Dante no le dio opción. La tomó por la cintura con facilidad, como si no pesara nada, y la levantó en sus brazos. Alex jadeó, aferrándose a sus hombros mientras él la llevaba por el pasillo con pasos firmes, sin inmutarse por los gemidos que aún resonaban en la casa. Cuando la puerta de su habitación se cerró con un chasquido, Alex sintió su pulso dispararse. Dante la dejó caer sobre la cama con un movimiento calculado, sus ojos oscuros recorriéndola con posesión. Luego, con la misma calma letal de siempre, llevó las manos a su camisa y comenzó a desabotonarla. —Desnúdate —ordenó, su voz grave y rasposa en la penumbra de la habitación. Alex tragó saliva, pero no movió un solo músculo. Porque en cuanto la tela cayó de sus hombros y reveló su piel dorada, dura como mármol, no pudo hace

