Antuán abrió la puerta de su habitación y sus hijos, que estaban sentados en la sala de la suite, jugando y dibujando, le miraron asombrados, así que se apresuró a poner su dedo entre sus labios y sisear bajito para solicitar que no despertaran a la pequeña Antonia, que seguía profundamente dormida. Los niños asintieron, emocionados, y caminaron hacia él para ver la carita dormida de su pequeña hermana, entonces caminaron detrás de su padre hacia la habitación de Berenice que, recargada a la cabecera de su cama, leía un libro. Al escuchar pasos hacia ella la mujer en la cama levantó la mirada, y al ver al hombre cargando a la pequeña Antonia no pudo evitar sonreír, como tampoco pudo evitar lagrimear. Esa pequeña le generaba demasiada compasión, así que saberla a salvo le hacía mucho bi

