Capítulo 12

558 Palabras
BIANCA Luego de que mis padres se fueron, me acosté para leer. Sabía que solo estaba mal por lo que había hecho. Tal vez orar me ayudaría a encontrar un poco de paz. Puse el libro a un lado y cerré los ojos, comenzando a pedir perdón por todo lo que había hecho. —Tú siempre perdonas, Señor. Perdóname por lo que hice —dije en voz alta, sintiendo que cada palabra era un intento de liberarme del peso que llevaba en el corazón. —Amén —escuché otra voz resonar en la habitación. Abrí los ojos de golpe y busqué en la habitación, descubriendo que Lucas estaba parado en la puerta. —¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste? —pregunté, la sorpresa y la confusión inundando mi mente. —Me encontré con tus padres y vi que no iban a la iglesia. Entré porque la puerta estaba abierta —respondió con tranquilidad. —¿Qué es lo que quieres? —pregunté, mirándolo con desconfianza. —Solo quería ver cómo amaneciste después de lo de anoche —respondió, su voz suave. —Pues ves que estoy muy mal. Eso fue un pecado y jamás podré perdonarme —dije, tratando de contener la angustia que empezaba a agobiarme. Él se acercó, se sentó a mi lado y, sin pensarlo, puso su mano en mi mejilla. El contacto me envió un escalofrío por toda la piel. —Para mí no fue un pecado, ángel, fue algo maravilloso —dijo con firmeza, casi como si intentara convencerme. —No siempre tenemos que pensar igual —repliqué, incómoda ante su mirada llena de intensidad. —Entonces, sabes que es pecado también mentir —dijo, desafiándome. —No estoy mintiendo —respondí, pero la duda empezaba a asomarse. —Ángel, no creo que al de allá arriba le guste que mientas —dijo, sus ojos fijos en los míos mientras una sonrisa se asomaba en su rostro —Yo también, ángel, puedo ver que mientes, porque tus ojos dicen otra cosa. —¿Y qué dices mis ojos? —pregunté, sintiendo que la tensión aumentaba entre nosotros. —Que te encantó y que quieres volver a sentir lo que te hice sentir anoche —declaró, acercándose un poco más. Al escuchar sus palabras, el tumulto en mi pecho creció. Era cierto que había algo en lo que hicimos, algo que no podía negar. La confusión y la atracción se entrelazaban en mi interior. Sabía que no debía sentir esto, pero, al mismo tiempo, una parte de mí anhelaba volver a experimentar esa conexión, ese instante de libertad que había disfrutado con él. —Lucas, no sé si puedo... —empecé a decir, pero él me interrumpió. —No tienes que sentirte mal por lo que pasó. A veces, los sentimientos son más fuertes que las reglas —contestó, colocándose más cerca, como si quisiera protegerme de mis propios pensamientos. Cerré los ojos por un momento, intentando aferrarme a la lógica. Pero cada vez que pensaba en lo que había ocurrido, una corriente de emoción me envolvía, y me daba cuenta de que hacer lo correcto y lo que deseaba no siempre estaban alineados. La batalla interna entre el deber y el deseo se intensificaba, y en ese instante, supe que la decisión que tomara marcaría un rumbo del que no podría regresar.
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