33. Un día de tanta insistencia, logré que me convidara un poco del alcohol que bebía. No pude tragármelo y sabía mal. Tosía de manera compulsiva, mientras él me miraba cómo me doblaba en dos sin poder parar. —Espero que hayas aprendido la lección. —¿Cuál lección? —Que cuando digo que no, es no. Nunca más se me pasó por la cabeza beber algo de ese veneno. Esa casona era como una pequeña vacación de nuestro viaje, al menos del mío, aunque debo admitir que si Frederic me pedía, o que me impusiera no buscar a mi mamá y quedarme a su lado, lo haría, maldita sea, pero no era el caso. Sabía que el viaje que nos unía terminaría en algún momento, pero pensar en eso me deprimía y lo sacaba de mi mente como si fuera basura. Yo comenzaba a sospechar que la estadía en esa hermosísima casona era

