Capítulo 9

596 Palabras
BIANCA Estaba demasiado perdida en un torbellino de sensaciones mientras su mano continuaba su travesía por mi cuerpo. Cada roce encendía un fuego que no sabía que existía, un deseo que me envolvía en una neblina de placer y confusión. A medida que sus movimientos se tornaban más rápidos, algo en mi interior se hervía; un sentimiento indescriptible que me llevaba a un abismo del que no sabía si quería ser rescatada. Intenté alejarme, incapaz de identificar la vorágine de emociones que me aturdían, consciente de que no podría aguantar mucho más. —Oh, no, ángel, esto no es cuando quieras, así que aguanta —respondió él con una voz profunda, cargada de una mezcla de desafío y ternura que me hizo vibrar por dentro. Me presionó más contra la pared, su otra mano atrapando mi muñeca con una firmeza protectora y a la vez posesiva. Sus labios se acercaron a los míos, y en un instante se estrellaron contra los míos, un beso salvaje que robó cualquier rastro de resistencia que pudiera quedarme. Y entonces su mano, que parecía tener su propia voluntad, comenzó a hacer círculos en mi clítoris. Era como si abriera un portal hacia una realidad alterna, una experiencia que superaba todo lo que había imaginado. Todo mi ser se encendió, cada fibra de mi cuerpo vibrando con un éxtasis que nunca pensé que podría alcanzar. Cuando sus labios se separaron de los míos, empezó a descender por mi cuello, dejando un rastro de besos ardientes. Su aliento cálido me hizo estremecer. —Córrete por mí —susurró entre suaves besos en mi piel. Fue entonces cuando una oleada de placer incontrolable me inundó, llevándome a un lugar que desconocía, donde las preocupaciones y las dudas no existían. —¡Joder! —grité, sintiendo cómo mi cuerpo temblaba, como si cada estremecimiento fuera un grito liberador. Cuando finalmente los temblores comenzaron a desvanecerse, lo miré, y allí estaba él, con una sonrisa de triunfo en sus labios, como si hubiera conquistado un territorio sagrado. —No me digas, ángel, que este fue tu primer orgasmo —dijo, su voz entrelazada con sorpresa y deleite. Mis mejillas ardían, rojas como un tomate maduro, y sabía que mi vergüenza era palpable. —Maldición, sí, eres más pura de lo que creía —murmuró, su tono lleno de admiración, casi como si disfrutara de haber desterrado mi inocencia. Me bajó suavemente al suelo, pero mis piernas temblaban; mis pies parecían no querer sostenerme después de la tormenta de sensaciones. Él, siempre atento, me recogió de nuevo, sentándome entre sus piernas, su cuerpo envolviéndome en un dulce abrigo. Pero pronto, la realidad me golpeó. Las lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas, silenciosas pero implacables. Su mirada se llenó de preocupación. —¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? —preguntó, su voz un eco de dulzura y firmeza. —No debí hacer eso contigo, es un pecado —balbuceé, mi voz temblorosa, llena de la carga de lo que había sucedido. Él soltó una suave risa, levantando mi barbilla con un dedo para que pudiera ver la profundidad de sus ojos, donde no había juicio, solo comprensión. —Un pecado que vale la pena, y que estoy encantado de volver a hacerte pecar —dijo con una sonrisa traviesa, como si hubiera encontrado un deleite en mi culpa. En ese momento, me di cuenta de que, a pesar de las dudas que me asaltaban, había una chispa de libertad en lo que habíamos compartido. Tal vez el pecado no era tan oscuro como lo pintaban.
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