LUCIFER
Aparecí en la casa de Bianca, envuelto en las sombras que me rodeaban. Su hogar, un refugio de calidez y luz, se erguía ante mí como un obstáculo insignificante. Había cerrado todas las posibilidades de entrada para un humano, pero eso no me impedía avanzar. Con un simple movimiento de voluntad, atravesé la pared como si sólo fuera una cortina, y de repente, me encontré en su habitación.
La penumbra se cernía suavemente sobre todo, iluminando solo los contornos de su figura en la cama. Abrí la puerta con un gesto casual, como cualquier visitante normal haría, aunque sabía que esta noche, la normalidad sería lo último que experimentaría.
Me acerqué a ella con cuidado, observando cada pequeño detalle de su rostro mientras dormía. Las sombras jugaban en su piel y su respiración tranquila era un eco de vulnerabilidad que me cautivaba. Sin previo aviso, me senté al lado de ella, el lecho oscilando levemente bajo mi peso. El movimiento la despertó.
Sus ojos se abrieron de golpe, y el miedo danzó en su mirada por un instante. Me observó, aturdida, como si dudara de la realidad que la rodeaba. Sus labios se entreabrieron, lista para protestar, pero el silencio de la noche era su único testigo, y yo, el portador de sus sombras.
—Hola, ángel —dije, mi voz sedosa fluyó en la habitación como un susurro oscuro, diseñado para calmar la tempestad en su corazón.
Ella se incorporó en la cama, un reflejo de sorpresa y confusión pintado en su rostro.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, la incredulidad en sus palabras era palpable.
—Vine a verte —respondí, sin rodeos, saboreando la tensión en el aire. No necesitaba más explicaciones, y menos aún de miles de excusas. La verdad era lo suficientemente clara: estaba allí porque deseaba estar allí.
Su reacción fue natural, su instinto de defensa se activó. Se movió hacia atrás, intentando crear una distancia entre nosotros, pero yo sabía que eso era en vano. Se estaba enfrentando a una fuerza que no podría contener, un deseo que la atraparía en una red de emociones y tentaciones.
—Debes irte, Lucas. No puedes estar aquí —protestó, aunque su voz temblaba, traicionando su propio deseo reprimido.
—¿Por qué? —pregunté, inclinándome hacia ella, atrapado en el juego que estábamos creando. Mis ojos se fijaron en los suyos, percatándome de cómo las llamas de la incertidumbre ardían en su mirada.
—Porque... porque mis padres... —sus palabras se desvanecieron, mientras comprendía que su razón vacilaba.
—Tus padres están en la iglesia —la interrumpí con un tono casi juguetón— Y no regresarán pronto. Solo tú y yo estamos aquí, ángel.
El aire se volvió denso a nuestro alrededor, y la atmósfera estaba impregnada del dulce aroma de la tentación. A pesar de sus intentos por cerrarse, algo en su mirada me decía que la lucha no era tan intensa como su curiosidad.
—No deberías estar aquí... —susurró, aunque esas palabras sonaban menos como un reproche y más como un desafío.
—Pero aquí estoy —le recordé, disfrutando cada segundo. Acercándome un poco más, como un depredador que finalmente cazaba a su presa. La provocación en su voz solo intensificaba mi deseo de descifrar la mezcla de anhelo y miedo que la envolvía.
Y con cada instante que pasaba a su lado, el juego se tornaba más intrigante. Sabía que no podría resistir para siempre. Esta noche era solo el comienzo, y yo estaba decidido a llevarla al borde de su propio deseo.
—Esta noche, déjame mostrarte lo que significa ceder a la oscuridad, ángel —susurré, sabiendo que el viaje hacia lo desconocido estaba a punto de comenzar.