salir. Cuando finalmente lo intenté, todo iba bien… hasta que me crucé con el dueño. Me tomó por el brazo y me arrastró hasta una habitación. Me dejó sola, con la puerta cerrada.
Diez minutos después, entró un hombre. Su aspecto era repulsivo, su mirada oscura y hambrienta. En ese instante supe la verdad: el dueño había logrado venderme.
Intenté correr, pero el hombre sacó un arma. Por un segundo, deseé que disparara, que todo terminara antes de enfrentar lo que venía. Pero en lugar de eso, me golpeó con la culata, haciéndome caer aturdida. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando dos hombres más entraron y me sujetaron con fuerza.
Me ataron de manos y pies.
Y en ese momento supe que mi peor pesadilla estaba a punto de hacerse realidad.
Pensé que tenía más tiempo. Pensé que podría haber escapado. Pero fui una tonta.
Desde afuera, escuché un grito desgarrador.
—¡TÓMAME A MÍ EN SU LUGAR, NO LA TOQUEN! —Era Milú. Su desesperación se notaba en su voz.
Una lágrima rodó por mi mejilla cuando ese hombre se acercó y, con un cuchillo, rasgó mi ropa. Mi cuerpo comenzó a temblar. Me sentía violada con solo su mirada.
Se subió a la cama, y sin previo aviso, se hundió dentro de mí. Un grito de dolor escapó de mis labios. Me estaba desgarrando. No porque él fuera grande… No. Era pequeño, pero yo estaba completamente seca. Era virgen.
Intenté contener mis gritos, pero el maldito disfrutaba mi sufrimiento. Me golpeaba solo para que gritara más fuerte. Me dejó mordidas, cortes y moretones por todo el cuerpo. Y con un último golpe, la oscuridad me envolvió.
Cuando desperté, estaba en la cama de Milú. Ella lloraba mientras me susurraba que el dolor era momentáneo…
Pero yo sabía que nada volvería a ser igual.
Desde aquel día, el dueño comenzó a ponerme con más hombres. Perdí la cuenta de cuántas veces me llevaron a esas habitaciones oscuras, con paredes impregnadas de miedo y desesperación. Dejé de llorar. Dejé de resistirme. Solo cerraba los ojos y esperaba que terminara.
Con el tiempo, noté que mi cuerpo empezaba a cambiar. Mis curvas se acentuaban, mi piel se veía distinta. No sabía si era por las hormonas de los anticonceptivos que nos obligaban a tomar o si simplemente mi cuerpo había entendido que ya no era una niña. Que debía adaptarse para sobrevivir.
Milú siempre me ofrecía de lo que consumía. Decía que un poco de polvo blanco o unas cuantas pastillas harían todo más fácil, que me ayudarían a desconectarme como lo hacían con ella. Pero yo me negaba. Mi cuerpo ya estaba lo suficientemente dañado como para que yo misma lo destruyera aún más.
Cada noche era un infierno distinto, con un rostro nuevo, con un par de manos distintas recorriendo mi piel. Aprendí a no mirar a los ojos, a no reaccionar, a convertirme en un cascarón vacío. Pero, por dentro, mi odio crecía. Y con él, mi deseo de salir de ahí.