Tina Gerónimo estaba devastadoramente guapo con un traje entallado. No llevaba corbata. Elegancia casual, perfecta para pasar del trabajo al ocio. Desde nuestro beso en el sillón la noche anterior, me había vuelto consciente de cada centímetro de ese hombre. Tuve que contenerme para no estremecerme como una virgen cuando plantó ese beso en mi hombro. Fue tan erótico. Tan íntimo. Al parecer, las r************* pensaban lo mismo. —Están preguntando qué llevas puesto— tecleó Ivy con entusiasmo —. Toma eso, princesita pop. —Hermana, ya suéltalo— la reprendió Daniel. Me sonrió —. Gracias por hacer esto—. Me dio un ligero golpecito en el hombro y me regaló su media sonrisa encantadora, esa que siempre tenía algo de misterio. O que lo tenía antes. Antes también me provocaba un torbellino i

