Isla
San Aurelio — sábado, 07:12.
La ciudad todavía estaba medio dormida.
El cielo era de un azul pálido, como si no hubiera decidido del todo ser mañana.
Isla estaba en la cocina, descalza, preparando café.
No había dormido mucho. No había querido dormir, tenía miedo de volver a soñar.
La noche se le había quedado en la piel como un eco.
El agua empezó a hervir en la tetera, el sonido la calmó un poco.
Dante apareció en la puerta. Vestido con una camiseta gris, el cabello todavía húmedo. Luciendo demasiado sexy para mi bien.
—Buenos días —dijo.
Levanté la vista.
—No estoy segura de que eso exista hoy.
Dante sonrió apenas. Eso también era nuevo.
Se acercó a la mesa. Más natural, luciendo comodo en mi casa.
Eso era peor.
—¿Puedo? —preguntó, señalando la cafetera.
—Sí.
Sus manos se rozaron al mismo tiempo sobre la jarra.
Un roce mínimo. Accidental. Inevitable.
La electricidad fue inmediata. No física. Interna.
Ambos nos quedamos quietos.
Como si el mundo hubiera hecho una pausa para ver qué hacíamos con eso.
Retiré la mano.
Dante no la siguió solo la miró.
—Eso no fue un error —dijo ella.
—No —respondió él—. Fue una decisión muy pequeña.
Silencio.
—¿Te arrepientes? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—Me asusta.
Dante asintió.
—A mí también.
Nos quedamos mitrandonos por un rato. Evaluandonos.
No nos acercamos, tampoco nos se alejamos.
El café empezó a gotear.
La vida seguía. Eso era ofensivo.
—No quiero que esto sea una cosa que escondemos —dije.
—Entonces no la escondamos.
—No quiero que sea una huida.
—Entonces quédate.
Silencio.
Respiré hondo.
—No quiero que me salves.
Dante la miró con una intensidad tranquila.
—No vine a salvarte.
—¿Entonces qué quieres?
Dante dudó. Eso también era nuevo en él.
—Quiero ser alguien que no te haga sentir sola cuando todo esto termine.
Tragué saliva.
—Eso no es justo.
—No —dijo—. Pero es honesto.
Isla extendió la mano. No para tocarlo. Para estar más cerca.
Dante hizo lo mismo.
Sus dedos se tocaron. No se entrelazaron. No se cerraron uno sobre otro.
Solo estuvieron ahí.
Eso bastó.
El primer contacto no fue piel.
Fue decisión.
Y eso era irreversible.