Tina
—Quédate con nosotros en el penthouse— ofreció Ivy.
Estábamos esperando frente al hotel Four Seasons a que llegaran nuestros vehículos. Tony, mi chofer y guardaespaldas, no lograba salir del caos que era el tráfico de Nueva York. Había sido idea suya dejarme allí y pasar a recogerme más tarde.
Ojalá hubiera podido quedarme en un hotel de Manhattan. Pero la familia estaba en medio de una guerra territorial con la mafia rusa y mi tío Nerio, el actual jefe de la familia criminal Marconi, insistió en que usara nuestra casa adosada de Brooklyn, ya que contaba con sistemas de seguridad instalados y era más fácil acomodar allí a mis guardaespaldas. Dado el estricto control de seguridad en la fiesta, con varios empresarios de alto perfil presentes, mi tío cedió y aceptó que no llevara a mis guardaespaldas durante el evento.
Daniel llegó en el último modelo de SUV Audi.
Ivy abrió la puerta y asomó la cabeza.
—¿Tina puede quedarse con nosotros esta noche? Su chofer está atrapado en el tráfico.
—No estoy seguro de que Nerio…— Sus ojos se afilaron más allá de mi hombro.
El instinto me hizo girar de inmediato, con la sensación de que estaba a punto de ser emboscada.
Emboscada por irritación, al parecer.
—Gerónimo— asentí brevemente. No esperé a que me respondiera. Aún estaba molesta con él por haber arruinado el evento de esa noche para mi padrino y mis amigos. Y De Lucchetti hacía honor a su reputación como el Rapaz de Wall Street, especialmente por su enfoque obsesivo cuando iba tras algo. En este caso, y según Ivy, se trataba de un enorme negocio inmobiliario en el que él y Daniel trabajaban juntos, y en el que ninguno estaba de acuerdo sobre quién debía liderarlo.
Me hice a un lado por si quería decirle algo más a Daniel, pero unos dedos cálidos se cerraron alrededor de mi codo, deteniendo mi movimiento.
—¿Problemas con tu transporte?— preguntó Gerónimo.
—Nosotros nos encargamos, De Lucchetti— espetó Daniel antes de dedicarme una sonrisa triunfante—. Claro que puedes venir con nosotros. Sabes que siempre te hago un lugar.
Ivy giró la cabeza hacia su hermano. Se intercambiaron una mirada.
Sí, Ivy. Incluso yo estaba desconcertada. Daniel era amable conmigo, pero aquello era demasiado encantador.
—De verdad quiero dormir en mi propia cama esta noche— solté.
—Entonces el asunto está resuelto.
La mano de Gerónimo se apretó en mi codo y comenzó a guiarme lejos.
—Espera un momento— Mi cabeza daba vueltas. Aún estaba procesando la reacción de Daniel y la oferta de Gerónimo… ¿me estaba ofreciendo llevarme a casa, verdad?
—No te resistas— dijo Gerónimo junto a mi oído—. Tú quieres que Wu se anime contigo. Necesita competencia.
—¿De qué estás hablando?— en lugar de protestar, solté una risa—. Eso fue un pésimo juego de palabras.
Pero cuando me di cuenta de que me arrastraba directo hacia su coche —un Jaguar gris pizarra— protesté:
—No acepté irme contigo.
—Llama a tu chofer y dile que se dé la vuelta— dijo mientras abría la puerta del copiloto.
Me planté en el suelo, literal y figuradamente.
—¿Alguien te ha dicho que eres mandón?
—Todo el tiempo— una sombra de sonrisa se dibujó en sus labios.
—Mira, ya he tenido suficientes tratos con hombres mandones como mi tío. No quiero sumarte a la lista.
Dejando la puerta abierta, Gerónimo rodeó el Jaguar y se sentó al volante.
—No te creí tan gallina, Tina. Ivy te vio irte conmigo. No es probable que te asesine y entierre tu cuerpo en algún sitio. Además, valoro mi vida.
—¿Le tienes miedo a Nerio?
—Ni hablar. La tía Carlotta da mucho más miedo.
Eso me arrancó una pequeña risa. Aunque no éramos parientes de sangre, compartíamos a la misma tía porque ella se había casado con un De Lucchetti.
Revisé el teléfono por si Tony había dejado algún mensaje. Nada.
—Está bien— subí al coche.
Gerónimo hizo todo un espectáculo al acelerar el Jaguar y salir del borde de la acera tan bruscamente que otro vehículo le tocó la bocina.
Ni siquiera se inmutó. Supongo que era el típico imbécil con un complejo de…
Me ardieron las mejillas.
¿Por qué demonios estaba pensando en eso?
Seguía siendo un imbécil.
Mientras las voces de la razón discutían en mi cabeza, por el rabillo del ojo lo vi lanzándome miradas furtivas.
—Para que conste, admito que tengo un enamoramiento por Daniel, pero está bajo control. No me le tiro encima.
—Si tú lo dices.
—Eso digo— le lancé una mirada fulminante.
Él me devolvió una mirada divertida.
—Entonces, ¿por qué estás tan a la defensiva?
—No voy a morder ese anzuelo— dije—. Ahora dime, ¿de qué va todo esto?
—Creo que deberíamos salir.
No estaba bebiendo nada, pero sentí como si el líquido se me hubiera ido por el conducto equivocado, con un nudo cerrándose en mi garganta.
—¿Qué?
Me miró de nuevo antes de volver su atención al tráfico.
—Creo que deberíamos salir. Citas falsas, claro está. Solo para picar a Daniel…
—No veo por qué yo tendría que…
—Él no va a perseguirte de forma agresiva.
—¿Se te ocurrió que quizá es porque es más respetuoso y no arrastra a las mujeres para meterlas en su coche?
—Si tú lo dices.
—No soy su tipo, además. He visto con qué clase de mujeres sale.
—Una mujer para follar no es lo mismo que una mujer que consideraría como futura esposa.
—Típico misógino— murmuré. Fue un momento extraño para notar cómo sus dedos largos y fuertes maniobraban el volante con habilidad.
—Si no sabes distinguir entre un misógino y alguien que habla claro, entonces Nerio te ha estado metiendo basura en la cabeza— replicó—. ¿Crees que las modelos de piernas interminables con las que sale Daniel no solo ven su cuenta bancaria? ¿Y lo has visto llevarlas a eventos de negocios?
—Hay mujeres que ven más allá de su dinero.
—Exacto. Mujeres como tú— dijo Gerónimo—. Daniel lo sabe, pero no está listo para comprometerse.
—¿Y tú lo conoces tan bien?
—Estoy seguro de que lo conozco mejor que tú.
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Exactamente lo que crees. A Daniel le gusta mantener los negocios y el placer separados. Incluso separados de su familia, que por extensión te incluye a ti.
—¿Y tú conoces ese lado suyo?
—Sí, Tina— me dedicó una sonrisa breve, y entendí por qué era uno de los solteros más codiciados de Manhattan. Aun así, mis gustos se inclinaban por hombres menos dominantes—. Solo explico que no es un imbécil con las mujeres. Es muy claro con lo de no tener una relación porque su prioridad es Wheeler Corp.
Miré por la ventana, negando con la cabeza.
—Digamos que esto logra que Daniel se ponga celoso y dé el paso conmigo. ¿Qué ganas tú?
—Daniel está arruinando un negocio porque está demasiado disperso. Se niega a dejarme manejarlo. Necesita distraerse con algo… valioso.
—¿O sea, yo?
—¿Quién más?
—¿No crees que sospechará?
—Sé que lo hará— la comisura de su boca se elevó—. Además… escuché un rumor de que Nerio te va a casar con el sobrino de Conte.
Lo miré con brusquedad.
—¿Cómo supiste…?
—Daniel lo mencionó.
—¿Y cómo es que Daniel lo sabía y no dio señales de que lo sabía?
Gerónimo soltó una carcajada que me dio ganas de estamparle el bolso en la cabeza llena de cabello espeso.
—Puede que Danny no sea agresivo persiguiendo a la mejor amiga de su hermana, pero eso no significa que no lo sea en los negocios.
—¿Cómo se enteró de eso?
—Puede que el viejo Conte lo haya mencionado— giró hacia el puente de Brooklyn—. Entonces, ¿es cierto?
Antes de poder responderle, sentí vibrar el teléfono dentro de mi bolso.
—Mierda, olvidé llamar a Tony.
En efecto, era uno de los hombres de mi tío preguntando dónde demonios estaba.
Le respondí por mensaje que había conseguido un aventón. El teléfono sonó de inmediato.
No tuve más remedio que contestar.
—Tina. ¿Qué carajos? ¿Tomaste un taxi?— gruñó Tony.
—No. Alguien me está llevando a casa.
—¿Quién?
—Si tienes que saberlo, es Gerónimo De Lucchetti.
Una avalancha de improperios estalló al otro lado de la línea.
—¿Ves? Estoy perfectamente a salvo. Tal vez sea buena idea no decirle nada a Nerio.
—No puedo hacer eso— balbuceó—. Tu tío me va a cortar las bolas. De Lucchetti te lleva directo a casa, ¿verdad?
—Sí, solo está siendo… amable.
—No confío en él.
Miré de reojo a Gerónimo. Su atención estaba puesta en el tráfico caótico del puente, pero su boca se curvaba en diversión. No quería provocar conflictos, pero siempre fui partidaria de las cartas sobre la mesa.
—Tony dice que no confía en ti.
—Ponlo en altavoz— dijo Gerónimo con calma.
—Hijo de puta— fue el saludo inicial de Tony—. Ni un solo cabello fuera de lugar.
—Mira, Tony, yo no soy el que está en la mafia.
—¿Y quién dice que yo lo estoy?
Tuve que contener una risa ante el tono ofendido de Tony, como si lo hubieran acusado de algo impensable.
—Es solo un viaje amistoso. Y estoy seguro de que tienes un rastreador en su teléfono. Ella no estaría conmigo si la hubieras recogido a tiempo, así que deja de desviar el tema. El que falló fuiste tú. Asúmelo.
Hubo un largo silencio al otro lado.
—La traes directo a Brooklyn.
—Ese era el plan desde el principio.
—Quítame del altavoz, Tina— dijo Tony.
—Estoy bien, Tony. Además, es sobrino de Carlotta.
—Sí, pero recuerda que Carlotta ya no es una Marconi. Ahora es una de ellos. Rocco te espera en casa. Escríbele cuando llegues y él irá a buscarte al coche. No dejes que De Lucchetti entre en la casa.
—No lo haré, pero ¿por qué?
—Sabes mejor que nadie que no debes hacer preguntas— Tony colgó.
—Dios mío, más les vale que no…— hervía de rabia, pero tragué la acidez que me cubría la lengua. Probablemente por eso Tony también había llegado tarde. Estaban haciendo negocios en la casa. Nerio sabía lo que pasaría si los atrapaba. Yo había nacido en la mafia. No me habían protegido del negocio familiar como a la mayoría de las mujeres de ese mundo. Lo entendía. Había aprendido a vivir en él, pero eso no significaba que estuviera de acuerdo con todo lo que hacían.
—¿Todo está bien?— preguntó Gerónimo.
Estaba tan absorta en mis pensamientos que había olvidado su presencia. Estábamos detenidos en otro semáforo y su mirada me obligó a volver a la realidad.