Capítulo 11

428 Palabras
BIANCA La mañana siguiente me desperté preocupada por lo que había hecho anoche. No quería ni ver las caras de mis padres, estaba completamente avergonzada. Había hecho algo que nunca en mi vida había hecho con un extraño. Por Dios, un extraño que apreciaba de la nada y hasta sabía que era virgen. Me levanté de la cama y cepillé mis dientes, me duché. Tal vez el agua me ayudaría a despertarme de esta pesadilla. Decidí ponerme un vestido largo, como si una prenda pudiera ocultar lo que había sucedido. Bajé hacia la sala, sintiendo que cada paso que daba aumentaba la pesadez de mi corazón. Mis padres estaban en la mesa, esperándome para desayunar. —Bianca, ¡qué bueno que bajaste! Te estábamos esperando —dijo mi madre con una sonrisa que intentaba esconder su preocupación. Me senté y comenzamos a orar por los alimentos, aunque mi mente estaba lejos, atrapada en mis propios pensamientos. La oración parecía un eco distante mientras intentaba concentrarme en la comida. Pude sentir las miradas de mis padres sobre mí, llenas de curiosidad y afecto. Terminé el desayuno y ayudé a mi madre a llevar los platos a la cocina. —Vamos a ir a la iglesia a la oración de la mañana, ¿vas a ir? —preguntó mi madre, con ese tono expectante que me hacía sentir aún más culpable. —No creo que pueda hoy, madre. No me siento bien —dije, esforzándome por sonar convincente. Ella se giró hacia mí, poniendo su mano en mi frente. —No tienes fiebre. ¿Qué te siente? —preguntó con preocupación. —Un poco decaída, pero solo necesito descansar un poco —respondí, tratando de evitar su mirada. —Si te sientes mal, puedo quedarme contigo —ofreció, pero ya sabía que eso no era lo que quería. No quería que estuviera preocupada por mí. —No te preocupes, madre. Ve a la iglesia, yo estaré bien —insistí, deseando que se marchara para poder estar sola con mis pensamientos. —¿Estás segura? Voy a estar muy preocupada por ti —dijo, aunque yo podía ver en sus ojos que estaba luchando con la decisión. —Voy a descansar un poco, tal vez me sienta mejor —dije, esperando que eso la convenciera. —Está bien, mi hija. Que Dios te bendiga y que pase su mano sanadora sobre ti para que te mejores —dijo, dándome un beso en la frente. —Amén —respondí, sintiendo un nudo en el estómago mientras la veía salir por la puerta.
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