El calor que no duerme

1142 Palabras
Isla despertó con el cuerpo ardiendo y no era calor físico solamente. Era otra cosa: una presión interna, una agitación que no sabía dónde ponerse. Había estado soñando con él. No recordaba las imágenes con precisión solo la sensación de su boca sobre su estomago, la cercanía, las respiraciones mezcladas, la conciencia aguda de su cuerpo sobre el suyo, la imposibilidad de moverse sin tocarlo. El agarre de sus manos en sus caderas. Las piernas de ella aferrada a sus caderas. Ella nombrandolo en medio del extasis. Dante. Su nombre estaba todavía en su boca cuando abrió los ojos. Pero solo era eso, un sueño de lo que no podía ser. El cuarto estaba oscuro. El reloj ya marcaba las 02:43 de la madrugada. Las sábanas estaban desordenadas. La repiración de Isla acelerada. Demasiado rápido. Se incorporó. Pasó una mano por sus pechos. Sentía la piel caliente, sensible, como si el sueño hubiera dejado una huella real. No podía quedarse ahí. Se levantó y salió del cuarto. Caminó descalza directamente hasta el balcón. La puerta de vidrio estaba fría contra sus dedos cuando la abrió. El aire nocturno la golpeó como una caricia brusca. Respiró hondo. Era lo que necesitaba ahora mismo. Una vez. Otra. El mar era una mancha negra abajo, siguió respirando lentamente. —No duermes bien —dijo una voz detrás de ella. Isla se tensó y se giró hacia él. Dante estaba apoyado contra la pared interior del balcón, descalzo también, con una taza en la mano. ¿Había estado allí todo el tiempo? Eso le erizó la piel. —¿Tú sí? —preguntó ella. Ocultando su agitación. —No. Se quedaron en silencio. La noche los envolvía. —¿Te desperté? —preguntó él. —No —respondió ella sorprendida por la pregunta—. Yo ya estaba despierta. No era del todo verdad, pero tampoco era mentira. Dante la miró. Con esa mirada profunda, electrizante que hacia que su piel se pusiera de gallina. De arriba abajo, con hambre. Prestando especial atención al área de sus pechos. Donde el camizon se ajustaba, dejando ver sus pezones erectos. Eso era peor. Ella se sintió totalmente mortificada y cruzó sus brazos sobre esta parte. —Pareces… alterada —dijo Dante. Isla tragó saliva. —Soñé algo incómodo. —¿Conmigo? Ella levantó la vista. Su pregunta la tomó totalmente fuera de base. Sus mejillas se sonrojaron. —Eso no es una pregunta justa.- contestó ella mortificada, tratando de evadirlo. —No —dijo él—. Pero es precisa. Isla no respondió, siguió mirando el mar para calmarse. La tensión se instaló entre ellos como algo vivo. Dante dio un paso, pero no para tocarla. Solo para estar más cerca. Con eso bastó. Isla sintió el calor de su cuerpo antes de que lo tocara. Eso fue todo. —Esto es peligroso —susurró ella. —Sí. —No deberíamos estar así. —No. Silencio. —Entonces aléjate —dijo Isla. Dante no se movió. —No puedo si tú no lo haces primero. Isla cerró los ojos. Esa fue la respuesta. No se tocaron. No cruzaron. Pero el aire entre ellos estaba cargado de algo que no necesitaba cuerpo para existir. —Vuelve a dormir —dijo él al fin. —No puedo. —Entonces quédate aquí hasta que pase. Isla asintió. Se apoyó en la baranda. Dante se quedó a su lado, pero no la tocó. Tampoco se alejó. Compartieron la noche como se comparten las cosas que no se pueden nombrar sin romperlas. Cuando el frío empezó a ganar, Isla respiraba normal otra vez. —Gracias —susurró. —¿Por qué?- preguntó él. —Por no hacer esto más difícil. Dante la miró. —Eso es exactamente lo que estoy haciendo.Isla despertó con el cuerpo ardiendo. No era calor físico solamente. Era otra cosa: una presión interna, una agitación que no sabía dónde ponerse. Había estado soñando. No recordaba las imágenes con precisión — solo la sensación: cercanía, respiraciones mezcladas, la conciencia aguda de otro cuerpo demasiado cerca del suyo, la imposibilidad de moverse sin tocarlo. Dante. Su nombre estaba todavía en su boca cuando abrió los ojos. El cuarto estaba oscuro. El reloj marcaba las 02:43. Las sábanas estaban desordenadas. Isla respiraba rápido. Demasiado rápido. Se incorporó. Pasó una mano por su nuca. Sentía la piel caliente, sensible, como si el sueño hubiera dejado una huella real. No podía quedarse ahí. Se levantó. Caminó descalza hasta el balcón. La puerta de vidrio estaba fría contra sus dedos cuando la abrió. El aire nocturno la golpeó como una caricia brusca. Respiró hondo. Una vez. Otra. El mar era una mancha negra abajo, respirando lento. —No duermes bien —dijo una voz detrás de ella. Isla se giró. Dante estaba apoyado contra la pared interior del balcón, descalzo también, con una taza en la mano. Había estado allí todo el tiempo. Eso le erizó la piel. —¿Tú sí? —preguntó ella. —No. Silencio. La noche los envolvía. —¿Te desperté? —preguntó él. —No —respondió ella—. Yo ya estaba despierta. No era del todo verdad. Pero tampoco mentira. Dante la miró. No de arriba abajo. No con hambre. Con atención. Eso era peor. —Pareces… alterada —dijo. Isla tragó saliva. —Soñé algo incómodo. —¿Conmigo? Ella levantó la vista. —Eso no es una pregunta justa. —No —dijo él—. Pero es precisa. Isla no respondió. La tensión se instaló entre ellos como algo vivo. Dante dio un paso. No para tocarla. Para estar más cerca. Eso bastó. Isla sintió el calor de su cuerpo antes de que lo tocara. Eso bastó. —Esto es peligroso —susurró ella. —Sí. —No deberíamos estar así. —No. Silencio. —Entonces aléjate —dijo Isla. Dante no se movió. —No puedo si tú no lo haces primero. Isla cerró los ojos. Eso fue la respuesta. No se tocaron. No cruzaron. Pero el aire entre ellos estaba cargado de algo que no necesitaba cuerpo para existir. —Vuelve a dormir —dijo él al fin. —No puedo. —Entonces quédate aquí hasta que pase. Isla asintió. Se apoyó en la baranda. Dante se quedó a su lado. No la tocó. No se alejó. Compartieron la noche como se comparten las cosas que no se pueden nombrar sin romperlas. Cuando el frío empezó a ganar, Isla respiraba normal otra vez. —Gracias —susurró. —Por qué. —Por no hacer esto más difícil. Dante la miró. —Eso es exactamente lo que estoy haciendo. - dijo Dante observando el mar. Isla sonrió apenas y por primera vez desde que empezó todo, el deseo no la empujaba hacia adelante. La mantenía quieta. Y eso era todavía más peligroso.
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