Libertad condicional

800 Palabras
San Aurelio — viernes, 18:42. El cielo estaba limpio por primera vez en días. Eso no tranquilizó a nadie. Isla estaba en el pasillo del hospital judicial cuando Ramírez se acercó con una carpeta bajo el brazo y el gesto de quien no trae buenas noticias, aunque las vista así. —Lo van a soltar. Isla levantó la vista. —¿Qué? —Libertad bajo palabra. Supervisión civil. Prohibición de salir de la ciudad. —¿Por qué tan rápido? Ramírez miró a su alrededor antes de responder. —Porque Helios necesita que desaparezca… pero sin que parezca que lo hace. Isla apretó los labios. —¿Y quién se hace responsable? Ramírez la miró. —Usted. Isla lo entendió antes de que lo dijera. —No. —Es la única opción que evita que vuelva a una celda que ya no controla el Estado. Isla respiró hondo. —Esto no es protección. Es una trampa. —Sí —admitió Ramírez—. Pero es la que tenemos. Camila apareció al fondo del pasillo. —¿Qué pasa? Isla no la miró. —Se queda conmigo. Camila abrió la boca, luego la cerró. —Claro que se queda contigo. Ramírez entregó los papeles. —Firme aquí. Isla firmó. Demasiado fácil para algo tan grande y sexy. 21:07 El auto avanzaba lento por la avenida costera. Dante iba en el asiento del copiloto. Estaba callado y distante. Mirando la ciudad como si no le perteneciera. —Esto es surreal —murmuró Camila desde atrás mientras miraba por la ventana. —Eso es San Aurelio —respondió Dante. Isla no dijo nada. La radio hablaba de Helios y de Calderón. De las auditorías e investigaciones. La ciudad giraba mientras ellos estaban detenidos dentro de ella. —No puedo creer que esté pasando esto —susurró Camila. —No está pasando —dijo Dante—. Se está acumulando. Isla frunció el ceño. —No uses ese tono. —Es el único que tengo cuando algo todavía no explota.- dijo Dante. 21:39. Piso 17. Héctor alzó la vista cuando entraron. —¿Todo bien, doctora? —Sí —dijo Isla—. Él se queda. Héctor miró a Dante, evaluandolo. Dante inclinó la cabeza. —Buenas noches. Héctor asintió y eso fue todo. El ascensor los subió en silencio. Esta vez no era tensión abstracta. Era cansancio. Era conciencia. Era el cuerpo pidiendo otra cosa mientras la cabeza decía no. El apartamento estaba oscuro. Isla encendió una lámpara. La luz fue suave. Amarilla. Cálida. Inadecuada para lo que había pasado. —Te quedarás en la habitación de invitados —dijo Isla. —Eso es parte del acuerdo —respondió Dante—. No acercarme a víctimas, testigos ni a ti. Isla lo miró. —Eso es imposible. —Sí. Silencio. Camila dejó su bolso. —Yo me voy —dijo—. Esto no es un lugar para terceros. Isla la miró. —Gracias. Camila la abrazó fuerte. —No te pierdas. —No lo haré. —Eso dijiste la última vez que casi te pierdes. - Con esto Camila se fue. El silencio cambió. Ya no era público. Era privado. Isla se quitó el abrigo. Dante la miró sin ocultarlo. No como deseo inmediato. Era mas como reconocimiento. Recorriendo su figura. Eso era peor. —No deberías mirarme así —dijo ella. —No debería estar aquí —respondió él. —Eso no es lo mismo. —Es cercano. Isla respiró. —Esto es una mala idea. —Sí.- dijo Dante. —No es profesional. —No. —No es segura. —No. Silencio. La ciudad brillaba detrás de ellos. Desde lejos. —¿Por qué no retrocedes? —preguntó Isla. —Porque si lo hago ahora, no voy a volver a acercarme.- dijo con esa sonrisa lobuna, que hacia que se acelerara el corazóna Isla. Isla tragó saliva. —Eso no es justo. —Nunca dije que lo fuera. Isla levantó la mano. La dejó suspendida entre ellos. No lo tocó. Pero estuvo cerca. Tentada. —No cruces eso. - dijo. No sabia si se lo decia a él o a ella misma. —Tú ya estás ahí —dijo Dante. Isla cerró los ojos y bajó la mano. —Ven —dijo—. Te muestro la habitación. Caminaron por el pasillo, la distancia entre ellos no era física. Isla se repetia la ética en su mente. La habitación era blanca, simple, limpia. —Te quedaras aquí. —dijo Isla— Descansa. Dante la miró largo rato. —Gracias por no dejarme desaparecer. Isla no respondió. Solo salió y cerró la puerta. Apoyó la espalda contra la pared y respiro hondo. No había huido. Solo había elegido sostener algo que todavía no tenía nombre. Y eso, por ahora, era suficiente.
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