Lauren sonrió mientras Sophia extendía los brazos para que la cargara. Su suegra, que la sostenía en brazos, se la entregó con una ternura silenciosa. —Lauren… me encantaría que algún día me llamaras “mamá”. —No prometo nada, suegra. Pero lo pensaré —respondió con una sonrisa traviesa. —¿Van al bufete esta mañana? —Sí. Hoy doy la bienvenida a los nuevos internos. Hay que dejarles claro desde el principio que este no es un lugar para improvisar. —¿Y con quién dejarás a los niños? —Con la nana, como siempre. —Iré con ustedes. No me gusta que le dejes toda la responsabilidad a la pobre mujer. —Está bien, suegra. Si eso desea, la esperamos. —Yo ya estoy lista, podemos irnos. —Pero no ha desayunado. —Comeré algo en el camino. No se preocupen tanto. Salieron. El chófer conducía. En e

