El silencio después del roce no se disipó.
Se quedó.
Denso.
Presente.
Isla y Dante seguían frente a frente en la cocina, el café olvidado, la mañana entrando despacio por el ventanal.
El mundo había retomado su ritmo.
Ellos no.
—Esto ya empezó —dijo Isla en voz baja.
—Sí.
—No sé detenerlo.
—Yo tampoco.
No era una confesión.
Era una rendición compartida.
Isla dio un paso.
No hacia él.
Hacia el espacio entre ambos.
Dante no se movió.
Esperó.
Eso importaba.
Isla levantó la mano y tocó su pecho, apenas, como si comprobara que era real.
El corazón de Dante latía firme bajo su palma.
Eso la desarmó.
Dante bajó la cabeza un poco.
No para besarla.
Para estar más cerca si ella lo decidía.
Isla levantó la vista.
Sus bocas estaban a centímetros.
Podía sentir su respiración.
El leve calor.
La quietud cargada.
—Si cruzamos esto… —susurró ella.
—No hay regreso —completó él.
Isla asintió.
Cerró los ojos.
Y fue ella quien acortó la distancia.
El beso no fue urgente.
No fue torpe.
Fue lento.
Como si ambos estuvieran aprendiendo un idioma que ya conocían.
Los labios se tocaron.
Se detuvieron.
Se reconocieron.
No hubo prisa.
Solo presencia.
Dante apoyó su frente contra la de ella cuando se separaron.
Respiraban distinto.
—Hola —dijo él.
Isla sonrió.
—Hola.
El beso había sido breve.
Pero había cambiado el aire.
La casa.
El día.
Todo.
Y ninguno de los dos fingió que no lo sabía.