BIANCA
Lo miré; era guapo, y su sonrisa, esa sonrisa del pecado en persona, me hacía inclinarme hacia él. Me sentía atrapada entre el deseo y la razón.
—Esto es un error —dije, intentando convencerme a mí misma.
—Dame una sola razón para que esto sea un error —respondió con una seguridad que me dejó sin palabras.
—Tú eres un desconocido y yo jamás había hecho eso en mi vida —desafié, tratando de mantener la voz firme.
—Pero, ángel, solo pregúntame qué quieres saber —dijo, su tono suave y persuasivo.
—No sé de dónde eres —pregunté, sintiendo que necesitaba conocerlo un poco más.
—Ahora vivo en un lugar que me gusta mucho, también está cerca de aquí, pero antes estaba en un lugar del que me echaron de la forma más complicada —respondió, dejando entrever un aire de misterio.
—Hablas en código, pero está bien si no estás listo para decirme la historia completa —dije, intentando parecer desinteresada, aunque por dentro me moría de curiosidad.
—Vamos a cambiar de tema —sugirió, como si ya tuviera en mente algo más que quería discutir.
—¿De qué quieres hablar? —pregunté, intrigada.
—Yo no vine a hablar —dijo, su voz cargada de tensión.
—¿Y entonces, a qué? —insistí, sintiendo que el ambiente se volvía más denso.
—A volver a repetir lo que hicimos anoche, pero esta vez quiero hacerlo con mi boca. Necesito saber si también ahí abajo sabe tan celestial como eres —declaró con esa franqueza que me dejaba sin aliento.
Por Dios, ¿quién era este hombre y por qué me ponía así cada vez que estaba cerca de él? No me reconocía a mí misma, atrapada entre el horror y el deseo.
Entonces, puso su mano en mi pierna, subiendo mi vestido y colocando su mano en mi muslo. El simple contacto envió una corriente de electricaz a través de mi cuerpo.
—Espera, no he dicho que sí —dije, tratando de mantenerme firme ante la tentación.
—Ni tampoco que no —respondió, con una sonrisa juguetona. —Mientras piensas en tu respuesta, yo empezaré.
El calor de su mano sobre mi pierna se sentía como una chispa. La confusión reinaba en mi mente, y aunque sabía que debía rechazarlo, había algo en él, una atracción magnética que me hacía querer más.
De repente, sentí que el miedo y la emoción se entrelazaban en mi estómago. ¿Podía entregarme a esta experiencia sin perderme a mí misma? O, por el contrario, ¿esto solo me llevaría a un abismo del que no podría regresar? La realidad se desvanecía, y con cada segundo que pasaba, parecía que la distancia entre lo que debería hacer y lo que deseaba se iba desdibujando.
Lucas se acercó más, y el aire en la habitación se volvió espeso como si la atmósfera estuviera cargada de energía, y yo me encontraba deseando con todas mis fuerzas saber qué pasaría a continuación.