La línea

479 Palabras
El silencio después del beso no fue cómodo. No fue cálido. Fue tenso. Como si algo invisible hubiera cambiado de lugar dentro de ambos. Isla fue la primera en alejarse. Un paso. Luego otro. Como si necesitara comprobar que todavía podía. —No debimos —dijo. Dante frunció apenas el ceño. —No digas eso. —Es verdad. —No lo es. —Lo es —repitió Isla—. Soy tu abogada. Estoy a cargo de tu custodia civil. Esto cruza una línea que no se puede descruzar. Dante respiró hondo. —No somos una caricatura legal, Isla. —Eso es exactamente lo que somos en este momento. —Somos dos personas. —No —respondió ella—. Somos dos personas atrapadas en una estructura que no permite errores. Silencio. —¿Eso es lo que fue para ti? —preguntó Dante—. ¿Un error? Isla dudó. Eso ya era respuesta. —No —dijo al fin—. Fue algo que no me puedo permitir. —No es lo mismo. —Para mí sí. Dante apretó la mandíbula. —Siempre conviertes lo que sientes en una norma. —Y tú siempre conviertes lo que quieres en un derecho. Eso dolió. Se notó. —No —dijo él—. Yo convierto lo que quiero en una apuesta. Y acepto perder. Isla lo miró. —No sabes lo que está en juego para mí. —Entonces dime. —Mi licencia. Mi carrera. Mi nombre. Mi capacidad de protegerte. —¿Y yo qué soy en esa lista? —preguntó Dante. Isla abrió la boca. No respondió. Eso fue la respuesta. Dante asintió despacio. —Claro. —Eso no es justo —dijo ella. —No —respondió él—. Pero es honesto. Silencio. El café seguía enfriándose. El día seguía avanzando. —¿Qué quieres que haga? —preguntó Dante—. ¿Que finja que no pasó? Isla negó. —Quiero que entiendas que no puede volver a pasar. Dante la miró con algo que no era enojo. Era decepción. —Eso es pedir demasiado. —Eso es pedir lo mínimo. Silencio. —¿Y si no puedo? —preguntó él. Isla tragó saliva. —Entonces no sé si puedo seguir siendo la persona que te defiende. Eso fue el golpe. No gritó. No explotó. Pero partió algo. Dante bajó la mirada. Luego la levantó. —Gracias por decirlo así. —¿Así cómo? —Como si no doliera, pero doliera igual. Isla sintió que el pecho se le apretaba. —No quiero hacerte daño. —Ya lo hiciste —dijo él suavemente—. Y yo a ti. Silencio. No se acercaron. No se tocaron. Pero el espacio entre ellos ahora era otra cosa. No era deseo. Era riesgo. Y ninguno de los dos sabía todavía cómo caminar sobre eso sin caerse.
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