BIANCA
Antes de darme cuenta de lo que estaba sucediendo, él me besó. En ese instante, fue como si una fuerza incontrolable me arrastrara. Intenté resistirme, pero fue inútil; mis labios se movieron en contra de mi voluntad, como si hubiera una atracción magnética entre nosotros.
El beso era intenso, un fuego que despertaba lo peor de mí. A medida que nuestras bocas se encontraban, sentí que mi hambre de tenerlo, de poseerlo, aumentaba con cada segundo. No era un simple beso; era un lazo que se forjaba entre nuestros cuerpos y nuestras almas.
Un gemido escapó de mis labios, un sonido que me sorprendió a mí misma, y su reacción fue instantánea. Profundizó el beso, dejando que su lengua explorara mi boca, llevándome a un lugar que nunca había imaginado.
Apenas había besado a una persona en mi vida antes, un chico en la escuela que no se comparaba en nada con la intensidad de este momento. Este beso era, sin duda, de otro nivel. Las emociones que provocaba en mí eran casi abrumadoras, y me di cuenta de que estaba en la frontera de algo peligroso.
Nuestras respiraciones se volvieron entrecortadas, y su mano comenzó a subir mi vestido, atraviesando la barrera de la tela que me separaba de sus caricias. Mi corazón empezó a latir con fuerza, y el caos se apoderó de mis pensamientos.
Volteé la cara para intentar separarme del beso, buscando un respiro.
—Ya es suficiente —dije, apenas controlando la ansiedad en mi voz.
Pero él tenía otros planes. Giró mi cabeza para que lo mirara, y en esos momentos, juré haber visto sus ojos brillar más de lo normal. Tal vez era la adrenalina, tal vez el deseo; o quizás era la locura de jamás haber estado en una situación como esta.
—Esto apenas comienza, Bianca —murmuró con esa voz suavemente peligrosa que me hacía sentir como una marioneta en sus manos.
Antes de que pudiera entender realmente lo que quería decir, sentí su mano deslizarse por mi ropa interior. La sorpresa y la confusión se mezclaron en un remolino.
—¿Qué haces? ¡Estás loco! —exclamé, mi voz llena de incredulidad.
—Shhh, tranquila, ángel. Solo disfruta —respondió, su tono era tranquilizador, pero también estaba impregnado de una intensidad que me hacía temblar.
—No, por favor... soy... —dije, rogándole que no fuera tan lejos.
—Sé que eres —replicó, sus palabras saliendo como si dictara un secreto. —No te preocupes, no te quitaré tu virginidad.
La claridad de su afirmación me sorprendió. ¿Cómo podía saberlo?
Luego, sentí cómo apartó mis bragas a un lado, y el contacto de su dedo en mi piel hizo que una oleada de calor me recorriera el cuerpo. Era como si una chispa de electricidad me atravesara.
—Maldición, pero mírate, qué mojada estás —murmuró, como si estuviera maravillado por lo que encontraba. Su voz era casi un susurro, lleno de una lujuria desenfrenada.
Cuando estaba a punto de alejar su dedo, comenzó a moverse, y de repente, toda razón se esfumó de mi mente. La confusión, la moralidad, todo se evaporó.
—¡Joder! —gemí, mi voz temblando bajo el peso de sensaciones desconocidas.
Jamás en mi vida había sentido algo así. Era un torrente de placer que me arrastraba, llevándome a un abismo del que no quería escapar.
—Eso, ángel, pierde el control por mí —dijo, su voz cargada de deseo.
Mientras la noche se envolvía a nuestro alrededor, sentí que estaba al borde de tomar la decisión de dejarme llevar por las llamas de la pasión o aferrarme a mi cordura y disentir. Pero, ¿quién era yo para negar lo que parecía ser inevitable? La tentación era demasiado fuerte, y Lucas, en su forma más seductora, se convertía en un oscuro refugio de deseo para mí.