El teléfono no dejó de sonar durante una hora.
Mensajes. Llamadas. Números desconocidos. Correos que entraban más rápido de lo que Isla podía leer.
Calderón negó todo.
Helios anunció auditorías.
Un juez pidió informes.
Un senador canceló una conferencia.
La ciudad estaba despierta.
Isla no.
Ella estaba sentada en el suelo, la espalda contra el sofá, el portátil aún abierto, la pantalla llena de titulares que ya no podía mirar.
Camila estaba junto a ella.
—Están diciendo tu nombre en televisión —susurró.
Isla cerró los ojos.
—Eso no es bueno.
—Eso es grande.
—Eso es peligroso.
El teléfono vibró.
Un solo mensaje.
Número desconocido.
“Traslado confirmado. Hospital judicial. Ala 3.”
Isla se levantó de inmediato.
—¿Es él? —preguntó Camila.
Isla asintió.
—Está vivo.
—Eso ya es algo.
—Eso lo es todo.
Isla corrió al hospital, al encuentro de Dante, desesperada.
El hospital judicial estaba lleno de gente que no parecía gente. Con trajes oscuros y auriculares.
Miradas que no se cruzaban.
Isla caminó entre ellos como si no existiera.
Eso era parte del peligro ahora: ya no era una persona. Era un símbolo.
La puerta del ala 3 se abrió con un pitido suave. Blanco. Silencio.
Y Dante.
Sentado en la camilla, una manta gris sobre las piernas, una vía aún conectada al brazo.
No parecía herido, parecía drenado. Isla se detuvo en la puerta. No sabía cómo cruzar esa distancia.
Dante levantó la vista y la vio parada allí, toda insegura. No sonrió.
Eso fue más íntimo que cualquier gesto.
—Hola —dijo ella.
—Hola. - sin poder apartar los ojos de ella.
—Te ves…
—¿Vivo?
Isla asintió. Quedandse sin poder pronunciar el si. Las emociones la embargaban.
—Eso es suficiente. -dijo finalmente Isla.
Dante la miró con atención. Arqueando una ceja.
—Eso es nuevo en ti.
Isla avanzó un paso.
—Te expuse.- digo Isla.
—Sí.
—Te puse en peligro.
—Sí.
—Te usé.
Dante sostuvo su mirada.
—No.
—¿No?- sorprendida por su negativa.
—Me acompañaste. - le contesto Dante mirándola a los ojos, con las emociones expuestas.
Isla sintió que algo se aflojaba en su pecho.
—Eso no es lo mismo.
—Lo es cuando nadie más lo hace.
Isla respiró hondo. Como si necesitara llenar sus pulmones de aire para seguir con esta charla.
—Pude haberte matado.- digo Isla con un hilo de voz.
—Lo sé.
—¿Y no te importa?- lo miro confundida.
—Me importa —dijo Dante—. Pero no me arrepiento.
Silencio.
Isla miró sus manos.
—Yo sí.
Dante bajó la voz.
—¿De qué?
Isla dudó.
—De que ahora importes.
Dante inclinó la cabeza.
—Eso también es nuevo.
Isla levantó la vista a su cara. Estaban cerca. Demasiado cerca, pero no se tocaban. Eso lo hacía peor.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella.
—Porque ahora sé que no me salvaste por lo que soy.
—¿Y por qué entonces?
—Por lo que te recuerde.
Isla tragó saliva.
—Eso no es romántico.
—No —dijo él—. Es verdadero.
Silencio. El monitor comenzó a pitar suavemente. Isla extendió la mano. No para tocarlo, sino para quedarse ahí.
Suspendida.
Dante respiró más hondo.
—No cruces eso —dijo.
—¿Por qué?- Siempre lograba confundirla con sus palabras.
—Porque si lo haces, no voy a saber cómo separarlo de todo lo demás. - le digo Dante con sus ojos oscureciéndose por el anhelo.
Isla retiró la mano. Sintiendo el vacio, el frío que sé colaba hasta los huesos.
—Eso no es justo.
—No —dijo él—. Es honesto.
Isla sonrió apenas. Bajo la mirada para que no viera el remolino de emociones reflejado en su cara.
—Eso tampoco es justo.
Dante la miró.
—Entonces estamos parejos.
Isla se giró para irse. Necesitaba alejarse de él, de lo que le provoca tenerlo de frente.
—Descansa.
—Isla.
Ella se detuvo.
—Gracias —dijo él—. Por no salvarme como se salva a un inocente.
Isla no se giró.
—No eres inocente.
—Lo sé.
—Te salvé como se salva a alguien que importa, aunque no debería. - dijo Isla y salió.
Dante cerró los ojos.
Y por primera vez desde que todo empezó, no sintió que estaba huyendo. Si no eligiendo dónde no debía quedarse.