Capítulo 22

699 Palabras
LUCIFER La noche con Bianca había sido deliciosa, más allá de lo que había planeado. Cada gemido, cada suspiro, cada palabra suya se quedó grabada en mi mente como una victoria que saboreé con intensidad. Mientras me desvanecía de su cama, una sonrisa de satisfacción se dibujaba en mis labios. Me deslicé hacia el infierno, mi verdadero hogar, con una risa baja y oscura escapando de mi garganta. El ambiente ardiente y opresivo del inframundo me recibió como un viejo amigo. Las llamas danzaban alrededor de las cavernas, susurrando secretos y clamando por la atención de su rey. Al llegar a mi trono, me dejé caer en él, reclinándome con una comodidad que solo un gobernante puede permitirse. El hierro oscuro se amoldaba a mi espalda, y las almas atormentadas gemían en las paredes, componiendo una sinfonía que jamás me cansaba de escuchar. —Una noche perfecta —murmuré para mí mismo, saboreando el eco de mis propias palabras. Pero el trabajo nunca terminaba. Había almas que necesitaban atención, especialmente una en particular. La visitaba con más frecuencia que a cualquier otra. Había algo en él, algo que me proporcionaba un placer oscuro. Ver su sufrimiento, escucharlo suplicar sin esperanza, me alimentaba de una manera que ni siquiera el placer carnal de la noche con Bianca podía igualar. Me levanté del trono y avancé por los corredores sinuosos del infierno. A cada paso, las sombras retrocedían, y los demonios menores se apartaban, inclinando sus cabezas en señal de respeto. Cuando llegué a la celda que buscaba, una sonrisa depredadora apareció en mi rostro. Dentro de ella, encadenado y destruido, yacía el hombre que había torturado durante siglos. Su rostro estaba marcado por cicatrices tanto físicas como espirituales. Sus ojos, vacíos, no albergaban más que la sombra de un antiguo terror. —Hola, viejo amigo —dije con una voz que goteaba veneno. Mi mera presencia hizo que las cadenas a su alrededor tintinearan como si respondieran a mi energía. El hombre alzó la mirada, y al verme, algo parecido al pánico cruzó por su rostro. Lo disfruté. Ese breve momento en el que la esperanza y el terror se entrelazaban, solo para que el terror prevaleciera. —¿Otra vez tú...? —balbuceó, su voz rota por años de sufrimiento. —¿De verdad pensaste que te librarías de mí? —me burlé, avanzando hacia él con paso lento—. Sabes que nunca me canso de visitarte. Y hoy, estoy de humor para algo especial. Él se retorció, tratando inútilmente de escapar de las cadenas. Me incliné hacia él, disfrutando del miedo en sus ojos. —¿Sabes lo mejor de mi trabajo? —susurré cerca de su oído—. Que cada vez que crees que has alcanzado el límite de tu sufrimiento, siempre puedo llevarte más allá. Alcé la mano, y las llamas del infierno respondieron a mi voluntad, envolviendo su cuerpo sin consumirlo por completo. Su grito resonó por todo el corredor, arrancando sonrisas satisfechas a los demonios cercanos. —Así está mejor —dije, acomodándome para disfrutar del espectáculo—. No tienes idea de lo mucho que necesitaba esto después de la noche que tuve. El hombre gimió de dolor, y sus ojos me miraron con una súplica silenciosa. Pero la piedad no existía en este lugar. No para él. No para nadie. Me quedé ahí durante horas, disfrutando de cada segundo de su tormento. Cada alarido suyo era una melodía, cada súplica, una obra de arte. Cuando finalmente me levanté, satisfecho por el momento, me giré hacia la puerta. —Nos vemos pronto —le dije con una sonrisa cruel antes de desaparecer de su vista. De vuelta en mi trono, apoyé la cabeza en mi mano, reflexionando. La noche con Bianca había sido solo el principio. Había más cosas en juego, más piezas en movimiento. Y cuando finalmente ella descubriera quién era yo, ya sería demasiado tarde para escapar. Me recosté, disfrutando de la calma momentánea del infierno. Las llamas seguían danzando, las almas seguían gimiendo, y el juego apenas comenzaba. —Todo lo que toco, ángel —murmuré para mí mismo, pensando en Bianca—. Termina siendo mío. Siempre.
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