Capítulo 2

590 Palabras
LUCIFER Estaba en el infierno, sentado en mi trono, rodeado de sombras y llamas que danzaban al ritmo de mis pensamientos. Recordaba cómo había ido a visitarla en su sueño. Desde aquel momento, no había podido sacarla de mi mente; su pureza irradiaba un encanto que me atraía como un imán. Era un ángel caído entre los mortales, y su inocencia me fascinaba. Era tan pura que el único "pecado" que había cometido hasta ahora fue comerse un helado sin pedirle permiso a sus padres. ¿En serio? ¿Era eso lo mejor que podía ofrecer el mundo? Esa humanidad repleta de dilemas morales y decisiones mundanas me parecía tan trivial, pero a la vez era un tesoro que deseaba posesionarme. Bianca era perfecta para mí. La idea de corromperla solo alimentaba mi sed de caos. Imaginaba la furia del de allá arriba al ver a su ángel, una creación tan pura, cayendo en mis garras. Era un espectáculo que no podría resistir. Un demonio, de alas oscuras y mirada servil, se subió a mi trono con un leve temblor en su voz. —Rey, la humana acaba de irse para la iglesia con sus padres —informó, su aliento caliente llenando el aire. La información provocó una sonrisa torcida en mis labios. —¿Y quién se supone que la vigila? —pregunté, levantando una ceja mientras las llamas del infierno reflejaban mi desdén. Claro que la mandé a cuidar, sin que ella se diera cuenta. Somos demonios; los humanos no pueden vernos si uno no se lo permite. A pesar de que no podía vigilarla todo el tiempo, mis demonios estaban siempre dispuestos a seguir mis órdenes. —Quédate alejado de la iglesia y síguela después —dije, sintiendo la emoción burbujear en mi interior. —Entendido —respondió, inclinando la cabeza antes de retirarse con prisa, como si temiera provocarme más irritación. Una vez que quedó solo en la penumbra del infierno, comencé a planear cómo haría que Bianca perdiera su virginidad conmigo. Mi mente se llenó de imágenes seductoras, y cada una de ellas me hacía desearla aún más. Había pensado en tres opciones. La primera era usar mi poder y tomar lo que quisiera de ella; un simple toque, un susurro, y se convertiría en mi súbdita, completamente a mi merced. La segunda opción consistía en emborracharla. Hacer que se abandonara a la lujuria y permitiera que la oscuridad la abrazara. Podía imaginarla, con la risa descontrolada, entregándose por completo a mi voluntad. La tercera opción, y la más tentadora, era tenerla inmóvil en la cama mientras me hundía profundamente dentro de ella. Esa opción, aunque llena de connotaciones oscuras, me hacía sentir un escalofrío de emoción. Podía imaginar su cuerpo, pequeño y frágil, atrapado entre las sábanas, incapaz de resistirse a mis deseos. Las tres opciones eran viles en su naturaleza, pero no podía evitarlo. Era lo que se esperaba de mí, el rey del infierno. No tengo ni idea de cómo actuar por el lado del bien. Todo lo que deseo, lo tomo, sin considerar el costo. A medida que mis pensamientos se oscurecían, la risa amarga recorrió mis labios. La simple idea de quebrantar su voluntad me llenaba de placer. Observé las llamas danzar intensamente, como si compartieran mi sed de caos. La eternidad se extendía ante mí, y tenía todo el tiempo del mundo para jugar con Bianca, para disfrutar del proceso de corromper su alma. Sí, ella nunca se lo imaginaría, y pronto descubriría que incluso un ángel puede caer.
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